Giovanni Reale, Platón en búsqueda de la sabiduría secreta / El descubrimiento de la escritura provocará que las almas de quienes la aprendan se tornen olvidadizas, porque, confiándose de la escritura, se habituarán a recordar desde fuera, por signos externos, y no desde dentro y desde sí mismos: es así que no has hallado una medicina de la memoria sino del traer a la memoria ...
El problema planteado y resuelto en las páginas finales del Fedro es, pues, decisivo: no basta con defender la escritura estableciendo las reglas que es preciso seguir para escribir de manera correcta (o sea, las reglas que, como hemos visto, se basan en la dialéctica), sino que también es necesario plantear y resolver el problema de la oportunidad del escrito, estableciendo cuándo es conveniente y cuándo no lo es.
Es casi innecesario llamar la atención acerca de que es propiamente esta la cuestión más delicada y, en ciertos aspectos, decisiva, en el momento culminante del pasaje de la cultura de la oralidad a la cultura de la escritura. En otros términos, Platón plantea el problema de si la escritura puede o no sustituir o no a la oralidad, o bien, si el ámbito de la escritura y el de la oralidad deben permanecer bien diferenciados y si así fuese, por qué razones tales diferencias son insuperables.
El razonamiento que se realiza para resolver este problema está bien planteado y muy bien articulado. Platón comienza presentando un mito creado por él mismo ad hoc, ambientado en Egipto. El dios Theuth presentó al rey Thamus, en la Tebas egipcia, gran ciudad a orillas del Nilo, una serie de artes por él descubiertas: la aritmética, la geometría, la astronomía, el damero y la escritura, ilustrando las ventajas que tales artes han aportado, elogiando en particular la escritura, que hizo a los egipcios más sabios y más capaces de recordar. Pero el rey respondió que, en verdad, la escritura habría producido no sabiduría, sino apariencia de sabiduría, es decir, habría creado no hombres «sabios», sino «portadores de opinión», desprovistos de verdadero conocimiento. Además, la escritura se habría revelado no como un medio para crear memoria, sino solamente para traer a la memoria cosas aprendidas por otra vía.
A esto se agrega que lo escrito carece de vida y no está en condiciones de responder pregunta alguna, como las imágenes de la pintura, que permanecen siempre encerradas en un total silencio. Además, el escrito circula por las manos de todos, también por las de aquellos que no están interesados en lo que dice ni en condiciones de comprender sus mensajes. Y si el escrito es criticado, no es capaz de defenderse y de brindarse ayuda a sí mismo.
Mucho mejor y más poderoso que el discurso escrito es el discurso oral, porque es viviente y animado, mientras que el escrito carece de vida y es una mera «imagen», copia desvaída e inerte del oral. El discurso oral sabe con quién debe hablar y ante quién debe callar, y está en condiciones de responder a las preguntas y de defenderse.
La escritura, en realidad, implica una gran parte de juego, mientras que la oralidad implica notable empeño y seriedad. En la escritura prevalece en gran medida el «mito», mientras que en la oralidad prevalece el «arte dialéctico» mediante el cual se comunican con ciencia discursos que se dirigen a almas de hombres idóneos para recibirlos y, por tanto, capaces de defenderlos de manera adecuada cuando fuese necesario.
Platón evoca, pues, de manera sintética, las tres reglas del discurso correcto que hemos ilustrado en el capítulo precedente. Pero confirma que, en todo caso, es decir, aun produciendo escritos según las reglas del arte, sería errado creer que en ellos pueda haber «solidez» y «claridad», en cuanto en los escritos faltan aquellos fundamentos del discurso a los que solamente se puede llegar en el ámbito de la oralidad dialéctica: aun los mejores escritos no han de considerarse más que como medios para traer a la memoria de quien ya sabe aquellas cosas sobre las que ellos versan.
El testimonio propio de Platón concluye con una afirmación verdaderamente demoledora: sólo es filósofo el que no pone en los libros escritos todo lo que tiene para decir, sino que reserva para la oralidad dialéctica las cosas que para él son «de mayor valor». Verdadero escritor y verdadero filósofo es aquel que ha compuesto obras, conociendo la verdad, y que, por tanto, está en condiciones de acudir en ayuda de cuanto ha escrito y de defenderlo, demostrando, en consecuencia, que las cosas escritas resultan ser «de menor valor» respecto de las «de mayor valor», que reserva para la oralidad, en cuanto sólo mediante la oralidad dialéctica pueden comunicarse de manera adecuada.
Ahora que hemos trazado un cuadro de los contenidos del testimonio final del Fedro, debemos hacer ver cómo estos conceptos, muy lejos de haber sido creados ex novo por Platón (y de estar limitados, de todos modos, al área de su solo pensamiento, fruto, tal vez, de un excéntrico juego irónico y, así, conectados sólo en parte con su verdadero y propio pensamiento de fondo), son, por el contrario, conceptos estrictamente conectados con convicciones que, a partir del siglo V, se estaban difundiendo cada vez más de diferentes maneras. Se trata, pues, de conceptos que tienen raíces históricas muy precisas y que se pueden comprender de manera conveniente sólo si se los coloca en la óptica de aquella revolución cultural que, mientras Platón componía su Fedro, había alcanzado ya su plena madurez.
«Escritura y memoria: la escritura no es un remedio de la memoria sino solamente un medio para traer a la memoria aquello que ya se ha aprendido»
Comencemos por una primera observación, muy fuerte, que hace Platón en contra de la escritura, poniéndola en boca del rey Thamus en respuesta al inventor Theuth:
«El descubrimiento de la escritura provocará que las almas de quienes la aprendan se tornen olvidadizas, porque, confiándose de la escritura, se habituarán a recordar desde fuera, por signos externos, y no desde dentro y desde sí mismos: es así que no has hallado una medicina de la memoria sino del traer a la memoria.»
Esta convicción de la escritura como «medicina de la memoria» era una convicción que se estaba difundiendo e imponiendo de manera notable, tal como lo demuestran afirmaciones que se leen en textos de autores como Esquilo, Eurípides y Gorgias.
En el Prometeo leemos:
«Para ellos he descubierto el número, el más elevado de los conocimientos,
y más tarde la composición de las palabras escritas
memoria de todo, laboriosa madre de las musas.»
En un fragmento de una tragedia perdida de Eurípides se confirma la convicción de que «las palabras escritas» son «una medicina contra el olvido».
Y Gorgias, en la Defensa de Palamedes presenta el mismo concepto:
«Y podría afirmar también [...] no sólo haber estado sin culpa, sino, además, haber adquirido mis méritos [...]. Pues, ¿quién hizo acaso más lle- na de ayuda la vida de los hombres, de lo difícil que era, y ordenada, de lo desordenada que era, inventando las reglas de la guerra [...], y las leyes escritas, custodios de la justicia, y la escritura, órgano de la memoria, y medidas y pesos, medios cómodos de cambio en el comercio, el número, custodio de los bienes [...].»
La asociación de «Mnemosyne», diosa de la memoria y madre de las musas, con la escritura, queda atestiguada también en la figuración pictórica que se encuentra en una ampolla que pertenece al 475/450 a.C., en la cual Mnemosyne tiene en la mano un rollo de escritura y mira a la musa Calíope, que está tocando música. Erler observa con acierto: «Mnemosyne, como madre de las musas y vía jerárquica que, en una sociedad marcada por la oralidad, transmite al poeta el saber divino entendido como verdad para comunicar a los hombres, se sirve aquí de la escritura, es decir, de un medio que sustituye propiamente la condición representada de manera particular por Mnemosyne. A lo dicho se adecua bien el pasaje del Prometeo citado más arriba, en el cual Prometeo se vanagloria de la propia invención de la "escritura, madre de las musas"».
Platón asume, pues, una posición precisa frente a una convicción que se imponía entonces y, más allá del pasaje leído, la confirma poco después de modo muy claro:
«Entonces, quien considerase poder transmitir un arte con la escritura, y quien lo recibiese convencido de que, a partir de esos signos escritos, podrá extraer alguna cosa clara y consistente, debería estar colmado de gran ingenuidad e ignorar verdaderamente el vaticinio de Amón [a saber, que corresponde a cuanto ha dicho el rey Thamus en el pasaje leído más arriba], si considera que los discursos puestos por escrito son algo más que un medio para traer a la memoria de quien sabe las cosas sobre las cuales versa el escrito.»
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