Abraham H. Maslow, La personalidad creadora / Hace poco aprendi (gracias a mis estudios de las experiencias cumbres) a ver en las mujeres y en la creatividad femenina un buen campo de operaciones para la investigación, porque en él se compromete menos con los productos, con los logros, y más con el proceso en sí, con el proceso incesante, y no con la culminación de éste en la evidencia del éxito y del triunfo ...


Tengo la impresión de que el concepto de creatividad y el de persona sana, autorrealizadora y plenamente humana están cada vez más cerca el uno del otro y quizá resulten ser lo mismo.
Otra conclusión por la que me inclino, aunque no esté bastante seguro de mis datos, es que la educación artística creativa, o mejor dicho, la Educación a través del Arte, puede ser especialmente importante no tanto para producir artistas u objetos de arte, sino más bien para obtener personas mejores. Si tenemos claras las metas educativas para los seres huma- nos, que más adelante indicaré, si confiamos en que nuestros hijos llegarán a ser plenamente humanos y avanzarán hacia la actualización de sus potencialidades, entonces la única clase de educación que hoy existe y tiene una ligera noción de tales objetivos es, a mi entender, la educación artística. Pienso, pues, en la educación a través del arte no porque produzca obras de arte, sino porque veo la posibilidad de que, entendida con claridad, pueda convertirse en el paradigma para toda otra educación. Es decir, si en lugar de concebirla como un adorno, como la asignatura prescindible que ahora es, la tomamos con la seriedad y dedicación suficientes, transformándola en lo que algunos sospechamos que pueda ser, entonces tal vez un día enseñemos aritmética, lectura y escritura según este paradigma. Por lo que a mí respecta, me refiero a toda educación. Si me interesa la educación a través del arte es simplemente porque parece ser una buena educación en potencia.
Otra razón de mi interés por la educación artística, la creatividad, salud psicológica, etc., es mi profundo sentimiento de un cambio de ritmo en la historia. En mi opinión, el momento histórico actual no se asemeja a ningún otro. La vida transcurre con mucha mayor rapidez que antes. Pensemos, por ejemplo, en la enorme aceleración del ritmo de crecimiento de hechos, conocimientos, técnicas, invenciones y avances tecnológicos. Me parece evidente que esto requiere un cambio de actitud hacia el ser humano y su relación con el mundo. Dicho lisa y llanamente, necesitamos una clase diferente de ser humano. Creo que hoy debo tomar mucho más en serio que hace veinte años, la idea de Heráclito, de Bergson y de Whitehead del mundo como flujo, movimiento y proceso, y no como algo estático. Si es así, y ahora lo es, evidentemente, mucho más que en 1900 o incluso que en 1930, entonces necesitamos un tipo diferente de ser humano para poder vivir en un mundo en perpetuo cambio, nunca en reposo. Llegaría al punto de preguntar al quehacer educativo: ¿Qué sentido tiene enseñar hechos, si en un malhadado instante ya son viejos? ¿Qué sentido tiene enseñar técnicas, si enseguida caen en desuso? Incluso las facultades de ingeniería han tenido que darse cuenta de esto. El Instituto Tecnológico de Massachusetts, por ejemplo, ya no enseña ingeniería sólo como adquisición de una serie de habilidades, porque prácticamente todas las habilidades que los profesores de ingeniería aprendieron en la universidad han caído ya en desuso. Hoy en día, no sirve de nada aprender a hacer aparejos de calesas. Algunos profesores del Instituto, según entiendo, han abandonado la enseñanza de los métodos probados y verdaderos del pasado a favor del intento de crear un nuevo tipo de ser humano que se sienta a gusto con el cambio y lo disfrute, que sea capaz de improvisar, capaz de afrontar con confianza, fuerza y valor una situación totalmente inesperada.
Incluso hoy todo parece cambiar: el derecho internacional cambia, la política cambia, el panorama internacional cambia. En las Naciones Unidas las personas se hablan desde siglos diferentes. Uno habla en términos del derecho internacional del siglo XIX. Otro le responde en términos totalmente distintos, desde una plataforma y un mundo diferentes. Con tal rapidez han cambiado las cosas.
Volviendo a mi título, a lo que me refiero es a la tarea de tratar de transformarnos en personas que no necesiten paralizar el mundo, congelarlo y estabilizarlo, que no necesiten hacer lo que sus padres hicieron, que sean capaces de afrontar con confianza el mañana sin saber qué les traerá, lo bastante seguros de nosotros mismos para poder improvisar en una situación que jamás ha existido. Esto supone un nuevo tipo de ser humano que podríamos denominar heraclíteo. La sociedad que pueda formar personas así sobrevivirá; las que no puedan, perecerán.
Os habréis dado cuenta de que enfatizó más la improvisación y la inspiración que el enfoque de la creatividad desde la perspectiva de la obra de arte acabada, de la gran obra creativa. De hecho, ni siquiera pienso hoy enfocarla desde el punto de vista de los productos acabados. ¿Por qué? Porque ahora sabemos, gracias al análisis psicológico del proceso de la creatividad y del individuo creativo, que hay que distinguir entre creatividad primaria y creatividad secundaria. La creatividad primaria, o fase de inspiración de la creatividad, debe separarse del proceso de elaboración y de desarrollo de la inspiración. Ello se debe a que la segunda fase subraya no sólo la creatividad, sino que también se basa, en gran parte, en el simple trabajo arduo, en la disciplina del artista que puede dedicar media vida a aprender sus recursos, sus medios y sus materiales, hasta estar listo para la plena expresión de lo que ve. Estoy seguro de que muchísimas personas se han despertado en plena noche con una inspiración repentina sobre una novela que les gustaría escribir, una obra de teatro, un poema o cualquier otra cosa, y que tales inspiraciones casi nunca se materializan. Las inspiraciones abundan. La diferencia entre la inspiración y el producto acabado como, por ejemplo, Guerra y Paz de Tolstoi, reside en una enorme dosis de trabajo, disciplina, preparación, ejercicios de digitación, prácticas y ensayos, en desechar primeros borradores, etc. Las virtudes que acompañan la creatividad secundaria, la que tiene por resultado los productos reales, los grandes cuadros, las grandes novelas, los puentes, los nuevos inventos, etc., se apoyan tanto en otras virtudes-obstinación, paciencia, laboriosidad, etc.- como en la creatividad de la personalidad. Por consiguiente, a fin de mantener despejado lo que llamaríamos el campo operatorio, me parece necesario centrarnos en la improvisación en su primer destello sin, por el momento, preocuparnos por sus consecuencias, reconociendo que muchas de ellas se malogran. A esta razón se debe, en parte, que entre los mejores sujetos para estudiar esta fase de inspiración de la creatividad, se encuentren los niños, cuya inventiva y creatividad no pueden definirse, muy a menudo, en función del producto. Cuando un niño pequeño descubre por su cuenta el sistema decimal, esto puede ser un gran momento de inspiración y de creatividad, que no habría que desdeñar a causa de alguna definición a priori de la creatividad como algo que debe ser socialmente útil, original, que no se le hubiera ocurrido a nadie antes, etc.
Por esta misma razón, he decidido no elegir la creatividad científica como paradigma, sino más bien recurrir a otros ejemplos. Gran parte de la investigación que en la actualidad se está llevando a cabo, se ocupa de los científicos creativos, de personas que han demostrado ser creativas, premios Nobel, grandes inventores, etc. El problema estriba, si se conoce a muchos científicos, en que pronto se descubre que hay algo equivocado en este criterio, porque los científicos, como grupo, no son generalmente tan creativos como se supone, inclusive los que han hecho descubrimientos, creado algo, publicado obras que suponían un adelanto en el conocimiento humano. De hecho, esto no es tan difícil de entender. Este descubrimiento nos dice algo sobre la naturaleza de la ciencia más que sobre la naturaleza de la creatividad. Si quisiera ser malicioso al respecto, llegaría a definir la ciencia como una técnica mediante la cual las personas no creativas pueden crear, lo que no significa que me burle de los científicos. Para mí, es maravilloso que seres humanos limitados se vean apremiados a servir grandes causas, aunque ellos mismos no sean grandes personas. La ciencia es una técnica social e institucionalizada mediante la cual incluso personas no muy inteligentes pueden ser útiles en el progreso del conocimiento. No puedo expresarlo de un modo más radicalmente dramático. Puesto que se apoya hasta tal punto en los brazos de la historia, en los hombros de innumerables predecesores, cualquier científico en particular forma hasta tal punto parte de un gran equipo de baloncesto, de un gran conjunto de personas, que sus propios defectos pueden pasar inadvertidos. Por su participación en una empresa grande y merecedora de respeto, es digno de veneración y respeto. Por consiguiente, cuando descubre algo, he aprendido a verlo como el producto de una institución social, de una colaboración. Si él no lo hubiera descubierto, otro muy pronto lo habría hecho. Por ende, me parece que el mejor modo de estudiar la teoría de la creatividad no es mediante la selección de científicos, aun cuando hayan creado algo.
Asimismo, pienso que no podemos estudiar la creatividad en un sentido fundamental hasta que no nos demos cuenta de que prácticamente todas las definiciones de la creatividad y la mayoría de los ejemplos de creatividad que hemos utilizado son esencialmente definiciones y productos masculinos o varoniles. Mediante la sencilla técnica semántica de definir como creativos sólo los productos masculinos y pasando enteramente por alto la creatividad de las mujeres, la hemos dejado prácticamente fuera de toda consideración. Hace poco aprendi (gracias a mis estudios de las experiencias cumbres) a ver en las mujeres y en la creatividad femenina un buen campo de operaciones para la investigación, porque en él se compromete menos con los productos, con los logros, y más con el proceso en sí, con el proceso incesante, y no con la culminación de éste en la evidencia del éxito y del triunfo. Este es el trasfondo del problema específico al que me refiero.

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