Willliam K. C. Guthrie, Orfeo y la religión griega / En la Grecia de los tiempos históricos, la división más obvia que ha de hacerse es entre la religión olímpica y la ctonia, entre los cultos al aire libre en torno ele las cimas del monte sagrado, con sus concomitantes características de cordura, claridad y serenidad, y los cultos de la tierra y de las regiones subterráneas, a menudo señalados por la oscuridad impresionante y el místico anhelo de una unión entre el hombre y la divinidad ...
La religión griega es multifacética. Para la mentalidad de una época de erudición, aparece más bien como una mezcla de religiones, y, como investigadores, tratamos de separar los hilos y seguir la pista a cada uno hasta su propio origen. Es propio y correcto que así lo hagamos. En la Grecia de los tiempos históricos, la división más obvia que ha de hacerse es entre la religión olímpica y la ctonia, entre los cultos al aire libre en torno ele las cimas del monte sagrado, con sus concomitantes características de cordura, claridad y serenidad, y los cultos de la tierra y de las regiones subterráneas, a menudo señalados por la oscuridad impresionante y el místico anhelo de una unión entre el hombre y la divinidad. Una vez registrado esto, podemos establecer nuevas distinciones de complejidad y sutileza crecientes, sin más límite que la aplicación y la perspicacia del estudioso.
La percepción de estas distinciones es una necesidad para quien quiera desee comprender a los griegos y su religión. Empero, puede conducir a error si no se tornan ciertas precauciones. Es inevitable que al tratar las diferentes variedades de creencia y experiencia religiosas que el mundo griego nos presenta, el término “religión” se aplique con frecuencia a cada una por separado. Hablamos, naturalmente, de religión olímpica, religión ctonia, religión dionisíaca, etcétera. Este uso, por su familiaridad, puede hacernos perder de vista un hecho digno de recordar, que es el siguiente; el observador imparcial habla también de religión cristiana y de religión musulmana; pero en ello no está solo. Las personas de quienes habla son igualmente conscientes de pertenecer a diferentes mundos religiosos. Esta conciencia es una parte importante de su religión misma, y están dispuestas a matar y morir en afirmación de ello. Una y otra religiones pueden remitirse al judaismo como uno de los ante cesores de su respectivo credo, y los musulmanes pueden otorgar a Jesús un lugar entre los profetas; pero ambas permanecen mutua mente excluyentes, en el sentido de que es imposible imaginar un ci'istiano que se proclama a la vez musulmán, o un musulmán cris tiano. Sería posible escribir un buen libro sobre la naturaleza, el origen y la difusión del Islam con poca o ninguna referencia a los cristianos excepto en cuanto enemigos cuya oposición militante re tardó la difusión de la fe. Muy bien podemos inclinarnos a imaginar que tratamos con diferencias tan claramente marcadas como ésta cuando distinguimos entre religión y religión, y a utilizar esos términos para describir fenómenos acerca de los cuales tales presupuestos serían enteramente injustificables. Lo serían al tratar las religiones de la Grecia clásica o el paganismo grecorromano. De ahí mi llamado a la cautela. Conservo el término “religiones” porque es útil e innocuo una vez que nos hemos puesto en claro sobre lo que entendemos por él. Para nosotros, las diferencias entre el culto de Zeus Olímpico y los misterios de Deméter pueden parecer tan grandes como las existentes entre dos religiones cualesquiera de tiempos más modernos. Empero, dichos cultos no solo no llevaron nunca a guerras persecutorias, sino que además era perfectamente posible para la misma persona ser devoto participante de ambos. Más aún, Core, la hija de Deméter, en honor de la cual tanto como cle cuya madre se celebraban los misterios, tenía por padre a Zeus, y Zeus podía ser invocado igualmente como ctonio y como olímpico. En realidad, dos dioses totalmente diferentes, diría uno. Por fortuna, no necesitamos por ahora entrar en tan confusas cuestiones. No pudo haberse tratado de dos dioses totalmente diferentes para el ateniense del siglo v, y el ejemplo es solo uno entre muchos que pudieron haberse aducido para mostrar cómo, al hablar cie tal o cual religión de la antigua Grecia, no podemos trazar las distinciones tajantes que son posibles entre tal o cual religión del mundo moderno. No es cuestión de tolerancia. Un estado de tolerancia prevalece hoy en gran parte del mundo civilizado, pero ello no ha borrado la línea definida que puede trazarse entre cristianos, musulmanes e hindúes. Es cuestión de falta de conciencia, en la mente del devoto, de que existan esas diferencias que al observador externo parecen tan llanas y evidentes. Puede encontrarse fácilmente un paralelo dentro del propio mundo cristiano. Sus diferencias no han sido inconscientes, como lo atestigua la larga historia de las persecuciones. Pero existe hoy, adorando juntas y en la misma iglesia y con aparente unanimidad, gente de muy diverso grado de espiritualidad, capacidad mental y educación, factores según los cuales uno cree en un Dios paterno y bondadoso, otro en un justiciero pero despótico Jehová, otro en un ser cuya naturaleza es simplemente la humana elevada a perfección, la unión espiritual completa con el cual no es una meta imposible; la inmortalidad se concibe bien como un expediente de la justicia divina, con los tormentos del infierno para los conde nados, bien con los tormentos rechazados como indignos de la Divinidad, bien como una extensión realística de la personalidad individual, bien como un estado de unión casi neoplatónico con el Espíritu supremo, en el cual la supervivencia de la personalidad apenas puede reconocerse sino dudosamente. Pueden encontrarse casi todos los diversos matices de creencia que al estudiar la religión griega dedicamos tanto esfuerzo a separar, y la concepción de la relación de Dios al hombre puede variar desde una tan externa como la de Homero hasta las formas más puras de misticismo. La religión, en última instancia, es del individuo, y no hay dos hombres que tengan religiones exactamente iguales. Los de temperamento similar preferirán agruparse, y en Grecia clásica había muchas clases de religión que reflejaran esta tendencia. Algunas estaban dedicadas a dioses particulares, haciendo fácil suponer a primera vista que cada dios o conjunto de dioses representaba un tipo diferente de religión: aquí los olímpicos, allí Dioniso, acullá Deméter y Core. De hecho, empero, encontramos que representantes de tipos de religión opuestos invocarán al mismo dios con ánimo enteramente diferente (el cambio puede estar señalado por un cambio de epíteto), y también que dioses a los cuales habíamos considerado fuentes de inspiración de credos y aspiraciones incompatibles se hallan a veces pacíficamente unidos en el mismo campo. Mucha confusión han causado las tentativas de descubrir un orden y razón inexistentes en asuntos cuya explicación es simplemente la tranquila inconsciencia de lo incongruente, tal como podemos observarla hoy dentro de cualquiera de las denominaciones actuales. ¿Qué tiene que ver todo esto con Orfeo? Por el momento, podemos notar al menos que Orfeo era considerado por los griegos como el fundador de cierto tipo de religión, que mucho se ha escrito sobre la religión órfica, a veces conocida hoy, más simplemente, como “orfismo”, y que es éste, por lo tanto, un lugar adecuado para hacer nos presente que el término “religión” ha de utilizarse aquí solamente en el sentido limitado indicado antes. Orfeo, cualquiera haya sido su origen, aparece en la historia como un profeta y maestro humano, cuya doctrina estaba incorporada en una colección de textos. No tenía una especie de religión nueva y enteramente distinta que ofrecer, sino una presentación o modificación particular de la religión.
Comentarios
Publicar un comentario