Pierre Hadot, ¿Qué es la filsofía antigua? / Al hablar de la extrañeza de la filosofía, M. Merleau-Ponty decía que "nunca está totalmente en el mundo y, sin embargo, jamás fuera del mundo". Sucede lo mismo con el extraño, el inclasificable Sócrates. Él tampoco está en el mundo ni fuera del mundo ...


Al hablar de la extrañeza de la filosofía, M. Merleau-Ponty decía que "nunca está totalmente en el mundo y, sin embargo, jamás fuera del mundo". Sucede lo mismo con el extraño, el inclasificable Sócrates. Él tampoco está en el mundo ni fuera del mundo.
Por una parte propone, a los ojos de sus conciudadanos, un trastocamiento total de los valores que les parece incomprensible:
"Si, por otra parte, digo que el mayor bien para un hombre es precisamente éste, tener conversaciones cada día acerca de la virtud y de los otros temas de los que vosotros me habéis oído dialogar cuando me examinaba a mí mismo y a otros, y si digo que una vida sin examen no tiene objeto vivirla para el hombre, me creeréis aún menos."
Sus conciudadanos no pueden percibir su invitación a cuestionar de nuevo todos sus valores, toda su manera de actuar, a cuidar de sí mismos, sino como una ruptura radical con la vida cotidiana, con las costumbres y las convenciones de la vida común, con el mundo que les es familiar. Y de hecho esta invitación a cuidar de sí mismo, ¿no sería un llamado a desprenderse de la ciudad, viniendo de un hombre que, en cierta manera, estaría él mismo fuera del mundo, atopos, es decir, desconcertante, inclasificable, inquietante? ¿No sería entonces Sócrates el prototipo de la imagen tan difundida y, además, finalmente tan falsa, del filósofo que huye de las dificultades de la vida para refugiarse en su buena conciencia?
Pero por otra parte el retrato de Sócrates, tal cual lo dibuja Alcibíades en el Banquete de Platón, y de hecho también Jenofonte, nos revela por el contrario un hombre que participa plenamente en la vida de la ciudad, en la vida de la ciudad tal cual es, un hombre casi ordinario, cotidiano, con mujer e hijos, que conversa con todo el mundo en las calles, en las tiendas, en los gimnasios, un hombre regalón capaz de beber más que nadie sin embriagarse, un soldado valeroso y resistente.
El cuidado de sí mismo no se opone pues al interés en la ciudad. De manera totalmente notable, en la Apología de Sócrates y en el Critón, lo que Sócrates proclama como su deber, como aquello a lo que debe sacrificar todo, hasta su vida, es la obe- diencia a las leyes de la ciudad, esas "leyes" personificadas, que, en el Critón, exhortan a Sócrates a no abandonarse a la tentación de evadirse de la cárcel y de huir lejos de Atenas, haciéndole comprender que su salvación egoísta sería una injusticia con respecto a Atenas. Esta actitud no es conformismo, pues Jenofonte hace decir a Sócrates que se puede "obedecer a las leyes deseando que cambien, como se sirve en la guerra deseando la paz". Merleau-Ponty lo recalcó: "Sócrates tiene una manera de obedecer que es una manera de resistir"; se somete a las leyes para demostrar, en el seno mismo de la ciudad, la verdad de su actitud filosófica y el valor absoluto de la intención moral. No hay, pues, que decir con Hegel "Sócrates huye a sí mismo para buscar ahí lo justo y lo bueno", sino con Merleau-Ponty, "pensaba que no se puede ser justo a solas, que al serlo a solas se deja de serlo".
El cuidado de sí mismo es, pues, indisolublemente cuidado de la ciudad y los demás, como lo vemos en el ejemplo del propio Sócrates, cuya razón de vivir es ocuparse de los demás. En él, hay un aspecto al mismo tiempo "misionero" y "popu- lar" que encontraremos además en algunas filosofías de la época helenística:
"yo soy precisamente el hombre adecuado para ser ofrecido por el dios a la ciudad. En efecto, no parece humano que yo tenga descuidados todos mis asuntos y que, durante tantos años, soporte que mis bienes familiares estén en abandono, y, en cambio, esté siempre ocupándome de lo vuestro, acercándome a cada uno privadamente como un padre o un hermano mayor, intentando convencerle de que se preocupe por la virtud."
Así Sócrates está, en efecto, fuera del mundo y en el mundo, trascendiendo a los hombres y a las cosas por su exigencia moral y el compromiso que implica, mezclado a los hombres y a las cosas, porque no puede haber verdadera filosofía sino en lo cotidiano. Y, en toda la Antigüedad, Sócrates seguirá siendo así el modelo del filósofo ideal, cuya obra filosófica no es más que su vida y su muerte. Como lo escribía Plutarco" a principios del siglo II d.C.:
"La mayoría imagina que la filosofía consiste en discutir desde lo alto de una cátedra y profesar cursos sobre textos. Pero lo que no llega a comprender esa gente es la filosofía ininterrumpida que vemos ejercer cada día de manera perfectamente igual a sí misma [...] Sócrates no hacía disponer gradas para los auditores, no se sentaba en una cátedra profesoral; no tenía horario fijo para discutir o pasearse con sus discípulos. Pero a veces, bromeando con ellos o bebiendo o yendo a la guerra o al Ágora con ellos, y por último yendo a la prisión y bebiendo el veneno, filosofó. Fue el primero en mostrar que, en todo tiempo y en todo lugar, en todo lo que nos sucede y en todo lo que hacemos, la vida cotidiana da la posibilidad de filosofar."

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