Simon Critchley, La tragedia, los griegos y nosotros / El teatro es entendido a modo de lugar vacío en el que se cuestionan los espacios reales que habitamos y en el que se subvierten las divisiones que constituyen el espacio político y social ...


La tragedia revela lo perecedero, lo frágil, lo pausado que hay en nosotros. En un mundo caracterizado por el ritmo frenético y por la aceleración constante de los flujos de información –que tan solo nos lleva a la amnesia y a la sed insaciable del futuro inmediato, presuntamente asegurado por el culto a los protésicos dioses de la tecnología–, la tragedia es un modo de echar el freno de mano. 
La tragedia ralentiza las cosas y nos confronta con lo que no sabemos de nosotros mismos: una fuerza desconocida que tiene consecuencias violentas en nosotros día a día e incluso minuto a minuto. Tal es la a menudo terrorífica presencia de un pasado que intentamos negar pero que siempre termina venciéndonos, aunque solo sea por nuestra condición de mortales. Podemos llegar a pensar que hemos superado el pasado, pero el pasado no nos ha superado a nosotros. Con sus repentinos giros de la fortuna y su furioso reconocimiento de la verdad de nuestros orígenes, la tragedia nos enfrenta con lo que no sabemos de nosotros, pero que, a fin de cuentas, determina lo que somos. La tragedia raja las vestiduras de nuestro ser, nos recuerda todas las engañifas y trampas para bobos que el pasado nos tiende y en las que nosotros tropezamos ciegamente, inmersos como estamos en una imparable huida hacia delante. Es lo que los antiguos denominaron “destino” y requiere de nuestra complicidad para llevarse a término. 
No obstante, un estudio detallado de la tragedia no tiene por qué conducirnos a cierto sentido desesperado de la vida o a una suerte de resignación moral (como pensó Schopenhauer). Más bien, en mi opinión, nos proporciona un profundo sentido del yo en su intrínseca dependencia de los otros. Se trata de exponer la vulnerabilidad del yo con respecto a las conocidas y familiares relaciones de parentesco (aunque algunas veces parezca que, como en el caso de Edipo, no sepamos quiénes son nuestros padres; o tal vez sí, pero no tenemos ni idea de quiénes son realmente). Uno de los rasgos más enigmáticos y sobresalientes de la tragedia es su constante negociación con el otro, especialmente con el otro como enemigo, como extranjero, como bárbaro. La obra trágica más antigua que se conserva, Los persas de Esquilo (472 a. C.), representa a los vencidos no desde el triunfalismo sino desde la compasión, y advierte a los atenienses de la posible humillación que podrían padecer si repitieran la hybris (‘la desmesura’) con que los persas invadieron Grecia y profanaron los altares de los dioses del enemigo. Desgraciadamente, los atenienses no prestaron atención a la advertencia de Esquilo y su breve hegemonía imperial en las décadas intermedias del siglo V a. C. acabó con una humillante derrota en la guerra del Peloponeso. Quizá se pueda sacar de todo esto alguna moraleja que aplicar a nuestros días, en que los imperios saben que su apogeo ha terminado y vivimos en un estado de guerra constante. La primera norma de la guerra es la compasión con el enemigo. Esto se ve con claridad en las tragedias de Eurípides, en especial en aquellas que versan sobre el final sangriento de la guerra de Troya, como es el caso de Las troyanas y Hécuba
Como afirmó Aristóteles con perspicacia y cierta ligereza un siglo después del apogeo del drama griego en la segunda mitad del siglo V a. C., la tragedia consiste en la imitación de la acción, mímesis praxeos. Pero ¿qué entendemos exactamente por “acción”? La respuesta a esta pregunta no es nada evidente. En todas y cada una de las obras de los tres grandes escritores trágicos (Esquilo, Sófocles y Eurípides) nos encontramos con personajes totalmente desorientados por la situación en la que están inmersos. No saben cómo actuar. Son seres humanos obligados, de una forma u otra, a transitar un camino de sufrimiento que los obliga a hacerse preguntas de difícil respuesta: ¿Qué va a pasar conmigo?, ¿cómo elegir el curso de acción adecuado? La abrumadora experiencia de la que la tragedia se hace eco es la de la desorientación, expresada en una pregunta desconcertante y recurrente: ¿Qué debo hacer? 
La tragedia no tiene nada que ver con el cultivo metafísico de la bíos theoretikós, la vida contemplativa que, al parecer, es el fruto de la práctica de la filosofía según la Ética de Aristóteles, pero que también se encuentra en Epicuro y en otras escuelas helenísticas. Tampoco puede relacionarse con la aspiración a una vida como la de los dioses o vida divina ( ho bíos theois ) que, como veremos, también fue una promesa recurrente desde Platón en adelante. Nada de esto: la tragedia es pensamiento en acción, pensamiento sobre la acción, en aras de la acción misma, aunque esta suele tener lugar fuera del escenario y, por lo general, suelen ser relatada a los espectadores de manera indirecta por medio del personaje del mensajero. Este enfoque toma la forma de un cuestionamiento radical: ¿Cómo actuar?, ¿qué debo hacer? La tragedia, en tanto que mímesis praxeos, pone en tela de juicio la acción que se representa al presentarla escindida y partida por la mitad. La experiencia de la tragedia no nos invita a la acción ciega e impulsiva ni al retraimiento y a la vida solitaria de la contemplación; más bien nos hace conscientes de la dificultad y la incertidumbre que caracterizan a nuestras acciones, insertas en un mundo determinado por la ambigüedad y en el que la razón parece estar en ambas caras de la moneda. Hegel estaba en lo cierto al insistir en que la tragedia es la colisión entre dos posturas contrarias pero igualmente razonadas acerca de lo justo. En una situación así, en la que los dos bandos tienen parte de razón, ¿qué demonios podemos hacer? 
Parte del encanto de adentrarse en el mundo antiguo y abordar asuntos tan aparentemente remotos como la tragedia ática (usaré los adjetivos “ática”, “ateniense” y “griega” para referirme al mismo fenómeno) reside en lo poco que sabemos con certeza y lo poco que llegaremos a saber. Una de las tantas cosas de las que no sabemos nada, quizá una de la más importantes y enigmáticas, son las expectativas de los espectadores que asistían a las representaciones de las obras trágicas. No tenemos ni idea acerca de qué esperaban de ellas. El término griego antiguo para referirse al espectador era theorós, del que se derivará la palabra theoria, teoría. La theoria está relacionada con el verbo “ver”, theorein, que es aquello que tiene lugar en un teatro ( theatron ) y con el que se nombra el acto de ver en calidad de espectador. De ahí que, si la tragedia es la imitación de la acción, de la praxis, y aunque la naturaleza de esta acción nos resulte enigmática, dicha praxis se contemple desde una perspectiva teórica. Puede decirse que la cuestión de la teoría y la práctica, o la brecha entre teoría y práctica, se abre por primera vez en el teatro y en tanto que teatro. El teatro siempre es teórico, y la teoría no es más que un teatro del que formamos parte en calidad de espectadores de un drama en desarrollo, el nuestro. En el teatro, la acción o praxis humana se pone cuestión teóricamente o, dicho al revés, la praxis en el teatro se cuestiona y se divide internamente por la theoria. El teatro es entendido a modo de lugar vacío en el que se cuestionan los espacios reales que habitamos y en el que se subvierten las divisiones que constituyen el espacio político y social.

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