Erwin Rhode, La idea del alma y la inmortalidad entre los griegos / Parece como si los griegos hubiesen vivido por aquel entonces, por lo menos, una vez, y los griegos habrían de volver a vivir reiteradamente en tiempos pos­teriores, en el que el sentido de una libertad conquistada, por lo menos, a medias se ve empañado por los temores y las limitaciones, amedrentado por imaginarios poderes invisibles y, dejándose llevar de la influencia de experiencias sombrías y deprimentes, siente la nostalgia de volver hacia atrás y de arroparse en ideas quiméricas, pero consoladoras, que descargan al espíritu humano de una gran parte de propia responsabilidad ...


Tan desarrollada en todos sus aspectos y tan perfilada se nos presenta la cultura griega en los poemas homéricos, que quien no poseyera noticias de mayor alcance podría pensar que estas obras reflejan y recogen con caracteres definitivos la culminación, el apogeo de una cultura peculiar, tal y cómo, en las condiciones dadas de aquel pueblo y de sus condiciones exteriores de vida, era asequible a los griegos. En realidad, los poemas homéricos marcan la línea divisoria entre un orden de cosas antiguo, cuya trayectoria había llegado ya a su plena madurez, y otro orden de cosas nuevo, cuyas normas y cuyas pautas eran, en muchos aspectos, distintas. 
La Ilíada y la Odisea reflejan, en una imagen de contornos ideales, el pasado que estaba en trance de desaparecer.
El profundo movimiento de los tiempos que siguen puede pulsarse, probablemente, por sus resultados finales, dei mismo modo que es posible apreciar por algunos síntomas las fuerzas que en ellos actúan, pero, en lo fundamental, el estado ruinoso de la tradición de esta época de grandes conmociones apenas nos permite percibir claramente otra cosa que la existencia de todas las condiciones determinantes de una profunda transformación de la vida en Grecia.
Vemos cómo ciertas ramas étnicas del pueblo griego que hasta allí habían venido permaneciendo rezagadas pasan a ocupar ahora el primer plano de la historia; cómo, sobre las ruinas de los reinos antiguos, surgen otros nuevos, fundados sobre el derecho de conquista e imponiendo su concepción especial sobre la vida y sobre el modo de gobernarla; cómo el helenismo va extendiéndose a través de una ramificadísima red de colonias y cómo en estas, según suele ocurrir, las gradaciones de la trayectoria cultural son recorridas con un ritmo mucho más rápido.
Florecen el comercio y las actividades industriales, haciendo brotar y satisfaciendo nuevas y cada vez más. vez más complicadas necesidades. Nuevas capas de población pugnan por escalar los más altos puestos. El gobierno tradicional de las ciudades hace crisis y vacila; las antiguas monarquías se ven obligadas a ceder el puesto a la aristocracia, a la tiranía o a la de­ democracia. En contactos pacíficos y (sobre todo en el Oriente) en los choques guerreros, el carácter griego va asimilando mucho más intensamente que antes los elementos de la cultura extranjera, en todas las fases de su evolución, y experimentando las múltiples influencias que de ella emanan.
Es evidente que, en medio de estas grandes conmociones, tampoco la vida espiritual del pueblo griego podía sustraerse a los nuevos impulsos. Y en ningún otro campo se refleja más claramente que en el propio campo de la poesía cómo, en realidad, los griegos empiezan ahora a desprenderse del pasado, de la tradición de la antigua cultura, al parecer tan firmemente arraigada, tal como se trasluce en la imagen de los poemas homéricos.
La poesía se emancipa, al llegar esta época, de la hegemonía de la forma épica. Va apartándose del ritmo fijo y firmemente reglamentado del verso épico. Y, a la par que con ello abandona el arsenal de palabras, fórmulas e imágenes dadas, va cambiando y ampliándose necesariamente ante ella el horizonte de las ideas. Ya el poeta no aparta su mirada, como antes, de su tiempo y de su persona. Por el contrario, pasa a ser él el eje y el centro de su poesía y sabe encontrar el ritmo más adecuado para expresar las vibraciones de su propio espíritu, en estrecha alianza con la música, que hasta llegar esta época no se convierte en un elemento importante y sustantivo de la vida griega.
Es como si los griegos descubrieran ahora, y no antes, toda la extensión de sus dotes y capacidades y se atrevieran a servirse libremente de ellas. La mano del hombre va adquiriendo, en el transcurso de los siglos, una virtuosidad cada vez mayor para traducir de la fantasía a la corporeidad, bajo todas las formas de las artes plásticas, aquel mundo de belleza en cuyas ruinas se sigue revelando hoy directamente a nuestros sentidos y sin el vehículo de la reflexión, más claramente que en cualesquiera obras literarias, lo que hay de eternamente vivo, lo que hay de perenne, en el arte griego.
La religión no podía ser la única que se mantuviera en el antiguo estado, completamente al margen de la transformación general experi­mentada por la vida toda. Cierto es que en este campo del espíritu escapan a nuestras miradas más todavía que en otros las fuerzas interiores propulsoras del movimiento. Nuestro ojo alcanza a percibir no pocos cambios externos, pero apenas si llegan a nuestro oído, por mucho que lo agucemos, unas cuantas pulsaciones sueltas de la vida que por dentro determina y anima esos cambios.
Comparando los fenómenos religiosos de esta época posterior con los de la Grecia homérica, es fácil comprobar cómo aumentan en proporcio­nes extraordinarias los objetos del culto, cómo éste adquiere mayor rique­za y solemnidad, cómo las fiestas religiosas de las ciudades y los pueblos griegos, combinadas ahora con las artes inspiradas por las musas, cobran mayor belleza y variedad. Los templos y esculturas nos ofrecen un testimonio plástico de cómo, en esta época, han aumentado el poder y la importancia de la religión.
También por dentro, en lo tocante a la fe y a las ideas religiosas, debió de haber cambiado mucho, como puede inferirse a juzgar por el brillo esplendoroso que ahora, por primera vez en su plenitud, rodea al oráculo de Delfos, con todas las nuevas manifestaciones de la vida religiosa de Grecia que irradian de este centro espiritual.
En esta época va produciéndose también, bajo la influencia de una sensibilidad moral más profunda, aquella transformación de la concepción religiosa del mundo que, más tarde, nos mostrará sus contornos ya acabados en Esquilo y en Píndaro. La época que comenzaba era, decidi­damente, “más religiosa” que la que tiene por centro a Homero. Parece como si los griegos hubiesen vivido por aquel entonces, por lo menos, una vez, y los griegos habrían de volver a vivir reiteradamente en tiempos pos­teriores, en el que el sentido de una libertad conquistada, por lo menos, a medias se ve empañado por los temores y las limitaciones, amedrentado por imaginarios poderes invisibles y, dejándose llevar de la influencia de experiencias sombrías y deprimentes, siente la nostalgia de volver hacia atrás y de arroparse en ideas quiméricas, pero consoladoras, que descargan al espíritu humano de una gran parte de propia responsabilidad.
Las sombras con que aparecen envueltos estos tiempos de transición nos ocultan también la génesis y la trayectoria de una nueva fe en el alma, esencialmente distinta de la homérica. Pero los resultados de esta trayectoria aparecen ante nosotros con bastante claridad. Y podemos darnos cuenta todavía hoy de cómo se desarrolla, en esta época, un culto del alma sujeto a reglas precisas y cómo, a la postre, se plasma lo que podemos llamar, en el pleno sentido de la palabra, la fe en la inmortalidad; todo ello, como consecuencia de fenómenos que, en parte, representan la aparición de antiguos elementos de vida religiosa que el período anterior no había dejado manifestarse y, en parte, la entrada en escena de fuerzas totalmente nuevas, que, unidas a los elementos antiguos ahora renovados, hacen surgir algo que no es ni lo uno ni lo otro.

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