Patrick Harpur, La tradición oculta del alma / Los griegos homéricos pensaban que teníamos dos almas: la psyché y el thymós. Al principio, los estudiosos modernos asociaron la psyché con el aliento y el thymós con la sangre
Las raíces de nuestro pensamiento occidental sobre el alma se hunden en la cultura de la Antigüedad griega. Es difícil imaginar cómo se veían los griegos a sí mismos en tiempos de Homero (hacia 800 a.C.). Como las culturas tribales a las que hemos aludido, no tenían la sensación moderna de ser idénticos a nuestro cuerpo. Mientras que nosotros sentimos que tenemos una personalidad, una esencia -un alma- que de algún modo se encuentra en el interior del cuerpo, o que éste transporta, ellos sentían que su alma estaba diseminada por todo el organismo, o bien que cada parte expresaba una función distinta de su alma. Carecían de una palabra para designarlo, al que solían referirse como miembros». La palabra soma («cuerpo») se refería a un cadáver. Gradualmente la idea del alma se replegó de las partes del cuerpo a un punto central y poco a poco, éste punto fue escindido permanentemente del cuerpo.
Los griegos homéricos pensaban que teníamos dos almas: la psyché y el thymós. Al principio, los estudiosos modernos asociaron la psyché con el aliento y el thymós con la sangre. Pero en su libro The Origins of European Thought, R. B. Onians muestra que el «alma-aliento» se ajusta más, de hecho, al thymos, del que se dice que siente y piensa y que está activo en el pecho y los pulmones (phrener), así como en el corazón. La pryché, por su parte, se asociaba con la cabeza y actuaba como una especie de principio vital, como la fuerza que nos mantiene vivos. Cuando morimos, la psyché abandona el cuerpo y continúa viviendo en el Hades, el inframundo de la muerte. El thymós también abandona el cuerpo cuando morimos, pero no continúa viviendo.
Los pensadores griegos posteriores discrepaban sobre la ubicación del alma en el cuerpo tanto como nuestras culturas tribales. Epicuro la situaba en el pecho, Aristóteles en el corazón y Platón en la cabeza. Pero la psyché fue adquiriendo cada vez más preponderancia sobre el thymos, de modo que hacia el siglo V a.C. llegó a incluir a éste, que aún seguía vagamente localizado en el pecho pero ya no era identificado con el «alma-aliento». Al mismo tiempo, se pensaba en la psyché como en algo más difuso, asociado sobre todo-pero ya no exclusivamente con la cabeza Empezamos así a entrever que definir precisamente el alma es tan difícil porque está en su naturaleza el presentársenos con distintas imágenes de sí misma.
Tampoco había consenso en relación al destino de la psyche después de la muerte. Algunos decían que era un aliento que se dispersaba el aire al morir el cuerpo, mientras que otros daban la razón a Empédocles: creían que el alma era un daimon que renacía en otras personas. Sin embargo, la mayoría pensaba que el alma iba al Hades, donde revoloteaba en forma de éidolon, una «sombra» o imagen, «la apariencia visible pero intangible del que estuvo vivo».
Ni siquiera en tiempos de Homero se creía que la psyché fuese responsable en ningún sentido, como lo era el thymós, del pensar y el sentir. Eso significa que la conciencia no le concer nia, ni en la vida ni en la muerte. Al menos, tal como entendemos la conciencia diurna y ordinaria. La psyché tiene su propia conciencia, no la «conciencia vital» del thymós, imbuida de calidez y sentimiento, sino otra más fría e impersonal, una «conciencia de la muerte», El hogar de la psyché es el Hades, cuyo soberano (llamado también Hades, dios de los muertos) poseía un célebre casco quien se cubría con él la cabeza -es decir, la psyché-, se volvía invisible. Estamos ante una metáfora de cómo el alma invisible esconde una conciencia de la muerte en el interior de la vida. La psyché es la perspectiva de la muerte que radica en todos los seres vivos, donde la muerte no es la extinción sino otro tipo de vida más profunda.
Según Heráclito (535-475 a.C.), podemos llevar esta consideración un paso más allá: todo lo que el thymós desea, lo adquiere a costa de la psyché. Existe una relación recíproca, e incluso antagónica, entre nuestra vida consciente, cálida, despierta y deseosa, y la vida de la psyché, que aflora en la oscuridad, mientras dormimos, durante el sueño, después de la vida. Y así como nuestros deseos conscientes minan la vitalidad de la psyché inconsciente y le cuestan muy caros al alma, la psyché, a la inversa, quiere arrastrar nuestra vida consciente hacia abajo, hacia la perspectiva más honda del Hades. De hecho, Heráclito fue el primero en llamar la atención sobre el rasgo característico del alma que más nos importa aquí: la profundidad.
«No encontrarías los límites del alma», escribió, «ni aunque recorrieras todos los caminos, tan profunda es su medida [logos]».
La revolucionaria idea de que el alma está de algún modo enfrentada al cuerpo, o que incluso se opone a él, fue atribuida a los seguidores de la legendaria figura de Orfeo. Ningún miembro de una tribu -ningún griego homérico- habría separado por completo el alma del cuerpo. Incluso después de la muerte mantienen un tenue vínculo. Pero los órficos sostenían que el alma podía escindirse del cuerpo y existir de forma completamente independiente. ¿Pero de dónde sacaron tal idea?
En Los griegos y lo irracional, el profesor E. R. Dodds consideraba muy probable que tomaran la idea de los escitas, que vivían al oeste del mar Negro, y de los tracios, que poblaban el este de la península balcánica. Estas tribus recibieron a su vez la influencia de las culturas del caballo de Asia central y, aún más al norte, de las culturas del reno de Siberia. En otras palabras, recibieron la influencia de unas culturas chamánicas cuyo rasgo más llamativo es que el chamán entra en estado de trance y «vuela» al Otro Mundo, a menudo transportado por el espíritu de un caballo o un reno, a la manera de Pegaso. Ya no es un simple éidolon o imagen sombría, sino su verdadero yo.
Orfeo, tradicionalmente vinculado con Tracia, viajó hasta el inframundo del Hades armado tan sólo con una lira y sus canciones. Éstas, como los cantos sagrados del chamán, eran capaces de hechizar a los peligrosos moradores del inframundo y persuadirlos para que liberasen almas que hubieran apresado. Orfeo quería liberar a Eurídice, su esposa, muerta por una mordedura de serpiente. Ella simboliza el alma de Orfeo, que éste rescata del Hades, aunque la pierde en el último instante al mirar fatalmente hacia atrás queriendo asegurarse de que lo seguía. (Sin embargo, las versiones más tempranas de este mito cuentan que sí logra rescatarla de la muerte.)
Orfeo fue el primer chamán occidental. Y el orfismo ejerció una profunda influencia en Pitágoras, a quien Dodds también considera el equivalente griego de un chamán. Sus prácticas y enseñanzas fueron dotadas a su vez de expresión filosófica por parte de Platón, que combinó así la tradición de la razón y la lógica con ideas mágicas y religiosas que, fundamentalmente, procedían de Asia central y Siberia. Tan real era la experiencia del alma cuando salía del cuerpo que los órficos y los pitagóricos llegaron a considerar el efímero y corruptible cuerpo como un «hogar-prisión», o incluso una «tumba», del alma inmortal. Ésta se convertiría en una de las doctrinas clave de Platón. Al mismo tiempo, el inframundo fue dejando de ser un sepulcro sombrío de éidola para volverse un reino más real que el mundo cotidiano.
No obstante, el distinguido egiptólogo Jeremy Naydler ofrece una visión distinta de cómo llegaron los griegos a esta doctrina del alma. Reconoce la deuda de Platón hacia los pitagóricos, pero nos recuerda que no es en absoluto verídico que Pitágoras recibiera la influencia de culturas chamánicas septentrionales. No hay constancia alguna de que las visitara, por ejemplo. En cambio, sí la hay de que visitara Egipto (durante veintidós años, según Jámblico), lugar en el que, según se decía, llegó a dominar los jeroglíficos y se inició en los misterios de los dioses. Posteriormente, en la segunda mitad del siglo VI a.C., Pitágoras se instaló en el sur de Italia, una zona que había mantenido lazos con Egipto durante al menos doscientos años. El propio Platón estableció un fuerte vínculo con los pitagóricos de esa región, adonde viajó en tres ocasiones entre los años 388 y 361 a.C. También se dice que visitó Egipto una vez, o incluso dos, según Diógenes Laercio y Cicerón. A otra fuente anterior, Estrabón, unos egipcios del lugar le mostraron en qué parte de Heliópolis había residido Platón. Así que Platón pudo muy bien extraer su doctrina del alma de los egipcios, pues éstos poseían su propia tradición chamánica, en la que el alma existía independientemente del cuerpo y podía viajar a través del Otro Mundo.
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