Patrick Harpur, El fuego secreto de los filósofos / Dada la afinidad entre la imaginación romántica y el inconsciente colectivo de Jung, no es sorprendente que los postjunguianos que se autodenominan psicólogos arquetipales hagan de la imaginación la piedra angular de su pensamiento y de su práctica ...
El mundo animado
Según la tradición neoplatónica, psyché o alma es el principio que sirve de base a la realidad, su verdadero tejido, por decirlo así. Como hemos visto, es un principio ambiguo. Se la imaginaba como un macrocosmos, «gran mundo», y como un microcosmos, «pequeño mundo». Es un alma del mundo colectiva, que contiene todos los dáimones, imágenes y almas –incluida el alma humana–, y a la vez un alma individual que engloba un profundo nivel colectivo, en el que estamos relacionados entre nosotros y con todas las cosas vivientes. Dependiendo, pues, de nuestra perspectiva, nos podemos ver a nosotros mismos abrazando el Alma del Mundo o siendo abrazados por ella, aunque se trata de ambas cosas. O se podría decir también que el alma se manifiesta impersonalmente como Alma del Mundo, y personalmente como almas individuales. En cualquier caso, podemos empezar a ver que las antiguas leyes de simpatía y correspondencia, que la ciencia moderna ha desacreditado, no son leyes científicas primitivas en absoluto, sino profundos principios psíquicos que expresan la manera en que cada microcosmos –cada uno de nosotros– refleja potencialmente el cosmos entero y participa de él.
Según la tradición neoplatónica, psyché o alma es el principio que sirve de base a la realidad, su verdadero tejido, por decirlo así. Como hemos visto, es un principio ambiguo. Se la imaginaba como un macrocosmos, «gran mundo», y como un microcosmos, «pequeño mundo». Es un alma del mundo colectiva, que contiene todos los dáimones, imágenes y almas –incluida el alma humana–, y a la vez un alma individual que engloba un profundo nivel colectivo, en el que estamos relacionados entre nosotros y con todas las cosas vivientes. Dependiendo, pues, de nuestra perspectiva, nos podemos ver a nosotros mismos abrazando el Alma del Mundo o siendo abrazados por ella, aunque se trata de ambas cosas. O se podría decir también que el alma se manifiesta impersonalmente como Alma del Mundo, y personalmente como almas individuales. En cualquier caso, podemos empezar a ver que las antiguas leyes de simpatía y correspondencia, que la ciencia moderna ha desacreditado, no son leyes científicas primitivas en absoluto, sino profundos principios psíquicos que expresan la manera en que cada microcosmos –cada uno de nosotros– refleja potencialmente el cosmos entero y participa de él.
En el Timeo de Platón, donde aparece la primera descripción del Alma del Mundo, ésta es infundida a todo el cosmos por el Demiurgo, el dios creador platónico que crea, de este modo, un universo viviente dotado de alma. (El Alma del Mundo sigue siendo la metáfora básica de toda concepción del mundo como organismo, incluidas las modernas ideas ecológicas.) En otras palabras, así como es trascendente, es decir, que está un nivel por encima de nuestro mundo, el Alma del Mundo es también inmanente, tal como la imaginan las culturas tradicionales. No es que éstas tengan siempre un concepto para el Alma del Mundo –no la abstraen del mundo–, sino que ven básicamente el mundo como animado, lleno de alma. «Todo», según los antiguos, desde Tales a Plutarco, «está lleno de dioses».
Las mismas personas que han vaciado a la naturaleza de alma y la han reducido a materia muerta que obedece a leyes mecánicas, llaman peyorativamente animismo a la cosmovisión tradicional, término que en realidad anula lo que pretende describir. Para las culturas «animistas» no existe eso que se llama animismo. Existe sólo la naturaleza que se presenta a sí misma en toda su inmediatez como atestada de dáimones. Todo objeto o lugar sagrados tienen su genio o jinn, numen o náyade, hasta su boggart y su duende, según sea el caso.
Los románticos imaginaban así a la naturaleza. La Imaginación era coextensiva a la creación, igual que el Alma del Mundo. Eran idénticas. Todo objeto natural era espiritual y físico, como si dríada y árbol fueran el interior y el exterior de la misma cosa. De este modo, toda roca, todo árbol, era ambivalente: un daimon, un alma, una imagen. «A los ojos de un hombre de Imaginación –escribía William Blake– la naturaleza es la Imaginación misma.»
El inconsciente colectivo
El Alma del Mundo y la Imaginación son modelos de la misma realidad daimónica. Otro modelo, más reciente, ha salido de la psicología profunda. Freud ya había descubierto el subconsciente, los contenidos reprimidos de lo que aparecía en sus pacientes como síntomas reiterativos. Pero estos pacientes eran neuróticos, y sus síntomas se podían remontar a algún acontecimiento de su historia personal. Sin embargo, uno de los seguidores de Freud –C. G. Jung– trató a pacientes más profundamente tras- tornados, psicóticos o esquizofrénicos. Observó en sus fantasías unas características que de ninguna manera se podían explicar por su vida personal –fragmentos de alguna mitología arcana, por ejemplo– y concluyó que había un nivel más profundo del inconsciente que era verdaderamente colectivo, común a todos nosotros.
En realidad, como reveló más tarde en su autobiografía, esa intuición procedía tanto de su propia experiencia como de la de sus pacientes. Poco antes de cumplir los cuarenta años, Jung había sido súbitamente inundado por un torrente de imágenes violentas e incontrolables, que entraban a raudales en su mente desde el inconsciente y amenazaban con sumirle en una psicosis. Luchó contra ellas como pudo, hasta que se vio obligado a ceder. Se sentó en su escritorio, cerró los ojos y se dejó ir. Tuvo la sensación física de que el suelo se abría, de sumergirse en oscuros abismos donde encontró no la locura que esperaba, sino... un mito. Un enano momificado, un cristal rojo en una cueva, un hermoso joven muerto, un escarabajo negro, una marea de sangre; Jung se dio cuenta de estaba participando en un mito del Héroe, «un drama de que muerte y renovación» que se refería no sólo a él, sino al destino de Europa en vísperas de la Primera Guerra Mundial.
Inicialmente, Jung concebió la psique estructurada como una pirámide, o como un sistema de círculos concéntricos: el ego estaba en el ápice (o en el centro) con el campo» de la conciencia justo debajo (o alrededor). Por debajo de la conciencia estaba el inconsciente, con sus dos niveles, el personal y el colectivo. El inconsciente personal –el subconsciente de Freud– contiene todos aquellos contenidos que pueden ser recuperados a voluntad por la memoria, y aquellos que no lo pueden ser, por haber sido reprimidos. Cuanto más se niega la expresión consciente de esos contenidos, más profundamente son apartados de la conciencia, y se hunden cada vez más profundamente hasta que se convierten en complejos autónomos. Asumen, por decirlo así, una personalidad propia que ejerce una influencia sobre nosotros sin que nos demos cuenta de ello. Pueden incluso irrumpir en la conciencia y «poseerla», como en el caso de la psicosis que el propio Jung había temido.
Arquetipos
Ego (héroe), persona, sombra, anima, animus, puer (joven eterno), senex (anciano sabio), embaucador (trickster), Gran Madre, animal significativo, sanador, niño divino, sí-mismo; esta lista casi cubre los arquetipos que Jung descubrió en el inconsciente colectivo. Como sus precedentes históricos, las categorías a priori de Kant y las formas de Platón, son entidades abstractas que no obstante constituyen el substrato de la realidad. Los arquetipos son, dice Jung, incognoscibles en sí mismos; pero, paradójicamente, pueden ser conocidos porque se manifiestan en imágenes. A diferencia de los complejos, esas imágenes no se pueden remontar a nuestra historia personal; ni resultan de la represión, porque nunca han sido conscientes. Están, dice Jung, «dotados de personalidad desde el principio». «Se manifiestan como daimones, como agentes personales [...] sentidos como experiencias reales.»
De este modo, el arquetipo del anima, incognoscible en sí mismo, aparece como una miríada de imágenes femeninas, desde una ninfa a una femme fatale, una arpía, etc. El arquetipo del self, o el sí-mismo, que representa el objetivo del desarrollo psíquico –lo que Jung llamaba individuación– podría aparecer como un dios, un árbol, un dibujo circular (mándala) o una sizigia: la unión de masculino y femenino, por ejemplo padre anciano e hija joven. Los neopiatónicos expresaron en gran medida esto mismo de forma más sucinta cuando decían que los dioses, que son en sí mismos «sin forma y sin figura», aparecen como dáimones, muchos de los cuales son imágenes diferentes del mismo dios. Dado que los mitos de creación siempre colocan a los dioses antes de la humanidad, tan probable parece que los dioses nos imaginen a nosotros como que nosotros los imaginemos a ellos. Y esto es lo que Jung reivindicaba para los arquetipos: «Todo lo que sabemos es que sin ellos parecemos incapaces de imaginar [...]. Si nosotros los inventamos, lo hacemos según los modelos que ellos nos dictan».
Los arquetipos no se manifiestan solamente como imágenes simples; aparecen también como aquellas estructuras y modelos que forman los motivos recurrentes de toda mitología, como la muerte y el renacimiento del héroe, la búsqueda del tesoro escondido, el viaje al mundo inferior y el rapto de un mortal por un dios. Comprendiendo que los mitos son las verdaderas historias del alma, Freud se inspiró instintivamente en el mito, especialmente en el de Edipo, cuando quiso describir la dinámica de la psique. Jung fue un paso más allá y comprendió que todos los mitos están vivos en el inconsciente colectivo. Podemos hablar de la lucha del ego por liberarse de la matriz del ello, o del esfuerzo del hijo por independizarse de la madre, o de cómo el héroe mata al dragón: variantes todas del mismo modelo arquetípico. Como los dáimones que los habitan, los mitos cambian de forma y se hacen un traje adaptado a la época. «La mitología es una psicología de la antigüedad. La psicología es una mitología de la modernidad.»
El esquema jerárquico de la psique que Jung propone se parece mucho al cosmos neoplatónico, salvo en que está situado dentro de nosotros. Jung describe el microcosmos que refleja al macrocosmos. En ocasiones, describe la psique como una serie de estratos geológicos; otras veces, como las sucesivas capas cada vez «más viejas» del cerebro, o como los pisos de una casa. Él mismo soñó que descubría en su propia «casa» huesos prehistóricos enterrados bajo el suelo del sótano, una imagen de los cimientos del inconsciente colectivo sobre el que se levanta nuestra psique.
Sin embargo, como en el esquema neoplatónico, la psique no es realmente una jerarquía tan estática como Jung, buscando claridad, trata de establecer. Se parece más a un flujo dinámico, a un reino paralelo de dáimones y dioses que se unen sin costuras entre sí, de la misma manera en que lo hacen el inconsciente personal y el inconsciente colectivo, los complejos y los arquetipos. Como afirmaría cualquier psicólogo analítico, dentro de la aflicción o síntoma de un paciente «hay un complejo y dentro del complejo un arquetipo, que a su vez se refiere a un dios». Ninguna imagen de la fantasía o del sueño es tan personal como para no tener un contenido arquetípico; ningún encuentro daimónico, ninguna epifanía carece de alguna huella personal.
Niveles, capas, estratos: estas metáforas para el inconsciente reflejan ese orden que la conciencia quiere imponer sobre un inconsciente que tiene su propio orden. Su representación espontánea de sí misma, en sueños y fantasías, es siempre mediante imágenes concretas: un océano, un abismo, una fiesta desenfrenada, un maremoto, un sombrío bosque virgen, un manicomio. En Oriente, puede ser un río, siempre cambiante, siempre el mismo; o un dios, como Shiva, que mediante su danza trae el universo a la existencia. En el Renacimiento, era a menudo Proteo, hijo del dios del mar Poseidón, que adopta cualquier forma que le plazca. Para los antiguos gnósticos era el firmamento nocturno, en el que veían una serie majestuosa de esferas brillantes custodiadas por poderosos dáimones a través de los cuales el alma, extática por el ayuno y la oración, viajaba hacia su origen en el Uno. En efecto, el cosmos en el que vive toda cultura es un autorretrato de su alma.
Dada la afinidad entre la imaginación romántica y el inconsciente colectivo de Jung, no es sorprendente que los postjunguianos que se autodenominan psicólogos arquetipales hagan de la imaginación la piedra angular de su pensamiento y de su práctica. Siguiendo a Henry Corbin, estudioso del sufismo, han adoptado la palabra imaginal (de mundus imaginalis, «mundo imaginal») para describir esa realidad intermedia que Jung llama «psíquica» y yo denomino «daimónica».
El principal psicólogo arquetipal, James Hillman, identifica en el filósofo presocrático Heráclito al fundador de su psicología; fue Heráclito el primero en representar al alma por su profundidad. «Los límites del alma [psyché] –escribió– no los hallaras andando en cualquier camino que recorras; tan profundo es su fundamento».
Hillman refiere la imaginación al alma de manera inequívoca. El alma no es una sustancia, dice, sino un conjunto de perspectivas. Es «la posibilidad imaginativa de nuestra naturaleza, el hecho de experimentar a través de la especulación reflexiva, el sueño, la imagen y la fantasía; ese modo que reconoce todas las realidades como esencialmente simbólicas o metafóricas». El alma no tiene existencia separada de las imagenes por las que se manifiesta; sin embargo, en otro sentido, toda existencia es alma, porque estar en el alma es experimentar la fantasía en todas las realidades y la realidad básica de la fantasía [...]. En el principio es la imagen: primero imaginación, luego percepción; primero fantasía, luego realidad [...]. En efecto, estamos hechos de la misma materia con que están tejidos los sueños».
Soñar
La psicología arquetipal nos ayuda a comprender que los viajes al Otro Mundo no son coto exclusivo de los poetas románticos, los chamanes siberianos o los abducidos por alienígenas. Todos tenemos acceso cada noche al Otro Mundo mediante el sueño. Como los dáimones que contiene, el Otro Mundo de los sueños es movedizo, escurridizo y ambiguo. Los sueños toman el material de nuestro estado diurno y, en una obra de pura imaginación, lo transforman en imágenes. Que los sueños ya no se consideren de importancia crucial es consecuencia de la fuerza de nuestra conciencia heraclea, de vigilia. Los sueños huyen como las sombras del Hades de sus esfuerzos musculares por sacarlas a la luz del día, y expiran bajo el foco del análisis y la interpretación.
Freud y Jung fueron culpables de trasladar los sueños al «lenguaje de la vigilia»; por su parte, Hillman insiste en dejar ser al sueño, observándolo en su hábitat crepuscular natural, mirándolo profundamente, pero sin extraer de él un mensaje según los presupuestos del mundo de la conciencia despierta. «Para que la imagen de un sueño actúe en la vida debe, como un misterio, ser experimentada como pienamente real. La interpretación surge cuando hemos perdido contacto con las imágenes.»
Las imágenes de los sueños no nada tienen que ver con las imágenes normales de los sentidos, por eso no podemos percibirlas verdaderamente con nuestros sentidos habituales. Tenemos que percibirlas con la misma conciencia psíquica de la que están compuestas, y eso significa percibir con la imaginación. Mejor todavía, «las imaginamos más que las percibimos, y no podemos percibir con la percepción sensorial las profundidades que no se despliegan en el mundo sensorial». Así, una imagen de un sueño puede ser ambigua y fugaz en un sentido –visualmente, quizá– pero, en otro, es siempre concreta y definida, aunque sólo sea como una sensación distinta o un sentimiento poderoso. La vaguedad de un sueño es, pues, parte de él tanto como pueda serlo cualquier contenido manifiesto; la manera en que nos llega un sueño es parte de su expresión. Su ambigüedad, por tanto, no necesita ninguna resolución. «Queramos o no, el sueño se presenta con los ropajes de la duplicidad», escribe Hillman en El sueño y el inframundo. «Si los sueños son los maestros del ego divino, esa duplicidad es la instrucción esencial que imparten [...]. En realidad, la duplicidad es una ley básica de la imaginación.»
Aunque no deberíamos interpretar nuestros sueños, no deberíamos temer amplificarlos imaginativamente, a través de la asociación, por ejemplo, y, sobre todo, mediante la epistrophé: una «vuelta» al trasfondo arquetípico de los sueños mediante la semejanza. Debemos preguntarnos: «¿Qué arquetipo está en acción en nuestro inconsciente? ¿Qué dios influye furtivamente en nuestra vida? ¿Qué mito estamos viviendo sin darnos cuenta?». El acto de utilizar el sueño para ver, a través y más allá de la apariencia literal de nuestra vida despierta, las narraciones imaginativas más amplias en que vivimos, nos libera de cualquier modelo en el que estemos fijados. Contar historias –contar los mitos de la tribu– es intrínsecamente sanador y liberador para el alma.
Cuando Tertuliano escribió que «la mayoría de la humanidad debe a los sueños su conocimiento de Dios» estaba repitiendo la creencia, extendida por igual entre cristianos y paganos, de que los sueños son daimónicos y median entre nosotros y los dioses. Esto significa que las imágenes –por ejemplo, de amigos y familiares– que encontramos en los sueños no son literales. No se refieren exclusivamente a sus réplicas de la vigilia. «En los sueños somos visitados por dáimones, ninfas, héroes y dioses, con la forma de los amigos con que estuvimos la tarde anterior.» Como en Homero, el dios puede aparecer bajo el aspecto de un amigo vivo.
Las personas de los sueños no son exclusivamente expresión de nuestra psique: «Son imágenes de la sombra que asumen papeles arquetípicos; son personae, máscaras, en cuyo vacío hay un numen». La razón de que los dáimones no aparezcan como tales, sino disfrazados como los amigos de la tarde anterior, dice Hillman, es que esas personas del sueño son necesarias para hacer el alma: «Son necesarias para el trabajo de descubrir, de desliteralizar. Sin los amigos de la tarde anterior, un sueño sería una comunicación directa con los espíritus. Sin embargo, un sueño no es una visión, como la psique no es el espíritu».
Las mismas personas que han vaciado a la naturaleza de alma y la han reducido a materia muerta que obedece a leyes mecánicas, llaman peyorativamente animismo a la cosmovisión tradicional, término que en realidad anula lo que pretende describir. Para las culturas «animistas» no existe eso que se llama animismo. Existe sólo la naturaleza que se presenta a sí misma en toda su inmediatez como atestada de dáimones. Todo objeto o lugar sagrados tienen su genio o jinn, numen o náyade, hasta su boggart y su duende, según sea el caso.
Los románticos imaginaban así a la naturaleza. La Imaginación era coextensiva a la creación, igual que el Alma del Mundo. Eran idénticas. Todo objeto natural era espiritual y físico, como si dríada y árbol fueran el interior y el exterior de la misma cosa. De este modo, toda roca, todo árbol, era ambivalente: un daimon, un alma, una imagen. «A los ojos de un hombre de Imaginación –escribía William Blake– la naturaleza es la Imaginación misma.»
El inconsciente colectivo
El Alma del Mundo y la Imaginación son modelos de la misma realidad daimónica. Otro modelo, más reciente, ha salido de la psicología profunda. Freud ya había descubierto el subconsciente, los contenidos reprimidos de lo que aparecía en sus pacientes como síntomas reiterativos. Pero estos pacientes eran neuróticos, y sus síntomas se podían remontar a algún acontecimiento de su historia personal. Sin embargo, uno de los seguidores de Freud –C. G. Jung– trató a pacientes más profundamente tras- tornados, psicóticos o esquizofrénicos. Observó en sus fantasías unas características que de ninguna manera se podían explicar por su vida personal –fragmentos de alguna mitología arcana, por ejemplo– y concluyó que había un nivel más profundo del inconsciente que era verdaderamente colectivo, común a todos nosotros.
En realidad, como reveló más tarde en su autobiografía, esa intuición procedía tanto de su propia experiencia como de la de sus pacientes. Poco antes de cumplir los cuarenta años, Jung había sido súbitamente inundado por un torrente de imágenes violentas e incontrolables, que entraban a raudales en su mente desde el inconsciente y amenazaban con sumirle en una psicosis. Luchó contra ellas como pudo, hasta que se vio obligado a ceder. Se sentó en su escritorio, cerró los ojos y se dejó ir. Tuvo la sensación física de que el suelo se abría, de sumergirse en oscuros abismos donde encontró no la locura que esperaba, sino... un mito. Un enano momificado, un cristal rojo en una cueva, un hermoso joven muerto, un escarabajo negro, una marea de sangre; Jung se dio cuenta de estaba participando en un mito del Héroe, «un drama de que muerte y renovación» que se refería no sólo a él, sino al destino de Europa en vísperas de la Primera Guerra Mundial.
Inicialmente, Jung concebió la psique estructurada como una pirámide, o como un sistema de círculos concéntricos: el ego estaba en el ápice (o en el centro) con el campo» de la conciencia justo debajo (o alrededor). Por debajo de la conciencia estaba el inconsciente, con sus dos niveles, el personal y el colectivo. El inconsciente personal –el subconsciente de Freud– contiene todos aquellos contenidos que pueden ser recuperados a voluntad por la memoria, y aquellos que no lo pueden ser, por haber sido reprimidos. Cuanto más se niega la expresión consciente de esos contenidos, más profundamente son apartados de la conciencia, y se hunden cada vez más profundamente hasta que se convierten en complejos autónomos. Asumen, por decirlo así, una personalidad propia que ejerce una influencia sobre nosotros sin que nos demos cuenta de ello. Pueden incluso irrumpir en la conciencia y «poseerla», como en el caso de la psicosis que el propio Jung había temido.
Arquetipos
Ego (héroe), persona, sombra, anima, animus, puer (joven eterno), senex (anciano sabio), embaucador (trickster), Gran Madre, animal significativo, sanador, niño divino, sí-mismo; esta lista casi cubre los arquetipos que Jung descubrió en el inconsciente colectivo. Como sus precedentes históricos, las categorías a priori de Kant y las formas de Platón, son entidades abstractas que no obstante constituyen el substrato de la realidad. Los arquetipos son, dice Jung, incognoscibles en sí mismos; pero, paradójicamente, pueden ser conocidos porque se manifiestan en imágenes. A diferencia de los complejos, esas imágenes no se pueden remontar a nuestra historia personal; ni resultan de la represión, porque nunca han sido conscientes. Están, dice Jung, «dotados de personalidad desde el principio». «Se manifiestan como daimones, como agentes personales [...] sentidos como experiencias reales.»
De este modo, el arquetipo del anima, incognoscible en sí mismo, aparece como una miríada de imágenes femeninas, desde una ninfa a una femme fatale, una arpía, etc. El arquetipo del self, o el sí-mismo, que representa el objetivo del desarrollo psíquico –lo que Jung llamaba individuación– podría aparecer como un dios, un árbol, un dibujo circular (mándala) o una sizigia: la unión de masculino y femenino, por ejemplo padre anciano e hija joven. Los neopiatónicos expresaron en gran medida esto mismo de forma más sucinta cuando decían que los dioses, que son en sí mismos «sin forma y sin figura», aparecen como dáimones, muchos de los cuales son imágenes diferentes del mismo dios. Dado que los mitos de creación siempre colocan a los dioses antes de la humanidad, tan probable parece que los dioses nos imaginen a nosotros como que nosotros los imaginemos a ellos. Y esto es lo que Jung reivindicaba para los arquetipos: «Todo lo que sabemos es que sin ellos parecemos incapaces de imaginar [...]. Si nosotros los inventamos, lo hacemos según los modelos que ellos nos dictan».
Los arquetipos no se manifiestan solamente como imágenes simples; aparecen también como aquellas estructuras y modelos que forman los motivos recurrentes de toda mitología, como la muerte y el renacimiento del héroe, la búsqueda del tesoro escondido, el viaje al mundo inferior y el rapto de un mortal por un dios. Comprendiendo que los mitos son las verdaderas historias del alma, Freud se inspiró instintivamente en el mito, especialmente en el de Edipo, cuando quiso describir la dinámica de la psique. Jung fue un paso más allá y comprendió que todos los mitos están vivos en el inconsciente colectivo. Podemos hablar de la lucha del ego por liberarse de la matriz del ello, o del esfuerzo del hijo por independizarse de la madre, o de cómo el héroe mata al dragón: variantes todas del mismo modelo arquetípico. Como los dáimones que los habitan, los mitos cambian de forma y se hacen un traje adaptado a la época. «La mitología es una psicología de la antigüedad. La psicología es una mitología de la modernidad.»
El esquema jerárquico de la psique que Jung propone se parece mucho al cosmos neoplatónico, salvo en que está situado dentro de nosotros. Jung describe el microcosmos que refleja al macrocosmos. En ocasiones, describe la psique como una serie de estratos geológicos; otras veces, como las sucesivas capas cada vez «más viejas» del cerebro, o como los pisos de una casa. Él mismo soñó que descubría en su propia «casa» huesos prehistóricos enterrados bajo el suelo del sótano, una imagen de los cimientos del inconsciente colectivo sobre el que se levanta nuestra psique.
Sin embargo, como en el esquema neoplatónico, la psique no es realmente una jerarquía tan estática como Jung, buscando claridad, trata de establecer. Se parece más a un flujo dinámico, a un reino paralelo de dáimones y dioses que se unen sin costuras entre sí, de la misma manera en que lo hacen el inconsciente personal y el inconsciente colectivo, los complejos y los arquetipos. Como afirmaría cualquier psicólogo analítico, dentro de la aflicción o síntoma de un paciente «hay un complejo y dentro del complejo un arquetipo, que a su vez se refiere a un dios». Ninguna imagen de la fantasía o del sueño es tan personal como para no tener un contenido arquetípico; ningún encuentro daimónico, ninguna epifanía carece de alguna huella personal.
Niveles, capas, estratos: estas metáforas para el inconsciente reflejan ese orden que la conciencia quiere imponer sobre un inconsciente que tiene su propio orden. Su representación espontánea de sí misma, en sueños y fantasías, es siempre mediante imágenes concretas: un océano, un abismo, una fiesta desenfrenada, un maremoto, un sombrío bosque virgen, un manicomio. En Oriente, puede ser un río, siempre cambiante, siempre el mismo; o un dios, como Shiva, que mediante su danza trae el universo a la existencia. En el Renacimiento, era a menudo Proteo, hijo del dios del mar Poseidón, que adopta cualquier forma que le plazca. Para los antiguos gnósticos era el firmamento nocturno, en el que veían una serie majestuosa de esferas brillantes custodiadas por poderosos dáimones a través de los cuales el alma, extática por el ayuno y la oración, viajaba hacia su origen en el Uno. En efecto, el cosmos en el que vive toda cultura es un autorretrato de su alma.
Dada la afinidad entre la imaginación romántica y el inconsciente colectivo de Jung, no es sorprendente que los postjunguianos que se autodenominan psicólogos arquetipales hagan de la imaginación la piedra angular de su pensamiento y de su práctica. Siguiendo a Henry Corbin, estudioso del sufismo, han adoptado la palabra imaginal (de mundus imaginalis, «mundo imaginal») para describir esa realidad intermedia que Jung llama «psíquica» y yo denomino «daimónica».
El principal psicólogo arquetipal, James Hillman, identifica en el filósofo presocrático Heráclito al fundador de su psicología; fue Heráclito el primero en representar al alma por su profundidad. «Los límites del alma [psyché] –escribió– no los hallaras andando en cualquier camino que recorras; tan profundo es su fundamento».
Hillman refiere la imaginación al alma de manera inequívoca. El alma no es una sustancia, dice, sino un conjunto de perspectivas. Es «la posibilidad imaginativa de nuestra naturaleza, el hecho de experimentar a través de la especulación reflexiva, el sueño, la imagen y la fantasía; ese modo que reconoce todas las realidades como esencialmente simbólicas o metafóricas». El alma no tiene existencia separada de las imagenes por las que se manifiesta; sin embargo, en otro sentido, toda existencia es alma, porque estar en el alma es experimentar la fantasía en todas las realidades y la realidad básica de la fantasía [...]. En el principio es la imagen: primero imaginación, luego percepción; primero fantasía, luego realidad [...]. En efecto, estamos hechos de la misma materia con que están tejidos los sueños».
Soñar
La psicología arquetipal nos ayuda a comprender que los viajes al Otro Mundo no son coto exclusivo de los poetas románticos, los chamanes siberianos o los abducidos por alienígenas. Todos tenemos acceso cada noche al Otro Mundo mediante el sueño. Como los dáimones que contiene, el Otro Mundo de los sueños es movedizo, escurridizo y ambiguo. Los sueños toman el material de nuestro estado diurno y, en una obra de pura imaginación, lo transforman en imágenes. Que los sueños ya no se consideren de importancia crucial es consecuencia de la fuerza de nuestra conciencia heraclea, de vigilia. Los sueños huyen como las sombras del Hades de sus esfuerzos musculares por sacarlas a la luz del día, y expiran bajo el foco del análisis y la interpretación.
Freud y Jung fueron culpables de trasladar los sueños al «lenguaje de la vigilia»; por su parte, Hillman insiste en dejar ser al sueño, observándolo en su hábitat crepuscular natural, mirándolo profundamente, pero sin extraer de él un mensaje según los presupuestos del mundo de la conciencia despierta. «Para que la imagen de un sueño actúe en la vida debe, como un misterio, ser experimentada como pienamente real. La interpretación surge cuando hemos perdido contacto con las imágenes.»
Las imágenes de los sueños no nada tienen que ver con las imágenes normales de los sentidos, por eso no podemos percibirlas verdaderamente con nuestros sentidos habituales. Tenemos que percibirlas con la misma conciencia psíquica de la que están compuestas, y eso significa percibir con la imaginación. Mejor todavía, «las imaginamos más que las percibimos, y no podemos percibir con la percepción sensorial las profundidades que no se despliegan en el mundo sensorial». Así, una imagen de un sueño puede ser ambigua y fugaz en un sentido –visualmente, quizá– pero, en otro, es siempre concreta y definida, aunque sólo sea como una sensación distinta o un sentimiento poderoso. La vaguedad de un sueño es, pues, parte de él tanto como pueda serlo cualquier contenido manifiesto; la manera en que nos llega un sueño es parte de su expresión. Su ambigüedad, por tanto, no necesita ninguna resolución. «Queramos o no, el sueño se presenta con los ropajes de la duplicidad», escribe Hillman en El sueño y el inframundo. «Si los sueños son los maestros del ego divino, esa duplicidad es la instrucción esencial que imparten [...]. En realidad, la duplicidad es una ley básica de la imaginación.»
Aunque no deberíamos interpretar nuestros sueños, no deberíamos temer amplificarlos imaginativamente, a través de la asociación, por ejemplo, y, sobre todo, mediante la epistrophé: una «vuelta» al trasfondo arquetípico de los sueños mediante la semejanza. Debemos preguntarnos: «¿Qué arquetipo está en acción en nuestro inconsciente? ¿Qué dios influye furtivamente en nuestra vida? ¿Qué mito estamos viviendo sin darnos cuenta?». El acto de utilizar el sueño para ver, a través y más allá de la apariencia literal de nuestra vida despierta, las narraciones imaginativas más amplias en que vivimos, nos libera de cualquier modelo en el que estemos fijados. Contar historias –contar los mitos de la tribu– es intrínsecamente sanador y liberador para el alma.
Cuando Tertuliano escribió que «la mayoría de la humanidad debe a los sueños su conocimiento de Dios» estaba repitiendo la creencia, extendida por igual entre cristianos y paganos, de que los sueños son daimónicos y median entre nosotros y los dioses. Esto significa que las imágenes –por ejemplo, de amigos y familiares– que encontramos en los sueños no son literales. No se refieren exclusivamente a sus réplicas de la vigilia. «En los sueños somos visitados por dáimones, ninfas, héroes y dioses, con la forma de los amigos con que estuvimos la tarde anterior.» Como en Homero, el dios puede aparecer bajo el aspecto de un amigo vivo.
Las personas de los sueños no son exclusivamente expresión de nuestra psique: «Son imágenes de la sombra que asumen papeles arquetípicos; son personae, máscaras, en cuyo vacío hay un numen». La razón de que los dáimones no aparezcan como tales, sino disfrazados como los amigos de la tarde anterior, dice Hillman, es que esas personas del sueño son necesarias para hacer el alma: «Son necesarias para el trabajo de descubrir, de desliteralizar. Sin los amigos de la tarde anterior, un sueño sería una comunicación directa con los espíritus. Sin embargo, un sueño no es una visión, como la psique no es el espíritu».
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