Carlos García Gual, La deriva de los héroes en la literatura griega / La tarea del héroe requiere una ejemplar magnanimidad, y su premio no es la felicidad terrena o ultraterrena, sino esa fama que perdura en la memoria colectiva y que reaviva el culto y siempre la poesía ...
Creo que podemos pasar por alto la difundida figura teórica del «mito del héroe», un concepto retórico de muy discutible validez universal y brumoso perfil, y pasar a considerar las figuras de los muchos y famosos héroes de la cultura helénica. Ellos, como es bien sabido, fueron constantes protagonistas de muy numerosos relatos míticos, en resonantes y muy diversos textos, siendo además figuras de frecuente culto popular. Toda esa resonancia refleja la creencia popular que anotaba ya Aristóteles: «suponemos que los héroes son superiores a los humanos en cuerpo, y también en alma» (Política 1332b). Por otra parte, son muchos y variados los personajes heroicos, y esta variedad es una de las características del repertorio de héroes y semidioses, un repertorio perdurable en el fabuloso imaginario griego (y luego en la cultura y la tradición literaria occidental).
Como veremos, es muy notable la variedad de esas siluetas, pero conviene advertir ya que, dentro de la diversidad, hay rasgos que definen la figura del héroe: su excelencia humana, su audacia y su mortalidad, por un lado, frente a los dioses, y, por otro, frente a los humanos efímeros y sin duda menos memorables; y, en consonancia con sus méritos, de ellos nos queda su fama resonante, que los salva del olvido más allá de su muerte. Los ecos de sus hazañas hacen que se conserven en la memoria colectiva sus refulgentes nombres y epítetos. Por decirlo en palabras griegas, su kléos , su fama, que pervive a través de los tiempos, y su singular areté , la excelencia o virtud que los ha vuelto ejemplos dignos de perdurar en el recuerdo, tras su fatídica muerte, para siempre. Frente al resto de los mortales, efímeros y oscuros, los héroes de un pasado glorioso refulgen evocados por la tradición mitológica, perviven en los relatos populares y, de manera brillante, en la poesía tradicional. A través de los tiempos, desde el alba al ocaso, la gran literatura griega se nutrió, significativamente, de esas narraciones heroicas. En la poesía épica, luego en la lírica y el teatro, y finalmente en las tardías prosas helenísticas, se evocan, rememoran y en muchos casos reinterpretan las impactantes hazañas y los destinos paradigmáticos de los héroes. La literatura, a partir del primitivo relato tradicional, presta un nuevo esplendor, tanto poético como dramático, a sus perfiles inquietantes y antonomásticos.
«Himnos, soberanos de la lira, ¿a qué dios, a qué héroe, a qué hombre, ensalzaremos en el canto?», pregunta Píndaro al iniciar su Olímpica II. El gran poeta celebra en sus epinicios o cantos de victoria a sus contemporáneos que han obtenido el éxito en los juegos atléticos. Pero a las alabanzas de los triunfos humanos acompaña el recuerdo resplandeciente de los dioses y los héroes. El paradigma heroico se refleja en el trasfondo del elogio. Los héroes ocupan un espacio intermedio entre los hombres —grupo al que pertenecen por su condición mortal— y los dioses, que están más allá, al final de la trama. «La gloria de lo divino que cae sobre la figura del héroe está extrañamente mezclada con la sombra de la mortalidad», apuntaba K. Kerényi. Los héroes se destacan de los humanos efímeros con un resplandor que perdura en el canto y el culto. «El hombre es el sueño de una sombra. Pero si le llega la gloria, regalo de los dioses, logra un resplandor luminoso y una dulce existencia». Los héroes han recibido ese mágico resplandor, aunque no siempre su vida logra ser dulce.
Los grandes héroes han contribuido a mejorar y humanizar el mundo, aniquilando monstruos, despejando caminos e instituyendo leyes. Han contribuido al orden, imitando a los dioses, que, mucho antes, abatieron y desterraron a los monstruos primigenios. Como caudillos formidables, duros guerreros o navegantes intrépidos, tales como Heracles, Teseo, Jasón u Odiseo, sirven de ejemplos memorables de un arrojo sobrehumano, inmenso valor y sutil inteligencia. Es posible trazar una distinción entre unos héroes de fabuloso poderío, hijos de un gran dios, como Perseo y Heracles, y otros más cercanos. A los vencedores de monstruos, como son Teseo y Jasón, les suceden guerreros invictos o aventureros astutos, como Aquiles y Odiseo, que se mueven en escenarios cercanos a los históricos. Los héroes que combaten en Troya son ya de la última generación. No tienen recursos maravillosos, como eran el casco de la invisibilidad, las sandalias aladas de Perseo y el caballo alado de Belerofonte. Algunos son hijos de un dios o una diosa, como Aquiles y Eneas, pero otros no, como Edipo y Odiseo. Unos y otros son protagonistas de las aventuras inolvidables que reflejan los mitos y luego la literatura, desde la épica.
Es muy significativo que Hesíodo, en su poema épico Trabajos y días (vv. 156-176), abriera un espacio para los héroes en el mito de las edades de la humanidad, sobre un esquema mitológico que sabemos que tiene precedentes en relatos del antiguo Oriente. Al narrar cómo ha ido decayendo la humanidad, en un proceso de sucesivas edades, desde la primigenia Edad de Oro, Hesíodo intercala, entre la Edad de Bronce y la Edad de Hierro (triste y última edad, dura y mezquina, donde lamenta vivir el poeta beocio), la Edad de los Héroes. En la serie de edades de nombres metálicos —Oro, Plata, Bronce y Hierro—, el poeta deja abierto un tiempo para albergar dignamente el pasado heroico. En la progresiva decadencia de las edades, la de los Héroes supone una pausa luminosa. Era el tiempo de la «raza divina de los semidioses», claramente «más justa y más noble» que la anterior, y en ella los mejores aún estaban en contacto con los dioses. Sin embargo, tuvo un triste final, pues esa raza se destruyó «por la maldita guerra y el feroz combate». Menciona al punto las grandes contiendas heroicas en torno a Tebas y Troya, en las que combatió la última generación de los héroes que ofrecieron sus tramas a los cantos épicos.
Después que la tierra sepultó a la tremenda raza de bronce, en su lugar creó Zeus Crónida sobre el suelo fecundo otra cuarta, más justa y virtuosa, la estirpe divina de los héroes llamados semidioses, raza que nos precedió en la tierra sin límites. A unos la guerra funesta y el terrible combate los aniquiló, bien en Tebas la de las siete puertas, en el país cadmeo, peleando por los rebaños de Edipo, o bien tras conducirlos a Troya en sus naves sobre el inmenso abismo del mar, a causa de Helena de hermosos cabellos.
Una sentencia del filósofo Heráclito dice: «Los mejores exigen una cosa por encima de todas: una gloria imperecedera entre los mortales» (frag. 29DK). Esa «fama imperecedera», aénaon kléos, es el botín ansiado, el premio de las hazañas de la vida heroica. Todos los héroes mueren, pero dejan un renombre inmortal, un rastro glorioso en la memoria de las generaciones. Algunos grandes héroes son descendientes de dioses, y muchos son gratos a los dioses inmortales, pero no por ello pueden escapar a su condición humana y mortal. Solo los dioses son inmortales y felices, athánatoi y eudaímones ; los héroes, aunque sean llamados «semidioses» y tengan divino linaje, no escapan a la muerte, muerte que desafían con sus audaces hazañas, muerte que ven acercarse de manera fatal y que los consagra como «héroes». Hay, sin embargo, en ese contraste con los dioses cierta nobleza paradójica. Al asumir con admirable temple su arriesgada condición mortal los héroes aventajan a los cómodos y frívolos dioses en su talante ético.
Lo señalaba bien hace mucho el gran helenista Maurice Bowra:
En el tratamiento homérico de los dioses emerge la paradoja de que son menos nobles que los humanos, y eso es inevitable en su visión heroica de la existencia. Los héroes son más serios, más constantes, más valerosos. Cuando resultan heridos, no chillan, como hace Ares; no abandonan a sus amigos, como hacen los dioses; son f ieles a sus esposas, como no lo son los dioses. Todo eso les es requerido a los héroes y apropiado a su singular crédito y condición. Pero los dioses no son héroes. No teniendo edad y siendo inmortales, no pueden correr tales riesgos como los humanos, y pueden hacer con impunidad aquello que los hombres pueden hacer con coste de sus vidas. En consecuencia, los dioses son menos responsables que los humanos. No pueden conocer la amenaza de la muerte que obliga a un hombre a llenar su vida con acciones valerosas, ni el código del honor que exige que una corta vida sea compensada con un renombre inmortal. Los dioses son libres para hacer lo que les plazca, y por esa razón se comportan sin responsabilidad ni obligaciones, y el resultado es que, pese a su poder y magnificencia, no son nobles ni tienen dignidad ejemplar en un sentido humano. Con los hombres es distinto. Están sujetos a deberes y obligaciones, y en su devoción a estos y especialmente a la idea de humanidad que incorporan alcanzan su real nobleza. En los poemas homéricos, así como en el Gilgamesh , la mortalidad del ser humano acentúa su grandeza, porque significa que en su breve carrera debe esforzarse para realizar ese ideal de humanidad y estar preparado a la postre para sacrificar todo por él.
Los héroes se ganan su prestigio perdurable mediante sus acciones arriesgadas. Se lanzan temerarios a aventuras inauditas que casi siempre comportan dolor y destrucción, e incluso desafían en algún caso a los mismos dioses. En su espléndida arrogancia, los héroes tienden a cierta desmesura, la violenta hybris típica y trágica. La grandeza se paga a veces con dolor, y la acción heroica comporta con frecuencia sufrimiento y destrucción. La recompensa de la acción magnánima del héroe es, como decíamos, la fama inmortal, el kléos . La tarea del héroe requiere una ejemplar magnanimidad, y su premio no es la felicidad terrena o ultraterrena, sino esa fama que perdura en la memoria colectiva y que reaviva el culto y siempre la poesía.
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