Carl Gustav Jung, Tipos psicológicos / La psique está creando diariamente la realidad. Para esta actividad no tengo otro nombre que el de «fantasía». Ésta es tanto sentimiento como idea, tanto intuición como sensación. No hay una sola función psíquica que no se halle en ella indistinguiblemente mezclada con las demás funciones psíquicas ...


No carecerá ahora de interés investigar de qué modo trató la escolástica misma de solventar la polémica de los universales y hallar un equilibrio entre los opuestos típicos a los que separaba el
tertium non datur. Ese intento por llegar a un equilibrio fue obra de Abelardo, aquel desdichado varón que ardió de amor por Eloísa y vio pagada su pasión con la pérdida de su virilidad. Quien conozca su biografía, estará al tanto de hasta qué punto cobijaba su propia alma esos pares de opuestos separados que con tanto denuedo se esforzó él mismo por unificar filosóficamente. Rémusat dice que Abelardo era un ecléctico, que, no obstante criticar y repudiar todas las teorías propuestas sobre los universales, tomó lo que todas ellas tenían de verdadero y aprovechable. Los escritos de Abelardo, en la medida en que se ocupan de la polémica de los universales, son confusos y de difícil intelección, porque su autor está sin cesar inmerso en la tarea de ponderar todos los argumentos y aspectos. Y precisamente porque no acabó por abrazar ningún punto de vista en concreto, esforzándose en su lugar por entender y armonizar sus diferencias, consiguió que aun sus mismos discípulos terminasen propiamente por no entenderle. Para algunos sus ideas eran las de un nominalista, y para otros las de un realista. Este malentendido es típico, pues es mucho más fácil pensar con arreglo a un tipo determinado —por resultar posible ser lógico y consecuente dentro de él— que con arreglo a los dos tipos a la vez, al faltar en este caso un punto medio de apoyo. Realismo y nominalismo conducen ambos, siempre y cuando se mantenga uno fiel a sus premisas, a resultados conclusos, claros y uniformes. En cambio, de atenderse a las diferencias y tratar de hallarse un equilibrio entre ellas, los resultados obtenidos, además de confusos, son siempre causa de incomodidad en lo que a los tipos se refiere, porque la solución no podrá nunca conseguir que ni uno ni otro puedan darse plenamente por satisfechos. Rémusat ha entresacado de los escritos de Abelardo toda una serie de afirmaciones poco menos que contradictorias a propósito de nuestro tema, y se pregunta a continuación: «¿Hay que admitir que una sola mente pueda albergar una colección tan vasta e incoherente de doctrinas? ¿Es la filosofía de Abelardo un caos?».
Del nominalismo toma Abelardo la verdad de que los universales son «palabras» en el sentido de convenciones mentales expresadas mediante el lenguaje; toma también de él la verdad de que una cosa no es en realidad un universal, sino una entidad siempre concreta, así como la de que la substancia nunca es en realidad un hecho universal, sino individual. Del realismo toma Abelardo la verdad de que los genera y species son uniones de hechos y cosas individuales basadas en las indudables semejanzas entre ellos. El punto de vista en el que ambos asisten a su reconciliación reside para él en el «conceptualismo», por el que ha de entenderse una función que comprende los objetos individuales percibidos, los clasifica en virtud de su semejanza en géneros y especies, y reduce así su multiplicidad absoluta a una unidad relativa. Por indudables que sean la multiplicidad y diversidad de las cosas individuales, la existencia de semejanzas entre ellas que posibilitan su reunión bajo un concepto es igual de indiscutible. Para quien es inducido por su psicología a percibir ante todo las semejanzas de las cosas, el concepto general se convierte, por así decirlo, en un dato positivo, es decir, dicho concepto se le impone formalmente, con la evidencia innegable, podríamos decir, de una percepción sensible. Pero para quien es inducido por su psicología a percibir ante todo la diversidad de las cosas, lo dado intuitivamente no son sus semejanzas, sino su diversidad, que se impone a su espíritu con la misma evidencia con que al otro se le imponía su semejanza. 
Parece como si la empatía con el objeto fuera ese proceso psicológico que enfoca bajo una luz especialmente intensa lo que diferencia a ese objeto de otros, y como si la abstracción del objeto fuera ese proceso que resulta particularmente idóneo para pasar por alto la diversidad efectiva de las cosas individuales en aras de esa general similitud que arroja el fundamento de la idea. Combinadas, empatía y abstracción proporcionan así esa función que subyace al concepto del conceptualismo, que de este modo pasa a tener su base en la función psicológica, la única en verdad capaz de hacer posible que los caminos opuestos de nominalismo y realismo se fundan en una misma trayectoria. 
Aunque la Edad Media tuviera muchas cosas altisonantes que decir del alma, carecía de psicología, la cual es una de las ciencias más jóvenes. De haber existido por aquel entonces una psicología, Abelardo habría elevado el esse in anima a la categoría de fórmula mediadora. Rémusat demuestra haberlo visto así cuando dice: 
«En la lógica pura, los universales no son sino los términos de un lenguaje convencional. En la física, que para él es más transcendente que experimental y su verdadera ontología, los géneros y especies se basan en la manera en que los seres son en verdad producidos y constituidos. Entre la lógica pura y la física, por último, hay un punto medio y algo así como una ciencia intermedia, a la que puede darse el nombre de «psicología», en la que Abelardo investiga cómo se generan nuestros conceptos y sigue la pista a toda esa genealogía intelectual de seres, lienzo o símbolo de su jerarquía y de su existencia real.
»
Incluso habiéndose despojado ya de sus vestiduras escolásticas y asumido nuevos ropajes, los universales ante rem y post rem continuaron alimentando la polémica durante todos los siglos posteriores. La discusión siguió en rigor siendo la misma, y los intentos de solucionarla se inclinaron ora hacia el lado realista, ora hacia el nominalista. El cientifismo del siglo XIX propinó nuevamente un giro nominalista al problema, después de que la filosofía de los comienzos de ese mismo siglo se hubiera arrojado en gran medida en brazos del realismo. Pero entre los opuestos no media ya un abismo tan grande como el que existía en los días de Abelardo. nosotros tenemos una psicología, una ciencia mediadora capaz de unir idea y objeto sin hacer violencia a ninguno de los dos. Esta capacidad reside en la esencia misma de la psicología, aunque hasta ahora nadie podría todavía afirmar que ésta haya cumplido su misión. Hay que darle en ese sentido la razón a Rémusat cuando dice: 
«Abelardo, pues, ha triunfado; porque, pese a las graves restricciones que una crítica clarividente descubre en el nominalismo o el conceptualismo de los que se le acusa, su espíritu es ya el espíritu moderno en sus orígenes. Él lo anuncia, lo avanza y lo promete. La luz que blanquea el horizonte al amanecer es ya la del astro todavía oculto llamado a iluminar el mundo.
»
Para quien pase por alto la existencia de los tipos psicológicos y, por tanto, también el hecho de que la verdad del uno sea el error del otro, los esfuerzos de Abelardo no serán más que una nueva colección más de sofismas escolásticos. Pero en la medida en que admitamos la existencia de ambos tipos, el intento de Abelardo tiene que parecernos sumamente importante. Abelardo busca el término medio en el sermo, por el que entiende menos el «discurso» que la proposición que se formula y ensambla a un determinado significado, es decir, una definición que para establecer su sentido se sirve de varias palabras. Abelardo no habla de un verbum, porque a ojos del nominalismo éste no era más que una vox, un flatus vocis. Esto es así porque la principal aportación tanto del nominalismo antiguo como del medieval consiste justamente en haber disuelto a fondo la identidad mágica o mística de palabra y hecho objetivo, incluso en exceso a fondo, si se me apura, para el tipo de persona que no se sostiene sobre las cosas, sino en la abstracción de éstas en su idea. Abelardo era un espíritu demasiado inteligente como para poder pasar por alto ese valor del nominalismo. La palabra, ciertamente, era para él una vox; pero la proposición, lo que él llamaba sermo, era para él más que una simple vox, porque acarreaba un significado estable consigo y describía lo común, lo ideal, lo pensado y lo percibido por el pensamiento en las cosas. En el sermo vivía lo universal, y sólo en él. De ahí que nada tenga de extraño que Abelardo fuese también contado entre los nominalistas, si bien de modo injusto, porque para él el universal tenía mucha mayor realidad que una vox
Conferir expresión a su conceptualismo tuvo que resultarle difícil a Abelardo, porque aquélla tenía forzosamente que componerse de contradicciones. un epitafio de Abelardo encontrado en un manuscrito oxoniense nos procuraría, a mi parecer, una acertada resemblanza de lo paradójico de su doctrina: 
«Él enseñó que las palabras significan junto con las cosas, 
y que las palabras hacen, significándolas, las cosas reconocibles; 
corrigió los errores de los géneros y los de las especies. 
Puso a género y especie sólo en la palabra, 
e hizo ver que género y especie juicios son. 
… 
Así se demuestra que animal es un género y ningún animal. 
Y que tanto al hombre como a ningún hombre se le llama especie.
»
En la medida en que la expresión buscada tenga en principio que basarse en un único punto de vista —que en este caso es el intelectual—, los opuestos difícilmente pueden formularse de otra manera que con paradojas. no debemos olvidar que nominalismo y realismo están ante todo separados por una diferencia de naturaleza a la postre no sólo lógico-intelectual, sino también psicológica, que en último término acaba cristalizando en la diferenciación típica de dos actitudes psicológicas distintas hacia el objeto y hacia la idea. La persona orientada hacia lo ideal capta las cosas y reacciona ante ellas desde el punto de vista de la idea. Pero la orientada hacia el objeto las capta y reacciona ante ellas desde el punto de vista de su sensación. Lo abstracto ocupa para ella un segundo plano, por lo que, exactamente al revés de lo que le ocurre a la primera, lo que en las cosas tiene que pensarse le parece lo menos importante. La persona orientada hacia el objeto será nominalista por naturaleza —«el nombre es ruido y humo»— en la medida en que todavía no haya aprendido a compensar su actitud orientada hacia el objeto. De haberlo hecho, se convertirá, siempre que tenga madera para ello, en un argumentador rigurosísimo, cuya precisión, método y sobriedad no tendrán rival. La persona orientada hacia lo ideal piensa ya lógicamente por naturaleza, por lo que en el fondo le resulta imposible entender y apreciar el manual de lógica. De evolucionar en dirección a la compensación de su tipo, se convierte, como vimos en el caso de Tertuliano, en una persona apasionadamente volcada en el sentimiento, pero cuyas emociones permanecen sin excepción dentro de la órbita de sus ideas. La persona que ha llegado a ser lógica a resultas de la compensación permanece junto con su mundo de ideas dentro de la órbita de sus objetos. 
Con estas reflexiones llegamos al reverso de la medalla del pensamiento de Abelardo. Su ensayo de solución es parcial. Si el conflicto entre nominalismo y realismo no fuera otra cosa que una simple controversia lógico-intelectual, no habría forma humana de entender los motivos de que su formulación final no pueda ser más que paradójica. Pero como se trata de una antítesis psicológica, una formulación unilateralmente lógico-intelectual tiene que desembocar en una paradoja: «Así, tanto al hombre como a ningún hombre se le llama especie». La expresión lógico-intelectual es absolutamente incapaz, aun en la forma del sermo, de proporcionarnos esa fórmula intermedia que haga justicia por igual a la esencia de las dos actitudes psicológicas enfrentadas, pues ha sido enteramente ganada para su causa por la parte abstracta y carece de todo reconocimiento hacia la realidad concreta. 
Toda formulación lógico-intelectual —por completa que sea— se sacude de encima la vitalidad e inmediatez de la impresión causada por el objeto. Tiene que hacerlo así, para poder llegar siquiera a una formulación. Pero de este modo termina justamente por perderse de vista lo que a la actitud extravertida le parece ser lo más importante de todo, es decir, su vinculación con el objeto real. De ahí que no exista ninguna posibilidad de encontrar una fórmula satisfactoria y unificadora por la vía de una u otra actitud. Y, sin embargo, en esa escisión no puede el hombre instalarse —ni siquiera aunque su mente pueda hacerlo así—, porque lo que en ella está ventilándose no es un abstruso argumento filosófico, sino el problema, que insiste cada día en volver a presentarse, de sus relaciones consigo mismo y con el mundo. Y porque ése, y no otro, es en el fondo el problema, tampoco esa escisión puede resolverse polemizándose sobre argumentos nominalistas y realistas. Para solucionarla se necesita de un tercer punto de vista que oficie de mediador. Al esse in intellectu le falta la realidad tangible, y al esse in re, el espíritu. Pero idea y objeto se encuentran la una con el otro en la psique del hombre, la cual mantiene el equilibrio entre la primera y el segundo. ¿Qué es en último término la idea si la psique no le confiere valor viviente? ¿Y qué es la cosa objetiva si la psique la despoja del vigor de la impresión sensible? ¿Qué es la realidad, de no ser ella una realidad en nosotros, un esse in anima? La realidad viva no viene dada en exclusiva ni por el comportamiento fáctico y objetivo de las cosas ni por la fórmula ideal, sino únicamente por la fusión de ambos en el proceso psicológico vivo, en el esse in anima. Sólo a través de la específica actividad vital de la psique alcanza la percepción de los sentidos esa hondura de impresión, y la idea esa fuerza operante, que constituyen ambas parte integrante e indispensable de una realidad viva. 
Esa actividad autónoma de la psique, que no cabe explicar ni como una reacción refleja al estímulo de los sentidos, ni como un órgano ejecutivo de ideas eternas, es, como cualquier otro proceso vital, un acto creador incesante. La psique está creando diariamente la realidad. Para esta actividad no tengo otro nombre que el de «fantasía». Ésta es tanto sentimiento como idea, tanto intuición como sensación. No hay una sola función psíquica que no se halle en ella indistinguiblemente mezclada con las demás funciones psíquicas. A veces se manifiesta en formas primitivísimas, y a veces como el último y más audaz producto de la síntesis de todas nuestras facultades. Debido a ello, considero que es la expresión más clara de la actividad específica de la psique. Es ante todo la actividad creadora, de la que manan las respuestas a todas las preguntas que pueden responderse, y la matriz de todas las posibilidades, en la que, al igual que las demás antítesis psicológicas, están también vivientemente unidos mundo externo e interno. Ella fue la que tendió y sigue aún tendiendo el puente entre las reclamaciones irreconciliables de sujeto y objeto, de introversión y extraversión. Sólo en la fantasía están unidos ambos mecanismos.

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