Carlos García Gual, La filosofía helenística / Este éxtasis, esta unión con Dios, no ha podido ser impulsada por nada, por ninguna revelación, por ningún ritual, ni tampoco puede ser explicado; sólo experimentado porque es inefable (místico) ...


Este éxtasis, esta unión con Dios, no ha podido ser impulsada por nada, por ninguna revelación, por ningún ritual, ni tampoco puede ser explicado; sólo experimentado porque es inefable (místico). 
En la Enéada IV, Plotino nos ha explicado cómo el alma del sabio debe librarse de todas las necesidades exteriores, forzadas, de la praxis, para poder ascender al nivel más puro, donde el alma del sabio debe estar en paz y no necesitará salir de sí misma, sino que en ella misma encontrará la verdad, porque también en nosotros hay algo de El, o mejor, no hay en donde El no esté, ya que para todos los seres es posible participar de Él. Es más, no captaremos lo Uno a través de la inteligencia o de su capacidad discursiva, sino por un acto súbito de comprensión que sólo puede tener su origen en lo que de semejante hay en nosotros (Enéada VI, tr. 7, 31). 
Lo Uno está presente en todo y también en el hombre, que sólo después de haber superado las distintas etapas verá en sí a Dios. 
A lo largo de estos últimos textos, hemos podido ver cómo para Plotino hay una clara supremacía de la interioridad, del ensimismamiento, frente a la praxis y el razonamiento (cuando se está refiriendo a la razón del hombre que sólo se preocupa en la creación de artefactos que nada tienen que ver con la vida interior). Esto le hará valedor para la mayoría de los intérpretes del atributo de místico, en sentido peyorativo frente al de filósofo. Sin embargo, no podemos olvidar que, además de reclamar la interioridad, también rechaza todo lo que suena a revelación, a ritual y que, fiel a los postulados griegos, llega a conclusiones como las de que lo Uno, fuente de donde todo emana, está más allá del ser, por lo que sólo llegaremos a Él a través de una visión intuitiva no racional, ya que, en su opinión, es el único camino que puede ofrecer una revelación completa de lo Uno, porque pretender hacerlo solamente a través de la razón sería apartarse de Él: “No tratéis de verlo con ojos mortales, como comúnmente se dice, ni creáis que se le puede ver así, según piensan los que suponen que todas las cosas son sensibles (negando) con ello la más alta realidad”. 
Coherente con su teoría de la procesión de las hipóstasis, Plotino tenía que escalonar, intelectualizar y espiritualizar la visión hasta su más alto grado para que ésta llegue a alcanzar la luz direc tamente y, con ella, la belleza esencial del mundo inteligible, la belleza de lo Uno. Desde su morada, el alma trata de recorrer, esta vez hacia arriba, la serie de formas reales hasta llegar a aquello que está más allá de toda forma; pero para este camino el alma deberá librarse de toda unión con la materia, de todo lo que pueda distraerla, apartarla de la visión de lo Uno y reconocer que el destino del hombre no es sólo destino material, sino que en todos nosotros hay una dualidad. “Somos, dice Plotino, el hombre verdadero, que es y ha sido siempre unido a la inteligencia; pero somos también este otro hombre, hecho de carne y de sangre al cual se añade, para animarlo, un reflejo del hombre inteligible.” El verdadero es el inteligible, que es divino y que tendrá que preocuparse de impulsar y orientar esa parte inferior del Alma, la que, según Plotino, estaba excesivamente ligada al cuerpo, hacia arriba, hacia el Alma superior, para al final llegar a ser el hombre auténtico, que es divino. El esfuerzo que realiza para conseguirlo será recompensado con la contemplación de lo Uno. A veces el esfuerzo no es suficiente y el hombre no puede aniquilar toda la imperfección que la materia lleva consigo; sin embargo, aquel que lo haya intentado de verdad, tras la muerte alcanzará el premio de la contemplación y unión con la Inteligencia. Tenemos que tener en cuenta que para Plotino el esfuerzo que el hombre haga es muy importante: será el fruto de su libertad. Piensa, lo mismo que los epicúreos, que si no la hubiera se quebraría la perfección del cosmos, no siendo posible entonces que cada naturaleza individual se realice según sus deseos. 
Aspecto confuso de su doctrina y, sobre todo, chocante, será el que hace referencia a las sucesivas reencarnaciones que tendrán que sufrir los hombres, según su vida haya sido justa o injusta, honesta o deshonesta. Ahí también habrá premios y castigos, y sólo el alma del filósofo, ávida de acercarse a lo Uno, conseguirá a través del estudio y la meditación librarse de ellas y alcanzar la contemplación de lo Uno. También aquí hay cierta confusión. No está claro si la unión se realiza únicamente entre la parte superior del Alma y la Inteligencia y al final con lo Uno, mientras que la parte inferior, el reflejo, pervive en el Hades o si, por el contrario, la unión es total. En esta dualidad encontramos una fuerte influencia de Homero, que en un célebre pasaje de la Odisea había dicho: “La imagen de Heracles está en el Hades y el héroe mismo está en los dioses”, como queriendo aceptar una doble supervivencia. Plotino no es fácil de ser interpretado, y en este sentido menos, pero parece que acepta la doble supervivencia. En la primera se realizaría la unión del ser auténtico con el Uno “por la contemplación de lo Uno” y la otra sería el reflejo de ese ser auténtico que, según Homero, tendría su destino en el Hades. “La imagen de Heracles, dice Plotino refiriéndose al pasaje de Homero, recuerda todas las acciones hechas durante su vida, por que esta vida le pertenece especialmente.” Más adelante aclara que este reflejo no es una entidad independiente de nuestra alma y de la materia con la que hemos conducido nuestros pensamientos y actos. Sin embargo, Plotino no cuenta nada de esa experiencia, de esa unión (por eso anteriormente decíamos que era confuso), lo mismo que tampoco Homero contaba nada cuando se refería a la unión del héroe con los dioses. Es excesivamente discreto y recurre a la experiencia personal: “Si alguno lo ha visto, sabe lo que digo”; e insiste nuevamente en que el hombre sobrevive bajo la forma de ser contemplativo, pero también bajo la forma de reflejo, queriendo quizá decirnos que lo que sucede tras la muerte es imagen de lo que sucede en esta vida: que hay unidad entre el alma y su reflejo. Clara actitud del hombre religioso que pone su pensamiento en una vida futura, reflejo de lo que hayamos hecho en la tierra. 
A la simbiosis que se da en Plotino como hombre intelectual y religioso se une un tercer elemento: su simpatía por los dioses helenísticos. Hay momentos en que trata con excesiva simpatía el mundo de los astros como representantes de los dioses o de las almas que, desencarnadas, gobiernan el mundo. Actitud que le ha valido durante mucho tiempo, como decíamos al principio de este capítulo, adjetivos indignos de su talante filosófico, porque si en algunos pasajes dignifica la magia, lo hace, sobre todo, con la intención de constatar la importancia que entonces tenía para los hombres, y sería absurdo empeñar su figura por estas cuestiones. Lo importante es que Plotino propone la filosofía, la razón, como el mejor remedio para contrarrestar las influencias mágicas y acceder a través de ella al mundo de lo inteligible.

Comentarios