Henry Corbin, Cuerpo espiritual y Tierra celeste / Este modo de percepción supone esencialmente una facultad de conocimiento que no se limita al mero ejercicio de la abstracción conceptual, ni a las percepciones de los datos físicos a través de los sentidos ...
En un libro Sobre el problema del alma, G.-T. Fechner cuenta que en una mañana de primavera, se sintió dominado por la idea, no sólo estética, sino por la visión y la evidencia concreta de que “la Tierra es un Ángel, ¡y un Ángel tan espléndidamente real, tan parecido a una flor …!”. Pero, añade con melancolía, semejante experiencia se considera imaginaria en la actualidad: está claro que la Tierra es un cuerpo esférico, pero respecto a saber más sobre lo que es, eso se relega a la investigación en las colecciones de mineralogía.
Esta breve confesión lírica nos impulsa a reflexionar sobre dos puntos. En primer lugar tenemos que recordar que el propio Fechner escribió un Zend-Avesta, que constituye su obra filosófica más importante; en ella desarrolla de un extremo a otro los recursos del razonamiento por analogía, en contra tal vez de las exigencias de una filosofía rigurosa, pero de este modo manifiesta su aptitud para la percepción de los símbolos. Aunque al margen de su título el libro no tenga nada en común con el libro santo del mazdeísmo zoroástrico, también es cierto que la cognitio matutina por medio de la cual la Tierra se reveló como un “Ángel” a nuestro filósofo está en perfecto acuerdo con la doctrina y la práctica del Avesta en la que, por ejemplo, leemos, en el ritual del vigésimo segundo día del mes: “Celebramos esta liturgia en honor de la Tierra, que es un Ángel”.
Es evidente que en la visión de Fechner subsiste alguna imprecisión. Da la impresión de que ha identificado la faz de la tierra aureolada por la luz de la primavera con la efigie misma del Ángel, cuando en realidad la gloria telúrica es la creación litúrgica, la hierurgia de este Ángel de la Tierra cuyos rasgos se perciben como imagen humana glorificada. Pero esta exacta percepción implica el perfecto ejercicio de esta facultad cuya degradación y abandono precisamente Fechner deplora. Y ése es el segundo punto que debemos tener en cuenta. El hecho de que la percepción del Ángel de la Tierra se pueda considerar imaginaria o irreal significa y anuncia por el contrario que esta forma de percibir y de meditar la Tierra está unida a una estructura psico-espiritual que él nos hace descubrir de nuevo, para valorar los medios de conocimiento de que ésta dispone.
Este modo de percepción supone esencialmente una facultad de conocimiento que no se limita al mero ejercicio de la abstracción conceptual, ni a las percepciones de los datos físicos a través de los sentidos. Ésta es la razón por la cual la confesión de Fechner, en la medida misma en que representa un recuerdo válido de la angelología mazdeísta, nos invita a tratar conjuntamente dos aspectos inseparables: el de la percepción mazdeísta de la Tierra, que se efectúa desde la perspectiva de una angelología y, correlativamente, el de una forma de aprehensión de los seres y de las cosas así concebidos que difiere totalmente del único sistema que admite nuestra ciencia positiva, e incluso nuestra geografía.
No reconocer la Tierra como un conjunto de hechos físicos, sino en la persona de su Ángel, es un hecho esencialmente psíquico que no puede “tener lugar” ni en el mundo de los conceptos abstractos impersonales ni en el plano de los meros datos sensibles. Es necesario percibir la Tierra no a través de los sentidos, sino mediante una Imagen primordial, y como esta Imagen presenta los rasgos de una figura personal, demostrará que ofrece un paralelismo con la Imagen que de sí misma lleva el alma en su interior. La percepción del Ángel de la Tierra se efectuará en un universo intermedio que no es ni el de las esencias de las que se ocupa la filosofía ni el de los datos sensibles con los que trabaja la ciencia positiva, sino un universo de Formas imaginales, el mundus imaginalis, percibidos como otras tantas presencias personales.
Al considerar de nuevo las intenciones constitutivas de este universo en el que la Tierra se representa, medita y encuentra en la persona de su Ángel, descubrimos que no se trata tanto de responder a preguntas concernientes a esencias (“¿Qué es?”), como a preguntas relativas a personas (“¿quién es?” o “¿a quién responde?”), por ejemplo, quién es la Tierra, quiénes son las Aguas, las plantas, las montañas, o ¿a quién corresponden? La respuesta a estas preguntas muestra la presencia de una Forma imaginal, y esta Forma imaginal corresponde una y otra vez a la presencia de un estado determinado. Ésta es la razón por la que hay que considerar el fenómeno de la Tierra como angelofanía o aparición mental de su Ángel, en el conjunto de la angelología fundamental del mazdeísmo, la que da a su cosmología y a su psique una estructura tal que ambas implican una respuesta a la pregunta ¿quién?
Para evitar cualquier malentendido y precisar el alcance del término “angelología” que necesitamos para imaginar la hierofanía mazdeísta de la Tierra, debemos recordar lo siguiente: la angelología es uno de los rasgos característicos del mazdeísmo zoroástrico, que impide que se pueda reducir a un monoteísmo de tipo abstracto y monolítico, ni tampoco invalidar por lo que se ha pretendido interpretar como una vuelta de los “antiguos dioses”, es decir, la restauración de un politeísmo prezoroástrico. Una morfología espiritual decidida a restituir y a realzar la devoción realmente vivida exige que comprendamos el Avesta canónico como un todo, o al menos lo que ha llegado hasta nosotros, el Ritual en cuyo centro se encuentran los Salmos (Gāthās) de Zaratustra, tal como lo completan los comentarios y las tradiciones en iraní medio (pahlevi) y en persa. Aquí también, cuando el creyente recita la Biblia o celebra la liturgia, las objeciones que toman como pretexto las estratificaciones históricas pueden parecer inoperantes. A fuerza de preguntarse “de dónde vienen” las cosas se acaba por divagar buscando hipótesis que se suceden inútilmente unas a otras.
Si por el contrario nos preguntamos más bien “¿adónde va todo esto?”, el alma puede al menos manifestar ineludiblemente lo que pretendía. No es el alma lo que se puede explicar, ella es más bien el principio y la clave de toda explicación. Además, la piedad mazdeísta ha reconocido desde hace muchos siglos el equivalente de sus Yazatas (las “Adorables”) en las figuras de los Ángeles y Arcángeles (persa firishtagān).
Es cierto que su naturaleza ontológica es muy distinta a la de los Ángeles bíblicos o coránicos; no son servidores ni mensajeros. Son más bien figuras homólogas a los Dii-Angeli de Proclo. Estoy convencido de que sobre este punto los neoplatónicos (a quienes durante mucho tiempo se ha denigrado) estuvieron infinitamente más cerca de la angelología iraní y comprendieron infinitamente mejor el papel teúrgico y demiúrgico de sus entidades celestes de lo que han sido capaces las improvisaciones filosóficas a las que a veces se dedica la historia de las religiones, cuando carece de categorías. Si se quiere comprender, por ejemplo, lo que los Ángeles de la Tierra anuncian a la piedad mazdeísta, hay que seguir una tradición muy concreta.
Es absolutamente necesario recordar ahora el esquema de conjunto de la cosmología mazdeísta, es decir, el esquema de conjunto que articula el pleroma celeste de luz. Desgraciadamente aquí nos tenemos que limitar a ofrecer sólo sus rasgos más importantes. La visión mazdeísta comparte la totalidad pensable entre una altura infinita de Luz en la que Ohrmazd (avéstico Ahura Mazda), el “Señor de la Sabiduría”, habita eternamente y un abismo insondable de Tinieblas donde mora el Antagonista, la potencia contraria de negación, de desintegración y de muerte, Ahriman (avéstico Angra Mainyu). Entre la Potencia de Luz y la Potencia contraria de Tinieblas no hay nada en común: ningún compromiso de coexistencia, sino una lucha sin cuartel, cuyo escenario es nuestra Tierra, y con ella toda la Creación visible, hasta el momento de la consumación del Aion, la apocatástasis o “restablecimiento” que pondrá fin a esta mezcolanza (gumechishn) mediante la separación (vicharishn) arrojando a su abismo a las contra-Potencias demoníacas.
Fijémonos bien en que esta visión de las cosas no es absoluto la concepción pueril a la que actualmente algunos escritores, muy apresurados o mal informados, reducen lo que para ellos es unas veces el mazdeísmo y otras veces el maniqueísmo, que consideran primario y elemental. No se trata en absoluto de proclamar que los seres que nos rodean son o “blancos” o “negros”, pues el estado en que vivimos es precisamente el de “mezcolanza”. Se trata de una forma determinada de comprender esta “mezcla” y de comportarse respecto a ella, forma que difiere radicalmente de lo que la evidencia nos manifiesta y que pocas veces se pone en duda.
Ahora bien, un rasgo característico de la visión zoroástrica es que el Señor de la Sabiduría aparece siempre rodeado de seis Potencias de Luz con las que él mismo (como primero o como séptimo) forma la Héptada divina suprema. Con la excusa de que se trata de un pensamiento considerado “primitivo”, a veces se ha pretendido reducir estas Potencias a “aspectos” de la divinidad suprema, sin tener en cuenta que esto supondría por el contrario una especulación teológica muy desarrollada y que, en cualquier caso, el impulso de la piedad no tiene nada que ver con esas abstracciones y distinciones sutiles, sino que se dirige a Personas celestes cuya belleza aparece aquí como fascinante y cuyo poder se admite que es eficaz. Son estas Siete Potencias las designadas como Amahraspands (avéstico Amerta Spenta), nombre que habitualmente se traduce por “los Santos Inmortales”, considerando su santidad no como un atributo canónico sino como una Energía transitiva, activa y activadora que comunica al ser, confirma y prodiga a todos los seres. Estas Siete Potencias son las que normalmente se conocen también como Arcángeles zoroástricos.
El Yasht XIX del Avesta (es decir, uno de esos himnos litúrgicos con una estructura característica que consta de antífonas y respuestas) describe en términos elogiosos su esplendor yel misterio de sus relaciones. El himno ensalza a estos siete Arcángeles “que comparten, todos ellos, el mismo pensamiento, la misma palabra, la misma acción … y cada uno de ellos ve el alma de los demás ocupada en meditar pensamientos rectos, en meditar palabras rectas, en meditar la Morada-de-los-Himnos, y todos ellos tienen caminos de luz para acudir a las liturgias (celebradas en su honor) … que han creado y gobiernan a las criaturas de Ahura Mazda, que las han formado y dirigen, de quienes son protectores y liberadores”.
Entre los Siete Arcángeles existe pues una especie de unio mystica, a través de la cual la Héptada divina se distingue tanto de las representaciones ordinarias del monoteísmo como de las del politeísmo; habría que hablar más bien de un catenoteísmo, en el sentido de que cada una de estas figuras de la Héptada divina se puede a su vez concebir como integradora de la totalidad de las relaciones comunes con las demás. En los textos se puede observar una oscilación que a veces manifiesta la primacía del Señor de la Sabiduría entre los Siete, y otras veces recalca la unio mystica con las otras seis Potencias de Luz. Por esto es por lo que la frecuencia con la Ohrmazd, al iniciar a su profeta Zaratustra, se expresa en los textos pahlevis diciendo: “Nosotros, los Arcángeles” –corresponde al uso, en el propio Avesta, de la palabra “Mazda” en plural, “los Señores de la Sabiduría”-, para referirse al conjunto de los Amahraspands. Comparativamente se puede recordar que en Filón al Logos –cuando no al propio Dios- se le denomina Arcángel, porque es Άρχων Ἀγγέλων.
Tradicionalmente, tanto en la iconografía mental como en la iconografía real, la Héptada divina aparece dividida en dos grupos: tres Arcángeles representados como masculinos a la derecha de Ohrmazd, tres Arcángeles femeninos a su izquierda. El propio Ohrmazd reúne su doble naturaleza, ya que él dice de sí mismo que fue a la vez el padre y la madre de la Creación. Los Siete juntos dieron vida a las criaturas mediante un acto litúrgico, es decir, celebrando la Liturgia celeste, y cada una de las Siete Potencias de Luz crea, en virtud de la Energía que desborda todo su ser, la parte de los seres que en el conjunto de la Creación representa su hierurgia personal, y que por esta razón puede designarse con su propio nombre.
A Ohrmazd le corresponde como hierurgia propia, objeto de su actividad creadora y providente, el ser humano, o más concretamente esa parte de la humanidad que ha elegido responder sobre la tierra por los seres de Luz. De los tres Arcángeles masculinos: Vohu Manah (Pensamiento excelente, Pahlevi Vohuman, persa Bahman) se ha reservado la protección de toda la creación animal; Arta Vahishta (Perfecta Existencia, Artvahisht, Urdībihisht), el Fuego bajo todas sus manifestaciones; y Xshathra Vairya (Reino deseable, Shathrīvar, Shahrīvar), los metales. De los tres Arcángeles femeninos, Spenta Armaiti (Spandarmat, Isfandārmuz) tiene como hierurgia propia la Tierra como forma de existencia, la Sabiduría como imagen y la mujer bajo su aspecto de ser de luz. A Haurvatāt (Integridad, Jurdād) le pertenecen las Aguas, el mundo acuático en general; a Amertāt (Inmortalidad, Murdād) las plantas, todo el universo vegetal. Estas relaciones hierúgicas son las que indican precisamente al ser humano dónde y cómo encontrar las Potencias de Luz invisibles, para cooperar con ellas en la salvación de la parte de la Creación que les corresponde.
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