Ernst Cassirer, Mito y lenguaje / Mas yo no tengo tiempo para dedicarme a tales , ocios, y la razón, amigo mío, es que aún no he llegado a conocerme a mí mismo, tal como lo exige el precepto délfico. Me parece absurdo que, mientras sigo ignorándome a mí mismo, pueda ocuparme de cosas extrañas ...


El comienzo del
Fedro platónico describe cómo Sócrates, al encontrarse con Fedro, es llevado por éste lejos de las puertas de la ciudad, hasta las orillas del río Iliso. Platón reprodujo hasta en sus menores detalles el paisaje donde ubica esta escena; además, sobre esta presentación flota un brillo y un perfume como muy pocas veces se encuentran en la Antigüedad en las descripciones de la naturaleza. Sócrates y Fedro se sientan a la sombra de un alto plátano, junto a un manantial refrescante; el aire estival se agita benigno y dulce y está lleno del chirrido de las cigarras. Compenetrado con este paisaje campestre, se pregunta Fedro si acaso no sería éste el lugar donde -según el mito- Bóreas raptó a la bella Oritia; pues aquí el agua es pura y cristalina, como hecha para que las jovencitas se bañen y jueguen en ella. Cuando Sócrates fue presionado a responder si realmente creía en ese cuento, en ese "mythologema", replicó que aunque no lo tomase como cierto, no por eso tendría dudas acerca de su significado. "Pues -dijo-entonces procedería como los 'sabios', y diría (valiéndome de una hábil 'interpretación') que, cuando Oritia jugaba con su compañera Farmacia, había sido empujada por Bóreas, el viento norte, contra aquellas rocas; y a causa del peculiar carácter de su muerte, se habría llegado a decir más tarde que efectivamente fue raptada p0r el dios Bóreas. Pero yo, ¡oh Fedro! -prosigue Sócrates-, encuentro esto demasiado frívolo, y creo que tales interpretaciones son un quehacer bastante aburrido y artificioso, por lo que no envidio a quien se dedique a ellas. Pues en semejantes casos también debería rendir cuenta de figuras como los Centauros y la Quimera, y pronto se sentiría abrumado por toda una caterva de análogas criaturas, como Gorgonas, Pegasos y muchos otros seres extraños y monstruosos; y quien, desconfiando de todos estos seres maravillosos, se acerque a ellos con la intención de reducirlos a algo verosímil, tendrá que consagrar mucho tiempo a este tipo de sabiduría inútil. 
"Mas yo no tengo tiempo para dedicarme a tales , ocios, y la razón, amigo mío, es que aún no he llegado a conocerme a mí mismo, tal como lo exige el precepto délfico. Me parece absurdo que, mientras sigo ignorándome a mí mismo, pueda ocuparme de cosas extrañas. Por eso, dejo que tales cosas sean lo que sean y no pienso en ellas, sino en mí mismo, al meditar si es que soy una criatura de constitución más complicada y monstruosa que la de Tifón, o si, quizá, soy un ser de naturaleza mucho más suave y sencilla, provista de alguna esencia noble y aun divina". 
Esta clase de interpretación mitológica que los sofistas y retóricos de antaño consideraban como la más alta sabiduría y la flor del verdadero espíritu urbano, le parecía a Platón lo más opuesto a dicho espíritu; pero aunque la haya denunciado como tal, denominándola mera "sabiduría campesina", este fallo no impidió que los eruditos de siglos venideros volvieran a entregarse a ella. Los estoicos y neoplatónicos de los tiempos helenísticos compitieron en este arte, como ya lo habían hecho los sofistas y los retóricos de la época de Platón. Y de nuevo, como antiguamente, se volvió a utilizar la investigación lingüística y la etimología como instrumentos de interpretación. En el reino de los fantasmas y de los demonios, así como en el de las más altas expresiones mitológicas, parecía volver a confirmarse la palabra fáustica: aquí se supuso una y otra vez que la esencia de cada figura mítica podía ser reconocida directamente en su nombre. La idea de que el nombre y la esencia se corresponden en una relacion íntimamente necesaria, que el nombre no sólo designa, sino que también es ese mismo ser, y que contiene dentro de sí la fuerza del ser ... son algunas de las suposiciones fundamentales de esa conciencia elaboradora de mitos, suposiciones que también parecían ser aceptadas por la mitología filosófica y científica. Lo que en el espíritu del mito mismo actúa como convicción viviente e inmediata se convierte en un postulado del proceder reflexivo para la ciencia de la mitología; ésta impuso así como principio metodológico la íntima relación entre el nombre y la cosa, y su latente identidad. 
Este método se fue profundizando y perfeccionando a través de la historia de la investigación mitológica, de la historia de la filología y de la ciencia del lenguaje. Si bien dicho método mitológico fue instrumento burdo en manos de los sofistas, y también la Antigüedad y la Edad Media utilizaron ingenuas etimologías, luego adqui tjó aquella agudeza, vigor y amplitud filológica, característica de la visión espiritual, que hoy admiramos en los maestros de la filología clásica actual. Basta confrontar el análisis de los "nombres divinos", tal como lo realiza con exagerada ironía, pero ajustándose al ideal de la verdadera "explicación" de su tiempo, el Cratilo platónico, con la fundamental obra de Usener Los nombres divinos, para destacar muy clara y palpablemente la distancia que hay entre ambas actitudes espirituales y entre sus métodos. Sin embargo, aun el siglo XIX acepta teorías sobre la relación entre el lenguaje y el mito, de evidente afinidad con los viejos métodos de la sofística griega.

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