Antonio Escohotado, De physis a polis. La evolución del pensamiento filosófico griego desde Tales a Sócrates / Pero Heráclito no se limita a dar el paso de un cosmos fáctico a un cosmos racional o «lógico», sino que su propio modo de plantear la unidad de la diferencia lleva consigo un concepto concreto de la actividad ...
Con todo, lo inmediato no es ni germinal ni acabado. Buscar su sentido por el lado de la cosa lleva implícito comprender que lo propio de ella es poseer determinaciones y no identificarse jamás de modo pleno con ellas. Podría decirse que son las determinaciones lo cambiante y regido por el ir y venir, mientras la cosa permanece fija en sí misma acogiendo caracteres y despidiéndose de ellos. No obstante, lo fijo y perfecto de suyo en toda presencia son las determinaciones, por más que varíen de cosa a cosa y dentro de cada una; blanco, grande, sólido son cualidades dadas para siempre que carecen de devenir y no están inmersas en la finitud temporal, como acontece genéricamente con todo predicado mientras permanezca como predicado de una cosa. Al mismo tiempo, esas cualidades perfectas y fijas son la finitud misma en forma de pluralidad abierta, los nombres y figuras del puro límite, en cuyo concepto hay una especie de eternidad que no se ve alterada por la combinación y sucesión de presencias. La cosa se aproxima en mayor o menor medida a esos límites que tomados en abstracto ni nacen ni mueren, y es ella —sólo ella— aquello que brota y se desvanece. Con todo, las cualidades mismas están marcadas por la «discordia» o la relación en general, por la antítesis de cada una con un contrario y por la suposición recíproca. No sólo «blanco» proviene de contrastarse con «negro»; como color, supone una extensión, una divisibilidad de lo extenso, etc. De igual manera «sólido» se opone a «etéreo», pero como momento de la densidad parte además de grados en la concentración, etc. De hecho, las cualidades son la verdadera injusticia presente en el cosmos con arreglo a la perspectiva del saber arcaico, porque ninguna es sino contraposición velada, algo que viene de un opuesto con idéntica genealogía o pura dualidad.
Lo único claro entonces es que la paradoja de continuidad y discontinuidad en la presencia ha de estar en otra parte, en el ver antes que en lo visto. La cosa en sí, sin cualidades, es un fantasma irreal. Las cualidades puras, desligadas de aquello que determinan, no son menos irreales. Sólo la unidad de ambas forma la presencia concreta, el hecho múltiple que expone el contenido del cosmos, la población universal. Pero esa unidad es justamente el «proceso» antes dejado en suspenso, la vigilia que capta la presencia como actividad y nada más. La cosa no es cosa, el hecho es una mera secuencia del hacer, constatación que Heráclito enuncia continuamente como primera certeza de todo saber referido a lo concreto: «Lo mismo es viviente y muerto, despierto y dormido, joven y viejo; pues esto al cambiar es aquello y aquello es de nuevo esto».
La presencia afirmativa y fija no pasa de ser un sueño de la percepción, que se paga al precio del sinsentido universal. No se trata de que en relación a otra cosa, como lo Uno o lo indefinido, esas precisiones sean apariencias falsas o se anulen. Esto es exactamente lo que Heráclito rechaza a título de falso saber. La presencia constituye el claro donde lo unilateral combate por su cumplimiento, y como presencia concreta es el fenómeno de esa lucha por la realización. El «lo mismo» de viviente y muerto, joven y viejo, etc., es por eso lo más alejado que cabe imaginar de un tercero omnicomprensivo e indiferente a la oposición entre determinaciones tales. «Lo mismo» significa «una sola acción». Este es el punto decisivo de su saber, aquello que importa sobre todo lo demás. Pero Heráclito no se limita a dar el paso de un cosmos fáctico a un cosmos racional o «lógico», sino que su propio modo de plantear la unidad de la diferencia lleva consigo un concepto concreto de la actividad. La actividad no es una serie, un curso uniforme como el tiempo de los relojes o el numero. Si Heráclito hubiese tenido en mente algo similar sus imágenes no habrían sido arriba-abajo, fuego-agua, vivo-muerto, mostrarse-ocultarse, etc., porque la acción a la cual se refieren implica verdadera ruptura, un desgarramiento efectivo y una contraposición. Lo «mismo» de esos contrarios no es que en definitiva lo parecido supere a lo dispar, sino algo mucho más profundo: brotado a la presencia un hacer tal como la vida, por ejemplo, se sigue de ello mismo —de su logos— que sólo exista levantando su límite, que esté siempre en producción (en-ergía, en-obra), y ese carácter activo hace de su ser una sucesión de estados, un devenir; en el hacer designado «vida», por continuar con el ejemplo, lo que se lleva a cabo es precisamente la vida, y en el trance de hacerse esa precisa actividad inventa la muerte, el sueño, el despertar, la juventud, la vejez, etc., como determinaciones necesarias de su proyectarse sobre el propio contenido.
En ningún momento dice Heráclito que esto es aquello. Al contrario, se interpone entre cada momento el «cambiar», y sólo cuando esto cambia surge aquello. No hay indiferencia entre las determinaciones, como tampoco nivelación, sino más bien el fuego viviente del cambio efectivo, de la diferenciación que apaga y enciende presencias dentro de la aventura de cada actividad específica. Joven cambia en viejo, no es viejo; sólo que este cambio representa un cese y no lo representa. Cuanto cabe saber al respecto es que la acción precisa denominada «vida» no permanece en joven únicamente, y dentro de ese orden de cosas inventa muchos estados más. Pero no hay algo como joven + tiempo viejo, porque el devenir está en la vida misma y, por tanto, en cada uno de sus estados. El cambiar deja entonces de ser un verse sustituido puro y simple, aunque no deja de ser una lucha, puesto que en el proyectarse de toda actividad hay una violencia inherente. En consecuencia, joven no es desplazado por otra cosa, y más bien «se hace» o llega a otra cosa. No inmerso en el tiempo sino siendo en sí tiempo, joven deviene viejo. Pero si es tiempo en sí mismo, el llegar a viejo de joven es y no es llegar a otra cosa; implica una alteración completa y a la vez una completa continuidad, implica que joven se ha suprimido y se ha conservado simultáneamente en el cambiar, y que por eso ha cambiado y no ha cambiado.
De ahí que la diferencia se mantenga en cuanto tiene de necesitar una operación práctica el paso de lo uno a lo otro, y que se suprima en cuanto tiene de hechos aislados entre sí. Pero al captar esa unidad activa de la diferencia Heráclito ha descubierto la dialéctica, el movimiento interior y espontáneo de las determinaciones, no ya al nivel de conceptos abstractos —al modo de los pitagóricos— sino como dialéctica objetiva, inscrita en la propia physis. Por lo demás, esto mismo anuncia al decir: «no escuchándome a mí, sino al logos». La convergencia de lo divergente nada tiene en común con un arte dialéctica o con la meta de una enseñanza retórica. Acontece más bien que habla a través del hombre como simple conciencia verbal del cosmos y se deja decir por él. En cuanto al contenido de este decir, se expresa en la aseveración de que «uno (es) todo» en el mismo fragmento, pero carece ahora del significado vago y genérico de las declaraciones precedentes. El «uno todo» es «la armonía de lo que retorna sobre sí mismo», la dialéctica de lo concreto emergiendo como devenir universal; cada acto reitera en su proceso el peculiar movimiento del logos mismo pronunciando la presencia, entendida como el aventurarse o proyectarse de la actividad que es al mismo tiempo ir a lo otro e inventar su propia forma.
Antes de pasar a esa vida del logos conviene precisar el sentido de su dialéctica en lo natural inmediato. Con Heráclito se produce una comprensión acabada del poner y el suprimir, de lo positivo y lo negativo, lo cual implica plantearse por primera vez el problema de la presencia como presencia. Puesto que el saber anterior era llevado de la presencia a lo subyacente pero no pensaba en lo subyacente esa operación previa, sino una base pura y simple, lo negativo era perder la presencia en cuanto implicaba una pérdida simultánea de la base; mante nerse era lo contrario de perecer en el sentido liso y llano de «lo uno quita lo otro», porque en su forma adialéctica la presencia proviene del límite y, sin embargo, sólo lo manifiesta como ge neral concreción de todo. El límite no es allí ser de la presencia, en cuanto que lo negativo sólo aparece como aniquilación contrapuesta a conservación. La presencia no está «encerrada» en el límite que es la presencia misma en cuanto detención. Si algo sale de la presencia es porque otro algo lo ha sustituido, y jamás queda por delante la presencia sin un límite, el puro éter. Resulta inconcebible entonces un proceso en la presencia —esto es, algo uno pero diferente y sucesivo en sí mismo— en cuanto que la nada, el no-ser, etc., se encuentra exclusivamente en la desaparición de la presencia; todo proceso será para ese pensar una multitud de negaciones aisladas entre sí. Pero ¿qué significa específicamente el proceso de la actividad? Que el límite no está para la presencia sólo en el antes o el después de ella, que está igualmente en el presente, o que es el presente bajo la forma de «determinación con consecuencias». Esa «determinación con consecuencias» constituye el ser de la presencia, el logos, cuando el contenido se concibe vuelto sobre sí mismo; pero cuando simplemente se tiene como «siempre» o «medio» de la presencia hace descubrir en ella un movimiento hasta entonces ve lado. «Salir» de la presencia ya no es perder el presentarse y también lo presente; ninguna cosa «sale» en realidad de la pre sencia, sino que todas «llegan a» la presencia de su acción, den tro de cuyo cumplimiento se incluye una metamorfosis.
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