Eric Robertson Dodds, Paganos y cristianos en una época de angustia. Algunos aspectos de la experiencia religiosa desde Marco Aurelio a Constantino / Lo demoníaco —dice Diotima a Sócrates— es todo aquello que media entre Dios y los mortales. Une ambos extremos y llena el vacío que los separa, interpretando y transmitiendo los deseos de los hombres a los dioses y la voluntad de los dioses a los hombres... Dios no entra en contacto con el hombre; sólo a través de lo demoníaco puede darse trato y conversación entre hombres y dioses, ya sea en la vigilia, ya en los sueños ...


«Lo demoníaco —dice Diotima a Sócrates— es todo aquello que media entre Dios y los mortales. Une ambos extremos y llena el vacío que los separa, interpretando y transmitiendo los deseos de los hombres a los dioses y la voluntad de los dioses a los hombres... Dios no entra en contacto con el hombre; sólo a través de lo demoníaco puede darse trato y conversación entre hombres y dioses, ya sea en la vigilia, ya en los sueños. Y el hombre que llega a adquirir experiencia en semejante trato es un hombre demoníaco; comparados con él, los expertos en las artes o en las restantes habilidades no son más que jornaleros» Esta definición exacta de los términos
daimon y daimonios, hasta entonces vagos, era una novedad en tiempos de Platón, pero en el siglo II d. C. no era más que un lugar común. Prácticamente todo el mundo —paganos, judíos, cristianos y gnósticos— creía en la existencia de aquellos seres y en sus funciones de mediadores, aunque podía variar el nombre que se les atribuía: demonios, ángeles, eones o simplemente «espíritus» (πνεύματα). Incluso en el sentir de muchos paganos piadosos de aquella época los dioses de la mitología griega no eran otra cosa que demonios mediadores, sátrapas de un invisible Rey supramundano. Y el «hombre demoníaco», capaz de establecer contacto con ellos, gozaba de la consiguiente estima. 
Empezaré por los soñadores. «La mayor parte de la humanidad —dice Tertuliano— debe su conocimiento de Dios a los sueños». E. B. Tylor no dejaría de estar de acuerdo con esta idea. Ciertamente, de todas las formas de contacto con lo sobrenatural, los sueños son, y fueron en la Antigüedad, la más practicada. Como indicaba Sinesio, es una forma de adivinación accesible por igual al esclavo y al millonario, ya que nada cuesta y no exige ningún preparativo, aparte de que no hay tirano que pueda prohibirla, a menos que ordene a sus súbditos permanecer continuamente despiertos . No cabe duda de que, entre todas las prácticas adivinatorias paganas, los sueños fueron la única tolerada por la Iglesia cristiana. Pero los sueños adivinatorios tenían además una firme base escriturística, pues el mismo san Pedro había citado las palabras del profeta Joel: «Vuestros ancianos tendrán sueños y vuestros jóvenes verán visiones». En cuanto a la tradición clásica de los sueños «oraculares» o «divinos», no repetiré lo que ya dejé dicho en The Greeks and the Irrational. Me limitaré únicamente a indicar de pasada que hoy me siento menos seguro que cuando escribí aquel libro de que los sueños «divinos», tan frecuentemente consignados en la Antigüedad, reflejan una diferencia real con respecto a la experiencia del sueño común al hombre anticuo y al moderno. Entre tanto, me ha indicado Geoffrey Gorer que nosotros recordamos de nuestros sueños sobre todo lo que nos parece digno de ser recordado, y que, en consecuencia, los relatos antiguos de sueños pueden ser versiones muy simplificadas de la experiencia onírica original. Desde este punto de vista, lo que viene culturalmente determinado quizá no sea el tipo de sueño tal como realmente es soñado, sino simplemente el modelo a que se ajusta en el recuerdo. Pero esto no cambia la cuestión. Ahora pasaré a analizar la única serie extensa de sueños habidos por un solo individuo de que el mundo clásico nos ha legado una relación. 
Por los mismos años en que Marco Aurelio consignaba por escrito sus reflexiones y remordimientos, su contemporáneo Elio Arístides llevaba un diario muy distinto. No se trataba propiamente de un diario, sino de algo que Sinesio llamó un «libro de noche»; era, efectivamente, una relación, noche por noche, de sus sueños, que a la vez era la narración de sus tratos con su divino sanador, Asclepio. Se incluyen, como nos dice su autor, «curaciones de todo género, algunas conversaciones y discursos continuos, visiones de todas clases, todas las predicciones de Asclepio y sus oráculos sobre muchísimas cosas, unos en verso y otros en prosa». Conforme iban pasando los años, aquellos «libros de noche» se acumularon hasta alcanzar la formidable cifra de 300.000 versos. Cuando Arístides dio por finalizada su obra, encontró muy difícil ordenarla, ya que no había tomado la precaución de fechar los distintos documentos, aparte de que algunos de ellos se habían extraviado con motivo de una perturbación doméstica. Pero con lo que pudo conservar y la ayuda de su memoria, recopiló, en orden nada coherente, los cinco libros que se conservan de sus Doctrinas sagradas; el autor se disponía a comenzar el sexto cuando le sorprendió la muerte. Estos cinco libros constituyen la única autobiografía religiosa que nos ha legado el mundo pagano.
Arístides era hijo de un rico hacendado de Asia Menor. Tuvo la mejor educación que cabía en su época, bajo el mismo preceptor que más tarde formaría a Marco Aurelio. A los veinte años ya había viajado y leído mucho, era un espléndido orador y dominaba perfectamente el mejor estilo aticista. Al cumplir los veintiséis años marchó a Roma y fue introducido en la corte. Se le abrieron las puertas de una espléndida carrera política, pero entonces se sintió abatido por la primera de una larga serie de enfermedades que habrían de convertirle en un inválido crónico durante por lo menos doce años, que transformarían su personalidad para el resto de su vida. La mayor parte de sus dolencias, por no decir la totalidad, era de origen psicosomático. Entre la mezcolanza de síntomas de que él mismo nos informa podemos reconocer los del asma y diversas formas de hipertensión, que le causaban violentos dolores nerviosos de cabeza, insomnios y graves trastornos gástricos. No es muy de extrañar que las recetas comunicadas en sueños por su dios lograran proporcionarle al menos el alivio momentáneo de los peores síntomas. Los sueños de Arístides merecen por sí mismos la atención de un psicólogo profesional, y espero que alguien se encargará algún día de realizar este estudio. 
Se pueden dividir en tres grupos prindpales. Hay terroríficos sueños angustiosos en que el paciente cree ser envenenado, perseguido por un toro o atacado por los bárbaros; hay sobre todo uno, minuciosamente descrito, en que Arístides se ve recorriendo un largo túnel y rodeado por personajes sospechosos que empuñan cucliillos y parecen dispuestos a arrojarse sobre él. Vienen luego los patéticos sueños de tono megalomaníaco, en que su truncada carrera se ve espléndidamente compensada; postrado en el lecho de día, por la noche conversa con emperadores; oye que va a compartir con Alejandro Magno un monumento público; voces secretas le aseguran que es mejor orador que Demóstenes, y (lo más sorprendente de todo) que él es Platón y Tucídides unidos en la misma persona. Vienen finalmente los sueños «divinos», en que le sale al encuentro su patrono o recibe de él señales de su presencia. Muchos de estos sueños, aunque no todos, poseen un contenido de carácter médico. Como el mismo Arístides señala, las recetas recibidas en sueños son con frecuencia paradójicas y hasta de una sorprendente crueldad. Cuando se le obliga a renunciar a los baños calientes durante más de cinco años, y se le obliga a correr desnudo en pleno invierno, a bañarse en ríos helados o en un lodazal mientras sopla un viento glacial, o hasta a marcarse, no podemos sino advertir la semejanza que hay entre estas prescripciones divinas y las penitencias de los devotos de Isis o las mortificaciones de ciertos ascetas cristianos. También podemos conjeturar que tienen el mismo origen psicológico. Para todos ellos, el precio de la salud física o espiritual, es la continua expiación de una culpa inconsciente. 
Es también característico el impulso a eludir algún imaginario mal inminente anticipándolo en una forma simbólica indolora. Así, tiene que simular un naufragio para evitar que se produzca en la realidad; en otra ocasión ha de cubrirse de polvo «en lugar —afirma— de ser enterrado, de forma que esto ocurriera de algún modo»; también tiene que sacrificar uno de sus dedos «para salvar todo el cuerpo», aunque luego se le conmuta aquel sacrificio por el de un anillo (este último ejemplo enlaza, si no me engaño, con el sueño de un niño que se ve en un túnel oscuro donde hombres malvados amenazan con mutilarlo). Y cuando estos sacrificios personales no son suficientes para aplacar al Destino, se ve obligado a sacrificar a sus amigos. Sin ningún escrúpulo cuenta cómo dos de ellos, en dos ocasiones distintas, desempeñaron el papel de Alcestes en favor de su Admeto, y murieron como sustitutos inconscientes para salvar su valiosa vida.
Cuando el impaciente lector moderno tropieza con este cúmulo de insensateces, siente la tentación de despreciar a Arístides como un «loco insensato» que sólo puede despertar el interés de un psiquiatra. Loco, ciertamente, estaba Arístides, y de una locura nada divertida, pero ello no nos impide que caractericemos como religiosa su experiencia. Por ello lo he traído a colación. Arístides se tiene por elegido de Dios como servidor y portavoz (kypokrites) del gran Sanador. Cuando Asclepio le dirige en un sueño las místicas palabras συ εΐ είς («tú eres singularmente elegido»), siente que todos sus sufrimientos quedan compensados y que su existencia vuelve a tener sentido; a partir de este momento es ya un hombre distinto, estará unido a Dios y superará así la humana condición. Al iniciar esta nueva vida, adopta otro nombre, Teodoro, porque todo en él es ahora un don de Dios. En adelante ya no hará nada, importante o no, sin la aprobación previa del dios, «pues todo es pura insensatez en comparación con la obediencia a Dios». Ya nunca estará solo, preso en la terrible soledad del neurótico; ha encontrado un Auxiliador cuya presen cia constituye un gozo inefable.

Comentarios