Pierre Hadot, Elogio de Sócrates / Lo demónico representa en el universo la dimensión de lo irracional, de lo inexplicable, por ser una suerte de magia natural. Este elemento irracional es la fuerza motriz indispensable para cualquier realización, es la dinámica ciega, pero inexorable, que hay que saber utilizar, pero de la que es imposible sustraerse ...


Siempre contará como uno de los grandes méritos de Platón el hecho de haber sabido introducir, al inventar el mito de Sócrates-Eros, la dimensión del Amor, del deseo y de lo irracional en la vida filosófica. Antes que nada, está la experiencia misma del diálogo, tan típicamente socrática, esa voluntad de aclarar conjuntamente un problema que apasiona a ambos interlocutores. Aparte del movimiento dialéctico del
logos, este camino recorrido conjuntamente por Sócrates y su interlocutor, esta voluntad compartida de ponerse de acuerdo, ya son amor, y la filosofía reside mucho más en este ejercicio espiritual que en la construcción de un sistema. Es más, la tarea del diálogo consiste esencialmente en mostrar los límites del lenguaje, la imposibilidad de que el lenguaje pueda comunicar la experiencia moral y existencial. Pero el diálogo mismo, en cuanto acontecimiento, en cuanto actividad espiritual, ya ha sido una experiencia moral y existencial. Y es que la filosofía socrática no es elaboración solitaria de un sistema, sino despertar de conciencia, acceso a un nivel de ser que no pueden realizarse más que en una relación de persona a persona. También Eros, como Sócrates el irónico, no enseña nada, porque es ignorante: no ofrece sabiduría, pero ofrece otredad. También él es mayéutico. Ayuda a que las almas se engendren a sí mismas. 
Es conmovedor el hecho de encontrar a lo largo de la historia el recuerdo del Eros socrático; por ejemplo, en la Alejandría del siglo III de nuestra era, el cristiano Gregorio el Taumaturgo elogiará a su maestro Orígenes de la siguiente manera: "Como una llamarada lanzada hacia nuestras almas, así se iluminaba y se incendiaba en nosotros el amor por el Logos, y el amor por este hombre amigo e intérprete del Logos, este hombre, dice más lejos, que sabía, como Sócrates, domarnos como caballos salvajes gracias a su dialéctiea”. Y, como lo ha mostrado E. Bertram en páginas memorables, esta tradición del Eros socrático, esta tradición del demonismo educador, es la que volvemos a encontrar en Nietzsche. Tres fórmulas, según E. Bertram, expresan perfectamente esta dimensión erótica de la pedagogía; la del mismo Nietzsche: “Sólo del amor nacen las visiones más profundas”, la de Goethe: “Sólo se aprende lo que se ama”, y la de Hólderlin: “Con amor, el mortal da lo mejor de sí mismo”, tres fórmulas que muestran que sólo a través del amor recíproco se accede a la verdadera conciencia.
Se podría dedr, retomando el vocabulario de Goethe, que lo “demónico” es esta dimensión del amor, del deseo, pero también de lo irracional. Platón había encontrado esta dimensión en el mismo Sócrates. Sabemos que el daimon de Sócrates era esta inspiración que se le imponía de vez en cuando de una manera totalmente irracional, como un signo negativo que le prohibía llevar a cabo tal o cual acción. Se trataba, por así decirlo, de su “carácter" propio, de su verdadero yo. Por cierto, es probable que este elemento irracional de la conciencia socrática no sea ajeno a la ironía socrática. Cuando Sócrates afirmaba que no sabía nada, es posible que, en los hechos, se estuviera poniendo en manos de su propio daimon y que confiara del mismo modo en el daimon de sus interlocutores. Sea como fuere, y J. Hillman ha insis tido en este punto en 1966, resulta muy probable que el hecho de que Platón haya encontrado en Sócrates a un hombre demónico sea la razón gracias a la cual pudo otorgarle a Sócrates la figura del gran daimon Eros.
¿Cómo describir esta dimension de lo demónico? Nuestro mejor guía en esta materia sólo puede ser Goethe quien, a lo largo de toda su vida, vivió fascinado e inquietado por el misterio de lo “demónico”. Es muy probable que las Sokratische Denkwürdigkeiten de Hamann hayan propiciado su primer encuentro con lo demónico, en la persona del daimon del propio Sócrates, ese Sócrates que fascinaba tanto a Goethe que, en una carta a Herder de 1772, podemos leer esta exclamación extraordinaria: “¡Ser Alcibiades un día y una noche, y luego morir!”.
Lo demónico en Goethe reviste todos los rasgos ambivalentes y ambiguos del Eros socrático. En el li bro veinte de Poesía y verdad, nos dice que se trata de una fuerza que no es ni divina ni humana, ni diabólica ni angelical, que separa y une a todos los seres. Como el Eros del Banquete, no se la puede definir más que a través de negaciones simultáneas y opuestas. Pero se trata de una fuerza que otorga a quien la posee un poder increíble sobre los seres y las cosas. Lo demónico representa en el universo la dimensión de lo irracional, de lo inexplicable, por ser una suerte de magia natural. Este elemento irracional es la fuerza motriz indispensable para cualquier realización, es la dinámica ciega, pero inexorable, que hay que saber utilizar, pero de la que es imposible sustraerse. Acerca del daimon del individuo, Goethe ha dicho en los Urworte: “Así has de ser, no puedes huir de ti mismo... y ningún tiempo ni ningún poder pueden fragmentar el signo de la forma que al vivir se desarrolla”. En Goethe, los seres que más representan este elemento demónico aparecen con rasgos del Eros del Banquete. Como lo ha mostrado muy claramente A. Raabe, esto es particularmente cierto acerca de Mignon. Como Eros, Mignon es indigente y aspira a la pureza y a la belleza. Su ropa es pobre y burda, mientras que sus dotes musicales revelan su riqueza interior. Como Eros, duerme a la intemperie o en la entrada de la casa de Wilhelm Meister. Y, como Eros, es la proyección, la encarnación de la nostalgia que Wilhelm padece por una vida superior. La Otilia de las Afinidades electivas también es un ser demónico. Es presentada como una fuerza de la naturaleza, poderosa, extraña, fascinadora. Su relación profunda con Eros es señalada de modo más discreto que en el caso de Mignon, pero resulta igualmente real. También habría que evocar la figura hermafrodita de Homúnculo, que, en el acto segundo del Segundo Fausto, se relaciona tan claramente con Eros.
Elemento ambiguo, ambivalente, indeciso, lo demónico no es ni bueno ni malo. Tan sólo la decisión moral del hombre le dará su valor definitivo. Pero este elemento, irracional e inexplicable, es inseparable de la existencia. El encuentro con lo demónico y el juego peligroso con Eros son ineludibles. 

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