James Hillman, El Código del Alma. La respuesta a la voz interior / Acontecimientos azarosos, nada realmente necesario. Las cosmologías de la ciencia no dicen nada acerca del alma, y por lo tanto no le dicen nada al alma acerca de la razón de su existencia, cómo llega a ser y adónde podría dirigirse, cuáles son sus tareas ...
Los sistemas simbólicos como el del ciclo zodiacal tanto en la astrología occidental como en la asiática se inician de cabeza. El más refinado, el más sutil, es el último signo, el de Piscis (Occidente) y el Cerdo (Oriente). El lugar corporal simbólico de este último signo está en los pies. Parece ser que los pies son los últimos en llegar y son los primeros en marcharse, si seguimos, por ejemplo, la lenta agonía de Sócrates. La cicuta venenosa que le obligaron a beber primero le entumeció y heló los miembros inferiores, como si empezaran a arrebatarle de este mundo empezando por los pies. Apoyar con firmeza un pie en el suelo... ése es el mayor de los logros, y un estadio del crecimiento mucho más tardío que cualquier cosa iniciada en la cabeza. No es de extrañar que en Sri Lanka los fieles reverencien la huella del pie de Buda, pues demuestra que estuvo realmente en el mundo, que creció verdaderamente hacia abajo.
De hecho, Buda había iniciado el proceso de crecimiento descendente a una edad temprana, cuando abandonó los jardines protegidos de su palacio para salir a las calles, donde pobres, enfermos, viejos y muertos atrajeron su alma hacia abajo, planteándole el interrogante de cómo vivimos la vida en el mundo.
Estos relatos familiares de Sócrates y Buda, así como las imágenes de la astrología, prestan otra dirección al crecimiento y otro valor al término «abajo, que en su uso más habitual es más bien preocupante: el alma ha de librarse de dudas y anticipaciones, si no de síntomas, cuando se ve forzada a acomodarse al empuje hacia arriba de la vocación. A veces, universitarios muy prometedores sienten de improviso que su «ordenador personal» está de capa caída, no pueden seguir avanzando por la vía rápida y quieren «bajarse», o bien la bebida, las drogas y la depresión hacen su aparición como las Furias. Hasta que la cultura reconoce la legitimidad de crecer hacia abajo, cada uno se debate a ciegas para hallar sentido a las oscuridades y la desesperación que requiere el alma para profundizar en la vida.
Las imágenes orgánicas del crecimiento siguen el símbolo favorito de la vida humana, el árbol, pero yo pongo ese árbol del revés. Mi modelo de crecimiento tiene sus raíces en el cielo e imagina un descenso gradual hacia los asuntos humanos. Éste es el Árbol de la Cábala en las tradiciones místicas tanto judía como cristiana.
El Zohar, el principal libro cabalista, deja bien claro que el descenso es duro: el alma se resiste a descender y enredarse en el mundo.
«Cuando el Sagrado, el Bendito, estaba a punto de crear el mundo, decidió formar a todas las almas que, a su debido tiempo, serían repartidas a los hijos de los hombres, y cada alma se formó con el contorno exacto del cuerpo que estaba destinado a albergarla... Ahora ve, desciende en tal y cual lugar, en tal y cual cuerpo.
Sin embargo, a menudo el alma replicaba: «Señor del mundo, me doy por satisfecha permaneciendo en esta esfera y no deseo partir ha- cia otra, donde viviré en la esclavitud y me mancharé».
Al oir esto, el Sagrado, el Bendito, respondía: Tu destino es, y lo ha sido desde el día de tu formación, el de entrar en ese mundo». Entonces el alma, al darse cuenta de que no podía desobedecer, descendía de mala gana y entraba en este mundo.»
El árbol del cabalista, cuya primera elaboración tuvo lugar en la España del siglo XIII, imagina que las ramas descendentes son las condiciones de la vida del alma, la cual resulta cada vez más manifiesta y visible a medida que desciende. Según Charles Ponce, un reciente intérprete psicológico de la Cábala, cuanto más baja, más difícil nos resulta comprender su significado. Ponce afirma que las regiones y los símbolos superiores no están tan ocultos como los mundanos, y que «las piernas siguen siendo un misterio». Las consecuencias éticas de esta imagen al revés son fáciles de ver: la participación de una persona en el mundo demuestra el descenso del espíritu. La virtud consistiría en rasgos descendentes, como la humildad, la caridad, la enseñanza y no ser altivo».
El Árbol de la Cábala repite dos de los mitos de la creación más duraderos de nuestra civilización, el bíblico y el platónico. La Biblia nos dice que Dios tardó seis días en crear el universo entero. El primer día, como el lector recordará, Dios estaba muy atareado con abstracciones enormes y construcciones superiores, tales como la separación de las tinieblas y la luz, y en lograr su orientación básica. Solamente hacia el final del proceso, mientras se movía hacia abajo durante los días quinto y sexto, llegó a las multitudes de los animales y al ser humano. La Creación avanza hacia abajo, desde lo trascendente al pululante aquí de la inmanencia.
Voy a resumir ahora el relato platónico de descenso que es el mito de Er y que figura en el último capítulo de La República:
Todas las almas esperan en un mundo mítico, al que han llegado desde vidas anteriores, y cada una tiene una suerte que cumplir. Esta suerte se llama también una porción de hado (Moira) que, de alguna manera, es representativa del carácter de esa alma determinada. Por ejemplo, el mito dice que el alma de Áyax, el guerrero inmoderado y poderoso, eligió la vida de un león, mientras que Atalanta, la joven corredora de la flota, eligió la suerte de un atleta, y otra alma eligió la vida de un hábil trabajador. El alma de Ulises, al recordar su larga vida llena de pruebas dificiles y tribulaciones, «y cansado de la ambición», anduvo buscando por mucho rato, hasta que al fin descubrió en un rincón, como despreciada, la condición pacifica de un simple particu- lar, que todas las demás almas habían dejado.
Después de que todas las almas escogieron su género de vida en el lugar marcado por la suerte, se aproximaron en el mismo orden a Láquesis [lachos = la suerte especial o porción del hado de una persona]. la cual dio a cada uno el genio [daimon] que ella había preferido, para que le sirviese de guarda durante el curso de su vida mortal y le ayudase a cumplir su destino. Láquesis conduce al alma a la segunda de las tres personificaciones del destino, Clotos [klotho= hilar], «para que con su mano y una vuelta de huso confirmase el destino escogido (¿le diera su giro particular, como el huso gira al hilar?). «Entonces el genio [daimon] la llevaba desde aquí a Átropos [atropos = que no se puede girar, inflexible] para hacer irrevocable el tejido de su destino. En seguida, no siendo ya posible volver atrás, se dirigían al trono de la Necesidad, por debajo del cual el alma y su genio pasaban juntos. En algunas versiones este trono se traduce por "regazo».
El texto no menciona claramente el aspecto concreto que se imagina que tiene una «suerte» (kleros). Esta palabra combina tres significados que mantienen una estrecha relación: a) un terreno, como nuestros solares con diversos usos, que se expande para significar... b) ... ese espacio que es la porción que ocupa uno en el conjunto de la realidad y c) una herencia, o lo que uno recibe por derecho en su condición de heredero.
A mi modo de ver, esas suertes del mito son imágenes. Puesto que cada suerte es particular y abarca todo un estilo de destino, el alma debe de percibir intuitivamente una imagen que abarca toda la vida a la vez. Debe elegir esa imagen que atrae: «Ésta es la que quiero, y es la herencia a que tengo derecho». Mi alma selecciona la imagen que vivo.
El texto de Platón llama a esta imagen paradeigma, o modelo, como suelen decir los traductores. Así pues, la «suerte es la imagen que constituye nuestra herencia, la porción del alma en el orden del mundo y el lugar que ocupamos en la tierra, todo ello condensado en un modelo ha sido seleccionado por el alma antes de que uno llegara al mundo, o, mejor dicho, que el alma selecciona siempre y continuamente, porque el tiempo no tiene cabida en las ecuaciones del mito. («El mito -decía Salustio, el filósofo del paganismo romano, nunca sucedió pero siempre es.») Puesto que la psicología antigua solía situar al alma alrededor del corazón o con él, el corazón contiene la imagen de nuestro destino y nos llama para que lo realicemos.
Extraer la imagen de su envoltura requiere toda la vida. Puede percibirse en su totalidad a la vez, pero sólo es posible comprenderla lentamente. Así pues, el alma tiene una imagen de su destino, que el tiempo sólo puede mostrar como futuros. ¿Es el futuros otro nombre del destino, y son nuestras preocupaciones por el futuros más probablemente fantasias del destino?
Sin embargo, antes de que las almas ingresen en la vida humana, atraviesan la llanura del Lete (olvido), de modo que al llegar aquí todas sus actividades anteriores, la elección de suertes y el descenso desde el regazo de la Necesidad, han desaparecido. Nacemos con esta condición de tabla rasa. Hemos olvidado todo lo ocurrido, aunque el modelo ineludible y necesario de mi suerte permanece y mi daimon acompañante lo recuerda.
Plotino, el más importante de los seguidores de la línea platónica, resume el mito en unas pocas líneas: «Nacer, entrar en este cuerpo particular, tener estos padres particulares y llegar a este lugar, así lo que llamamos circunstancias externas... forman una unidad y es como si las hubieran tejido juntas». Un daimon guía a cada alma hasta un cuerpo y un lugar determinados, a estos padres y estas circunstancias, por necesidad... y ninguno de nosotros tiene el menor atisbo de ello porque fue erradicado en las llanuras del olvido.
Según otra leyenda judía, la prueba de este olvido de la elección prenatal del alma se introduce apretadamente en el labio superior. Esa pequeña depresión bajo la nariz es el lugar que apretó el ángel con el dedo índice para cerrar los labios. Esa pequeña muesca es todo lo que queda para recordarnos nuestra vida anímica preexistente con el daimon, y así, mientras evocamos una intuición o un pensamiento perdido, nuestros dedos tocan esa hendidura significativa.
Imágenes como las que acabamos de describir llenan la mente con especulaciones encantadoras, y lo han hecho así durante siglos. ¿Por qué a Ella se le llama Necesidad y por qué El presta tanta atención a los seres marinos y los seres reptantes un día antes de llegar a la humanidad? ¿Somos mejores porque somos los últimos? ¿O somos menos importantes, como una ocurrencia tardía?
Estos mitos cosmológicos nos sitúan en el mundo y nos implican en él. Las cosmologías actuales (grandes explosiones, agujeros negros, antimateria y un espacio curvo en constante expansión que no va a ninguna parte) nos dejan despavoridos y llenos de incomprensión. Acontecimientos azarosos, nada realmente necesario. Las cosmologías de la ciencia no dicen nada acerca del alma, y por lo tanto no le dicen nada al alma acerca de la razón de su existencia, cómo llega a ser y adónde podría dirigirse, cuáles son sus tareas. Los elementos invisibles que intuimos, que enredan nuestra vida con lo que hay más allá de ella, han sido abstraídos por las cosmologías de la ciencia, reducidos a la invisibilidad literal de galaxias u ondas remotas. No es posible conocerlos ni percibirlos porque se miden por medio del tiempo, y nuestras vidas son meros nanosegundos en la vasta panoplia del mito de la ciencia. En estas circunstancias, sería inútil buscar el objetivo de nada.
Estos elementos invisibles del universo físico no se pueden conocer ni percibir, sino tan sólo calcular, porque se encuentran a años luz de distancia y porque, por definición, son indeterminados. En este caso merece la pena observar que la filosofía antigua consideraba lo indeterminado (apeiron) como la base del mal. Es posible que la explicación que dan las ciencias físicas de los orígenes y las razones últimas de la vida no sea un camino tan acertado. Cualquier cosmología que comience con mal pie no sólo producirá unas explicaciones poco convincentes, sino que nos impedirá experimentar amor hacia la existencia. El mito de la creación de acontecimientos al azar en un espacio inimaginable hace que el alma occidental flote en una estratosfera donde no puede respirar. No es de extrañar que busquemos otros mitos, como el del Er platónico, el libro del Génesis y el Árbol caba- lístico, cada uno de los cuales nos ofrece una explicación mítica similar de cómo son las cosas: nos fundan en mitos, y éstos se despliegan hacia abajo en el alma personal. Tampoco es de extrañar lo que dice Platón acerca de su «fábula»: «Puede preservarnos, siempre que nos persuadas.»
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