Robert Flacelière, Adivinos y oráculos griegos / Cuando Eurípides escribe el verso siguiente: “El buen adivino es un hombre hábil para las conjeturas”, quiere sugerir que la adivinación inductiva depende menos de una revelación divina que de los recursos de una inteligencia astuta y sutil ...


Los métodos puramente inductivos de adivinación son, evidentemente, imperfectos. No siempre es fácil verificar la existencia de signos divinos, salvo en el caso de los prodigios, que son raros por definición. Por otro lado, la interpretación de los signos observados supone riesgos de error y a veces también varía según los adivinos. En Roma, Catón se preguntaba cómo dos arúspices pueden mirarse sin reírse. Ya en la
Iliada algunos héroes manifies tan cierto escepticismo en lo que respecta a los presagios. Aristófanes, en los Caballeros y en las Aves, así como los poetas trágicos en varias de sus obras, se burlan de la “raza” de los adivinos, a los que acusan de avidez y duplicidad. Cuando Eurípides escribe el verso siguiente: “El buen adivino es un hombre hábil para las conjeturas”, quiere sugerir que la adivinación inductiva depende menos de una revelación divina que de los recursos de una inteligencia astuta y sutil. 
¡Cuánto más segura será, pues, en principio, la adivinación inspirada directamente por un dios, sin intermedio de ningún signo! Se trata realmente de la mantiké en el primer sentido de esta palabra (mania, delirio), que se obtiene por el entusiasmo, es decir, literalmente, por presencia del dios en el alma del profeta o la profetisa que recibe desde lo alto la revelación esperada. 
Esta forma superior de adivinación aparece ya, aunque muy tímidamente, en Homero. En el canto VII de la Iliada, el adivino troyano Heleno “comprende de pronto en su corazón el plan que meditan los dioses”. En la Odisea, canto XI, Tiresias, entre los muertos, profetiza sin ayudarse de ningún signo; en el canto XV, se apodera de Helena un súbito acceso de inspiración profética: "iEscuchadme. He aquí la profecía que un dios me lanza al corazón y que se cumplirá!” Finalmente, en el canto XX, el adivino Teoclímenes predice la muerte a los pretendientes, a la manera de un visionario: “Veo correr sangre por los muros... Y he aquí que el tejado se cubre de fantasmas. Invaden el patio. Se ven por el lado del noroeste, al Erebo. En los cielos, el Sol se extingue y la nube de la muerte todo lo cubre”. 
Es conocido también el papel que los sueños desempeñan en la epopeya. El carácter misterioso y caprichoso de los sueños favorece mucho la creencia en la oniromancia. Hemos dicho que todo acto, todo pensamiento o toda palabra involuntaria podía pasar por una indicación sobrenatural. Pues bien, ¿qué hay menos voluntario, menos consciente que los sueños, ya que solo aparecen cuando la voluntad y la conciencia desaparecen? Por eso, la oniromancia ha surgido en todos los tiempos y todos los países. Todos los pueblos paganos creyeron en ella, y también los hebreos, como lo muestra, por ejemplo, la historia de José, intérprete de los sueños en la corte del Faraón. 
Homero sabe que los sueños son ambiguos y que es difícil distinguir los sueños verídicos —los que nos llegan por la puerta de cuerno— de los sueños mentirosos —que pasan por la puerta de marfil—. Además, los sueños pueden realizar todos los prodigios y presagios de todo género que hemos enumerado en el capítulo anterior (hasta es posible ver en sueños las visceras de un animal degollado), en pocas palabras, todos los signos observables en estado de vigilia y útiles para la adivinación. Un buen intérprete de los sueños, pues, debe dominar el conjunto de la ciencia de los adivinos. Así, la onirocrítica se desarrolló hasta constituir un cuerpo de doctrinas muy variadas y complejas, que conocemos por la compilación tardía de Artemidoro de Éfeso, de la época romana. 
Según la creencia popular, los sueños aterrorizadores u obscenos, las pesadillas, son obra de genios nocturnos y dañinos. También los discípulos de Pitágoras se esforzaban todas las noches por llevar la calma a sus almas mediante la frugalidad en las comidas (de la que excluían, sobre todo, la carne y las habas), las plegarias y los sortilegios musicales. Querían ponerse a cubierto, de esta manera, de los ataques demoníacos (Procul recedant somnia et noctium phantasmata, cantan todavía los cristianos en las Completas), con la esperanza de favorecer los sueños verídicos enviados por los dioses. 
Platón insiste sobre el punto mencionado en el libro IX de la República. Según su división tripartita del alma, conviene, afirma, apaciguar las dos partes en las que residen el deseo y la cólera, así como estimular la tercera, morada de la sabiduría, si se quiere alcanzar la verdad por el sueño, durante la noche. 
Los sueños de los pitagóricos y los platónicos, pues, eran preparados mediante una especie de ascesis, del mismo modo que los sueños recibidos en los santuarios de Asclepios con vistas a la curación de las enfermedades, como veremos más adelante. Aristóteles es autor de un tratado muy curioso sobre la adivinación por los sueños. Muchas de sus observaciones concuerdan con las de los psicólogos de la actualidad. Se preocupa, sobre todo, por la significación “clínica” de los sueños, a la cual algunos médicos atribuyen gran importancia. 
El dios-médico por excelencia es el hijo del dios-profeta Apolo, o sea, Asclepios, al que los romanos llamarán Esculapio. Sus santuarios más célebres son los de Epidauro, Cos y Pérgamo. Este último adquirió mucha fama, en el siglo II d.C., gracias al retórico Elio Aristides, quien, creyéndose afectado de muchas enfermedades y siendo por naturaleza devoto y hasta supersticioso, fue realmente el “cliente modelo” de Asclepios. 
En Epidauro, en la Argólida, al pie de la colina donde se encuentra el más hermoso de los teatros griegos, se extiende el santuario del dios, con sus construcciones habituales: propileos, templo, altar, gimnasio, estadio, baños y dos ruinas más singulares, las del enigmático monumento redondo o thólos, y las de un vasto pórtico de dos pisos que servía de dormitorio de los enfermos y al que las inscripciones designan con los nombres de enkoimétérion (lugar de incubación) o de ábaton (lugar santo y secreto). Después de haber cumplido los ritos preliminares, los enfermos iban a acostarse allí, extendidos sobre pieles de animales, para pasar la noche en cuyo curso esperaban recibir de Asclepios una curación instantánea y milagrosa o un sueño que les indicara el tratamiento apropiado para sus males, es decir, la “receta” que los salvaría.

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