José Alsina Clota, El neoplatonismo. Síntesis del espiritualismo antiguo / Se trata de la manifestación de un desgarro íntimo, resultado de una ruptura entre el hombre y el mundo que le rodea. El hombre ha perdido su tradicional puesto en el cosmos ...


En un breve pero sugestivo libro (
Pagan and Christian in an Age of Anxiety) ha señalado Dodds hasta qué punto coinciden, en sus más profundas aspiraciones religiosas, los hombres de finales del mundo antiguo, sean éstos paganos o cristianos. Hay un tema obsesivo que aparece una y otra vez en la obra de los espíritus más representativos de la época imperial romana. San Gregorio de Nacianzo, en sus Poemas morales, va desgranando, en un lugar solitario, algunas de sus más profundas meditaciones sobre el sentido de la vida: 
«¿Qué soy, qué he sido, qué seré? Lo ignoro ... 
Y envuelto por doquier en la tiniebla 
camino errante, sin tener, ni en sueños, 
aquello a lo que aspira el alma mia.»
Bien es verdad que en todas las culturas podemos, en determinados momentos, encontrar formulada esa pregunta fundamental sobre el sentido de la existencia. Pero lo que es nuevo en la etapa final del mundo antiguo es su profundidad y, especialmente, su universalidad. No es sólo el cristiano: también el pitagórico, el platónico, el estoico y el gnóstico se sienten abrumados por el enigma de la existencia. El tema para qué hemos nacido se convierte en el tema de este tiempo: el hombre se formulará, a veces, a sí mismo esa terrible pregunta, o la formulará a otros. En el Poimandres hermético (Corpus hermético, 1, 3) el devoto que, en trance, ha recibido la visión que le hará las revelaciones trascendentales, se dirige al Noûs de la soberanía y le dice: «Quiero conocer los seres, comprender su naturaleza, conocer a Dios». 
En otro pasaje de la literatura hermética, la pregunta adopta formas que recuerdan aún más los poemas de san Gregorio: «No sé quién era, no sé quién seré». 
Momentos habrá en los que la falta de sentido de la vida humana adopte otras formas. Se insiste, por ejemplo, en la idea de que el mundo no es sino un inmenso teatro en el que nada es auténtico: Páladas, en el umbral casi de la época bizantina, afirma sin ambages que «teatro y juego es la existencia humana». 
La vida es, pues, un teatro, una mentira, una ilusión. O, como decían también los hombres de la época, un arte de hechicería, una goêteía. Plotino, por ejemplo (Enéadas, IV, 3, 17), habla de las almas «aprisionadas por los lazos de la ilusión» (pedêtheisai goêteíais desmoîs). Porfirio definirá la vida terrenal como un espejismo, y en su Carta a Marcela, este mismo autor la calificará de tragicomedia. Un poco más tarde, san Agustín afirmará que esta vida no es sino la comedia del género humano (Enarratio in Psalmos, 127). En el siglo II, Marco Aurelio, uno de los espíritus más sensibles de la época, había sabido ya expresar en múltiples ocasiones ese sentimiento de frustración y de caducidad que impide al sabio conceder importancia a las cosas humanas. En algunas ocasiones compara la pequeñez del mundo humano con la infinitud del cosmos: 
«Asia y Europa no son más que rincones del cosmos. Todo el Océano, una gota del cosmos. El Atos, una gleba del cosmos. Toda la sucesión de los siglos, un mero punto de la Eternidad [VI, 36].» 
Todo es, pues, pura nada, simple provisionalidad: 
«Todos los seres que tienes ante ti caerán pronto convertidos en polvo, y los que los habrán visto caerán, a su vez, convertidos en polvo [IX, 32].»
El hombre de finales de la Antigüedad, pues, se halla ante un hecho que le parece irrebatible: el mundo, o carece de sentido, o es malo. El ser humano se siente extraño ante él, y busca, ansioso, la salida, la solución que le permita encontrarse a sí mismo y que le ayude a regresar al lugar de donde siente que procede. Alcanzar la paz espiritual: he ahí el gran tema. El hombre está ansioso de salvación, pero ¿qué camino conduce a ella? El hombre de finales de la Antigüedad busca esa salvación, a veces, en el recogimiento: 
«Para descansar -se dice a sí mismo Marco Aurelio- se buscan las apacibles soledades del campo, la orilla del mar, las serenas montañas. Tú también deseas con frecuencia todo eso. Y, sin embargo, todo eso no es sino una prueba de vulgaridad de espíritu, ya que en cualquier momento que elijamos podemos buscar un retiro incomparable dentro de nosotros mismos [IV, 3].»
La idea del retiro espiritual alcanzará, a partir de ahora, una frecuencia inusitada. En los estoicos de la época romana apunta ya esa exhortación al retiro. Es más, a veces adquiere un sesgo obsesivo. Para Filón de Alejandría la soledad es algo de capital importancia para conseguir la auténtica vida del espíritu: «El hombre honrado, dominado por el deseo de una vida tranquila, se retira de los negocios y goza de la soledad» (De Abrahamo, 22). Y en otra parte (De Abrahamo, 85) al hablar del hombre espiritual, simbolizado en Abraham, escribe: 
«Ninguna otra vida le parece más agradable que la que pasa lejos de la multitud. Y ello es natural, pues los que buscan a Dios y aspiran a encontrarle aman la soledad en la que se complace Dios.»
En uno de los tratados del Corpus hermético (X, 9), el discípulo pregunta a su maestro quién es el hombre divino. El maestro responde: «El que habla poco y escucha mucho, pues el que sólo se ocupa en discursos no hace sino perder el tiempo». Lo cual no es sino una exhortación al retiro y a la vida de contemplación. 
En suma, lo que se impone, para los hombres de esta época, es una especie de huida del mundo (phygê), tal como Platón aconsejara ya en el Teeteto. Una huida que se hará coincidir con la imitación de Dios (homotôsis tô theô).
Las preguntas que se formula el hombre de finales de la Antigüedad no se traducen, empero, en un simple deseo de comprensión lógica. Se trata de algo más profundo. Se trata de la manifestación de un desgarro íntimo, resultado de una ruptura entre el hombre y el mundo que le rodea. El hombre ha perdido su tradicional puesto en el cosmos. En verdad, no es ésta la primera vez en que el ser humano tiene la sensación de que le falta el suelo bajo los pies, vacila y se siente lleno de dudas existenciales. Este interrogante del hombre sólo se hace comprensible si se considera su terrible soledad. Y esa soledad sólo se comprende, también, a la luz del hundimiento de aquella imagen del mundo, redonda y completa, segura e inquebrantable, elaborada por los primeros siglos de la Antigüedad. Cuando esto ocurre, el hombre sólo puede captar un mundo escindido, ya que escindido está, también, el espíritu humano. El fenómeno se repetirá a lo largo de la historia de Occidente, en las épocas que llamamos de crisis.

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