Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Fenomenología del espíritu / Pero en esta satisfacción la autoconciencia tiene la experiencia de la autosuficiencia de su objeto. El deseo y la certeza de sí misma alcanzada en su satisfacción se hallan condicionados por el objeto, ya que la satisfacción se ha obtenido mediante la superación de este otro; para que esta superación sea, tiene que ser este otro ...


En los modos de la certeza que preceden hasta aquí, lo verdadero es para la conciencia algo distinto a ella misma. Pero el concepto de este algo verdadero desaparece en la experiencia de él; el objeto no se muestra en verdad como era de un modo inmediato
en sí, como lo que es de la certeza sensible, la cosa concreta de la percepción, la fuerza del entendimiento, sino que este En-sí resulta ser un modo en que es solamente para otro; el concepto del objeto se supera en el objeto efectivamente real o la primera representación inmediata en la experiencia, y la certeza se pierde en la verdad. Pero ahora ha nacido lo que no se producía en estas relaciones anteriores: una certeza que es igual a su verdad, pues la certeza es ella misma su objeto y la conciencia es ella misma lo verdadero. Y en ello es también, ciertamente, un ser otro; en efecto, la conciencia diferencia, pero diferencia algo que para ella es, al mismo tiempo, algo no diferenciado. Si llamamos concepto al movimiento del saber y objeto al saber, pero como unidad quieta o como Yo, vemos que, no solamente para nosotros, sino para el saber mismo, el objeto corresponde al concepto. O bien, si, de otro modo, llamamos concepto a lo que el objeto es en sí y objeto a lo que es como objeto o para un otro, vemos que el ser-en-sí y el ser para otro son lo mismo, pues el En-sí es la conciencia; pero es también aquello para lo cual es otro (el En-sí); y es para ella para lo que el en-sí del objeto y el ser del mismo para un otro son lo mismo; Yo es el contenido de la relación y el relacionar mismo; es él mismo contra otro y sobrepasa al mismo tiempo a este otro, que para él es también sólo él mismo. 
Con la autoconciencia entramos ahora, pues, en el reino propio de la verdad. Debemos ver cómo comienza surgiendo esta figura de la autoconciencia. Si consideramos esta nueva figura del saber, el saber de sí mismo, en relación con la anterior, con el saber de otro, vemos que este último ha desaparecido, ciertamente, pero sus momentos, al mismo tiempo, se han conservado, y la pérdida consiste en que dichos momentos están presentes aquí ; tal y como son en sí. El ser del querer decir por medio de la opinión, la singularidad y, contrapuesta a ella, la universalidad de la percepción, al igual que el interior vacío del entendimiento no son ya como esencias, sino como momentos de la autoconciencia, es decir, como abstracciones o diferencias que para la conciencia son ellas mismas, al mismo tiempo, nulas, o no son tales diferencias, sino esencias que tienden puramente a desaparecer. Así pues, sólo parece haberse perdido el momento principal mismo, a saber: la subsistencia simple autosuficiente para la conciencia. Pero, de hecho, la autoconciencia es la reflexión que, desde el ser del mundo sensible y percibido, es esencialmente el retorno desde el ser-otro. Como autoconciencia, es movimiento; pero, en cuanto se distingue solamente a sí mismo como el Sí-mismo de sí, la diferencia es superada para ella de un modo inmediato como un ser otro; la diferencia no es, y la autoconciencia es solamente la tautología sin movimiento del Yo soy Yo; en cuanto que para ella la diferencia no tiene tampoco la figura del ser, no es autoconciencia. Así pues, para ella el ser-otro es como un ser o como un momento diferenciado; pero para ella es también la unidad de sí misma con esta diferencia como segundo momento diferenciado. Con aquel primer momento la autoconciencia es como conciencia y para ella se mantiene toda la extensión del mundo sensible, pero, al mismo tiempo, sólo como referida al segundo momento, a la unidad de la autoconciencia consigo misma; por consiguiente, el mundo sensible es para ella una subsistencia, pero una subsistencia que es solamente fenómeno o diferencia, que no tiene en sí ser alguno. Pero esta contraposición entre su fenómeno y su verdad sólo tiene por su esencia la verdad, esto es, la unidad de la conciencia consigo misma; esta unidad debe ser esencial a la autoconciencia; es decir, que ésta es deseo en general. La conciencia tiene ahora, como autoconciencia, un doble objeto: uno, el objeto inmediato de la certeza sensible y de la percepción, pero que se halla señalado para ella con el carácter de lo negativo, y el segundo, precisamente ella misma, que es la verdadera esencia y que de momento sólo está presente en la contraposición del primero. La autoconciencia se presenta aquí como el movimiento en que esta contraposición se ha superado y en que deviene la igualdad de sí misma consigo misma. 
El objeto, que para la autoconciencia es lo negativo, es, a la vez, para nosotros o en sí, algo que ha retornado a sí mismo, como por su parte también lo ha hecho la conciencia. A través de esta reflexión-dentro-de-sí el objeto ha devenido vida. Lo que la autoconciencia distingue de sí misma como lo que es tiene también en sí, en cuanto se lo pone como lo que es, no sólo el modo de la certeza sensible y de la percepción, sino que es ser-reflexionado-dentro-de-sí-mismo, y el objeto del deseo inmediato es algo viviente. En efecto, el en-sí o el resultado universal de la relación del entendimiento hacia el interior de las cosas: es la diferenciación de lo diferenciable o la unidad de lo diferenciado. Pero esta unidad es, asimismo, como hemos visto, el repelerse de sí misma; y este concepto se escinde en la contraposición entre la autoconciencia y la vida; aquélla es la unidad para la cual es la unidad infinita de las diferencias; pero ésta es solamente esta unidad misma, de tal modo que no es al mismo tiempo para sí misma. Tan autosuficiente, por tanto, como la conciencia lo es en sí su objeto. La autoconciencia, que es simplemente para sí y que marca de un modo inmediato su objeto con el carácter de lo negativo o es ante todo deseo, será más bien la que pase por la experiencia de la autosuficiencia de dicho objeto.
La determinación de la vida, tal como se deriva del concepto o del resultado universal con el que hemos entrado en esta esfera, basta para caracterizar la vida, sin necesidad de seguir desarrollando su naturaleza; su ciclo se cierra con los siguientes momentos. La esencia es la infinitud como el ser-superado de todas las diferencias, el movimiento puro de rotación alrededor de su eje, la quietud de sí misma como infinitud absolutamente inquieta; la autosuficiencia misma, en la que se disuelven las diferencias del movimiento; la esencia simple del tiempo, que tiene en esta igualdad consigo misma la figura compacta del espacio. Pero, en este médium simple y universal, las diferencias son también como diferencias, pues esta fluidez universal sólo tiene su naturaleza negativa en cuanto es una superación de ellas; pero no puede superar las diferencias si éstas no tienen subsistencia. Y es precisamente dicha fluidez la que, como autosuficiencia igual a sí misma, es ella misma la subsistencia o la sustancia de ellas, en la cual ellas son, por tanto, como miembros diferenciados y partes que son-para-sí. El ser no tiene ya el significado de la abstracción del ser, ni su esencialidad pura, la de la abstracción de la universalidad, sino que su ser es precisamente aquella sustancia simple fluida del movimiento puro en sí mismo. Pero la diferencia de estos miembros entre sí como diferencia no consiste en general en ninguna otra determinidad que la determinidad de los momentos de la infinitud o del movimiento puro mismo. 
Los miembros autosuficientes son para sí; pero este ser para sí es más bien del mismo modo inmediato su reflexión en la unidad, en cuanto esta unidad es, a su vez, la escisión en las figuras autosuficientes. La unidad se ha escindido porque es una unidad absolutamente negativa o infinita; y, por ser la subsistencia, tenemos que la diferencia sólo tiene también autosuficiencia en ella. Esta autosuficiencia de la figura aparece como algo determinado, como algo para otro, pues es algo escindido; y, en este sentido, el superar de la escisión se ejecuta por medio de un otro. Pero dicha superación se da también en ella misma, ya que precisamente aquella fluidez es la sustancia de las figuras autosuficientes; pero esta sustancia es infinita; por consiguiente, en su subsistencia misma es la: figura la escisión o la superación de su ser-para-sí. 
Si distinguimos más de cerca los momentos que aquí se contienen, vemos que tenemos como primer momento la subsistencia de las figuras autosuficientes o la represión de lo que es la diferenciación en sí, es decir, el no ser en sí y el carecer de subsistencia propia. El segundo momento es la sumisión de aquella subsistencia bajo la infinitud de la diferencia. En el primer momento la figura subsistente es: como algo que es para sí o sustancia infinita en su determinidad, se aparece en contra de la sustancia universal, niega esta fluidez y continuidad con ella y se afirma como algo que no ha sido disuelto en este universal, sino que más bien se mantiene al disociarse de esta su naturaleza inorgánica y devorándola. En el médium fluido universal, que es un despliegue quieto de las figuras, la vida deviene precisamente por ello el movimiento de las mismas, se convierte en la vida como proceso. La fluidez simple y universal es el en-sí y la diferencia entre las figuras, lo otro. Pero esta fluidez deviene ella misma, por medio de esta diferencia, lo otro. En efecto, ahora es para la diferencia, que es en y para sí misma y, por tanto, el movimiento infinito por el que es devorado aquel medio quieto, la vida como lo viviente. Pero esta inversión es, por ello, a su vez, la inversión en sí misma; lo devorado es la esencia; la individualidad, que se mantiene a costa de lo universal y que se asigna el sentimiento de su unidad consigo misma, supera precisamente por ello su oposición con respecto a lo otro, por la que es para sí; la unidad consigo misma que se da es precisamente la fluidez de las diferencias o la disolución universal. Pero, a la inversa, la superación de la subsistencia individual es también su producción. En efecto, como la esencia de la figura individual es la vida universal y lo que es para sí es en sí sustancia simple, al poner en sí lo otro supera esta simplicidad o su esencia, es decir, la escinde, y este escindir de la fluidez indiferenciada es precisamente el poner la individualidad. Por tanto, la sustancia simple de la vida es la escisión de esta misma en figuras y, al mismo tiempo, la disolución de estas diferencias subsistentes; y l a disolución de la escisión es, asimismo, escindir o estructurar. De este modo, los dos lados del movimiento completo que han sido diferenciados, a saber: la configuración quietamente desplegada en el médium universal de la autosuficiencia, de una parte y, de otra, el proceso de la vida, caen el uno en el otro; el segundo es tanto configuración como el superar de la figura; y el primero, la configuración, es: tanto un superar como estructuración. El elemento fluido es él mismo solamente la abstracción de la esencia; en otras palabras, sólo es efectivamente real como figura; y, al estructurarse, es de nuevo un escindir lo estructurado o un disolver del mismo. Todo este ciclo constituye la vida, que no es lo que primeramente se había dicho, la continuidad inmediata y la solidez de su esencia, ni la figura subsistente y lo discreto que es para sí, ni el puro proceso de ellos, ni tampoco la simple agrupación de estos momentos, sino el todo que se desarrolla, disuelve su desarrollo y se mantiene simplemente en este movimiento. 
En cuanto que, partiendo de la primera unidad inmediata y pasando por los momentos de la configuración y del proceso de retorno a la unidad de estos dos momentos y , con ello, a la primera sustancia simple, es que esta unidad reflexionada es otra que la primera. Frente a aquella unidad inmediata o expresada como un ser, esta segunda es la unidad universal, que tiene en ella, como superados, todos estos momentos. Es el género simple, que en el movimiento de la vida misma no existe para sí como esto simple, sino que en este resultado la vida remite a un otro de lo que ella es, a saber, a la conciencia, para la que la vida es como esta unidad o como género. 
Ahora bien, esta otra vida, para la que el género es como tal y que es para sí misma género, la autoconciencia sólo comienza siendo para sí como esta esencia simple y se tiene p or objeto como Yo puro; a lo largo de su experiencia, que ahora hay que detenerse a considerar, este objeto abstracto se enriquecerá para ella y adquirirá el despliegue que hemos visto en la vida. 
El Yo simple es sólo este género o lo simple universal para el que las diferencias lo son en cuanto es la esencia negativa de los momentos autosuficientes que se han configurado; por donde la autoconciencia sólo está cierta de sí misma mediante el superar de este otro, que aparece ante ella como vida autosuficiente; es un deseo. Cierta de la nulidad de este otro, pone para sí esta nulidad como su verdad, aniquila el objeto autosuficiente y se da con ello la certeza de sí misma como verdadera certeza, como una certeza que ha devenido para ella misma de modo objetivo
Pero en esta satisfacción la autoconciencia tiene la experiencia de la autosuficiencia de su objeto. El deseo y la certeza de sí misma alcanzada en su satisfacción se hallan condicionados por el objeto, ya que la satisfacción se ha obtenido mediante la superación de este otro; para que esta superación sea, tiene que ser este otro. Por tanto, la autoconciencia no puede superar al objeto mediante su relación negativa con él; lejos de ello, lo reproduce así, como reproduce el deseo. Es, de hecho, un otro que la autoconciencia, la esencia del deseo; y gracias a esta experiencia ha devenido para ella misma: esta verdad. Pero, al mismo tiempo, la autoconciencia es también absolutamente para sí, y lo es solamente mediante la superación del objeto, y éste tiene que llegar a ser su satisfacción, puesto que es la verdad. En razón de la autosuficiencia del objeto, la autoconciencia sólo puede, por tanto, lograr satisfacción en cuanto que este objeto mismo cumple en él la negación; y tiene que cumplir en sí esta negación de sí mismo, pues el objeto es en sí lo negativo y tiene que ser para otro lo que él es. En cuanto que el objeto es en sí mismo la negación y en la negación es al mismo tiempo autosuficiente, es conciencia. En la vida, que es el objeto del deseo, la negación o bien es en un otro, a saber, en el deseo, o es como determinidad frente a otra figura indiferente, o como su naturaleza inorgánica universal. Pero esta naturaleza universal autosuficiente, en la que la negación es como negación absoluta, es el género como tal o como autoconciencia. La autoconciencia sólo alcanza su satisfacción en otra autoconciencia
Solamente en estos tres momentos se ha cumplido el concepto de la autoconciencia: a) el Yo puro indiferenciado es su primer objeto inmediato. b) Pero esta inmediatez es ella misma mediación absoluta, sólo es como superación del objeto autosuficiente, o es el deseo. La satisfacción del deseo es, ciertamente, la reflexión de la autoconciencia en sí misma o la certeza que ha devenido verdad. c) Pero la verdad de esta certeza es más bien la reflexión duplicada, la duplicación de la autoconciencia. Es un objeto para la conciencia, que pone en sí mismo su ser-otro o la diferencia como algo nulo, siendo así autosuficiente. La figura diferenciada solamente viviente supera indudablemente su propia autosuficiencia en el proceso de la vida misma, pero, al desaparecer su diferencia, también ella cesa de ser lo que es; el objeto de la autoconciencia, en cambio, sigue siendo tan autosuficiente en esta negatividad de sí mismo; y, de este modo, es, para sí mismo, género, fluidez universal en la peculiaridad de su propia distinción; es una autoconciencia viviente. 
Es una autoconciencia para una autoconciencia. Y solamente así es, de hecho, pues solamente así deviene para ella la unidad de sí misma en su ser-otro; el Yo, que es el objeto de su concepto, no es de hecho objeto; y solamente el objeto del deseo es autosuficiente, pues este objeto es la sustancia universal inextinguible, la esencia fluida igual a sí misma. En cuanto una autoconciencia es el objeto, éste es tanto Yo como objeto. Aquí está dado ya para nosotros el concepto del espíritu. Más tarde vendrá para la conciencia la experiencia de lo que el espíritu es, esta sustancia absoluta que, en la perfecta libertad y autosuficiencia de su contraposición, es decir, de distintas conciencias de sí que son para sí, e s la unidad de las mismas: Yo es Nosotros y Nosotros, Yo. La conciencia sólo tiene: en la autoconciencia, como el concepto del espíritu, el punto de viraje a partir del cual se aparta de la apariencia coloreada del más acá sensible y de la noche vacía del más allá suprasensible, para marchar hacia el día espiritual del presente.

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