Patrick Harpur, Realidad daimónica / Los ángeles de la guarda derivaron del neoplatonismo y, junto con otras clases de ángeles, entraron a formar parte del dogma cristiano en el Concilio de Nicea (325 d.C.). Pero, mucho antes, los antiguos griegos creían que a cada individuo se le asignaba al nacer un daimon que determinaba, por completo o en parte, su destino ...




Los ángeles de la guarda derivaron del neoplatonismo y, junto con otras clases de ángeles, entraron a formar parte del dogma cristiano en el Concilio de Nicea (325 d.C.). Pero, mucho antes, los antiguos griegos creían que a cada individuo se le asignaba al nacer un daimon que determinaba, por completo o en parte, su destino. Filemón era claramente el daimon de Jung, quien enfatizó el papel crucial que aquella extraña figura gnóstica desempeñaba en su vida y en su trabajo. El mentor de Platón, Sócrates, tenía un daimon que era famoso por decir siempre que no. No entraba en un discurso racional con Sócrates, sino que se limitaba a avisarle cuando éste estaba a punto de hacer algo mal (en especial, algo que desagradaba a los dioses), como un despertar de la con- ciencia o, de hecho, como los crípticos ángeles de la guarda de la señora MacDonald. 
No obstante, en el Timeo de Platón se identifica el daimon individual con el elemento de razón pura en el hombre, convirtiéndose así en «una especie de noble espíritu-guía o superego freudiano». Eso puede ser cierto en algunos individuos tal vez excepcionales, pero también lo es -como veremos- que los dáimones tienden igualmente a representar la sinrazón o, al menos, a ser equívocos. En cualquier caso, resultará instructivo considerar el caso de Napoleón. Este tenía un espíritu familiar que lo protegía y lo guiaba como un daimon, y que en momentos determinados adoptaba la forma de una esfera brillante a la que él llamaba su estrella, o que lo visitaba con la figura de un enano vestido de rojo que lo advertía».
Esto nos recuerda que los dáimones personales se manifiestan preferentemente bajo dos formas: la luz abstracta, globo, óvalo y (como aquí) esfera brillante, o bien la personificación (angelical, como hombrecillo o cualquier otra). Lo que confirma, en otras palabras, mi especulación del primer capítulo: que las dos formas son diferentes manifestaciones una de la otra, con (en el caso de Napoleón) funciones diferentes: la estrella guía y el enano avisa. Ambas son imágenes del alma, que es otra manera de entender el daimon.
En realidad parece que, después de la personificación, los dáimones prefieren las apariciones luminosas o phasmata, como las llamaba el neoplatónico sirio Jámblico (muerto en 326). Éste fue todo un experto en dáimones, y los ufólogos no harían mal en estudiar las distinciones que establece entre los phasmata. Por ejemplo, mientras que los phasmata de arcángeles son a la vez terribles y benignos», y sus imágenes, llenas de luz sobrenatural, los phasmata de los dáimones son diversos» y «temibles. Se aparecen en «momentos diferentes (...) bajo formas distintas, y una vez aparecen grandes y la otra pequeños, y aun así se reconoce que son phasmata de dáimones». Como ya hemos visto, esto también podría describir las personificaciones. Curiosamente, sus «operaciones aparentan ser más rápidas de lo que son en realidad» (observación que tal vez podrían tener en cuenta los ufólogos). Sus imágenes son oscuras, y se presentan en un «fuego turbio que es inestable».
El primer gran neoplatónico, Plotino (204-270 a.C.), mantenía que el daimon individual era no un daimon antropomorfo, sino un principio psicológico interno, a saber: el nivel por encima de aquel en que vivimos conscientemente, y por lo tanto está dentro de nosotros y al mismo tiempo es trascendente». Igual que Jung, da por hecho que los dáimones son fenómenos objetivos y subraya que, paradójicamente, se manifiestan tanto en un nivel interior (sueños, inspiraciones, pensamientos y fantasías) como exterior o trascendental (visiones y apariciones). Nos damos cuenta de que Plotino no habla, como el primer Jung, de unos dáimones ante todo interiores» y vistos exteriormente sólo en «proyección». Parece estar de acuerdo con el Jung posterior en que hay una psique «fuera del cuerpo». Sin embargo, el uso que hace de la palabra trascendente sugiere también que la auténtica distinción no es entre lo interior y lo exterior, sino entre lo personal y lo impersonal. Hay un sentido, parece decir, en que los dáimones pueden ser ambos a la vez.
Existe una historia contada por el propio Plotino que viene a ilustrar esto. Unos colegas lo invitaron a realizar una invocación a su daimon personal. Aunque él no estaba de acuerdo con este tipo de prácticas teúrgicas, accedió. Sin embargo, los invocadores se quedaron de piedra cuando apareció el daimon... y resultó ser un dios. Esto es más que una historia entretenida, pues un dios (a diferencia de Dios Padre) es por definición no humano e impersonal, pero en cambio puede ser un daimon personal. Además, esta historia da a entender que los dáimones personales no son fijos, sino que pueden desarrollarse o desvelarse de acuerdo con nuestro propio desarrollo espiritual. Jung podría decir: en el curso de la individuación, nos desplazamos más allá del inconsciente personal hacia el inconsciente impersonal y colectivo, a través de lo daimónico hacia lo divino. Según Jámblico, desde el nacimiento tenemos asignado un daimon que gobierna y dirige nuestras vidas, pero es tarea nuestra obtener un dios en su lugar.
Como poeta, W. B. Yeats experimentó su daimon de otra manera: «Creo que fue Heráclito quien dijo: el Daimon es nuestro destino. Cuando pienso en la vida como una lucha contra el Daimon que eternamente nos enfrentará al más duro trabajo entre los que no son imposibles, entiendo por qué hay esa profunda animadversión entre un hombre y su destino, y por qué el hombre no ama nada más que su destino (...). Estoy convencido de que el Daimon nos libera y nos engaña, y de que tejió sus mallas desde las estrellas y lanzó la red desde su hombro...».
He aquí un retrato del daimon personal desalentador y hermoso a un tiempo. Impone una ardua disciplina, pues nos infunde el deseo de realizar los actos más difíciles para nosotros, llevándonos al límite. Así, la relación es ambivalente: sentimos al mismo tiempo animadversión y amor por nuestro daimon, que, observemos, «nos libera y nos engaña». Que el engaño sea un atributo daimónico es más difícil de aceptar, pues poco o nada se oye al respecto en relación con los ángeles de la guarda, por ejemplo; pero seguiremos escuchando.
Hacia el final de su vida, Jung se lamentaba con melancolía de haber pasado todos sus días en manos de un daimon que, aunque lo condujo hacia la realización de su obra y de su sí-mismo, también lo alejó de la compañía de los demás. «El daimon de la creatividad disponía de mí sin piedad», afirmaba; y la inmisericordia es también otra desagradable característica de los dáimones con la que tendremos que tragar. Y no se trata simplemente de una forma de hablar, pues para Jung, como para Plotino, el daimon era una personalidad viviente y poderosa.

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