Henry Corbin, Templo y contemplación / Y esta distancia nos importa tanto más cuanto que la visión del ángel, y por tanto la Imago Templi, no emergen de la negatividad de un inconsciente, sino que descienden de un nivel de supraconciencia positivamente diferenciado. Este orden de percepción imaginativa es calificado por Haydar Amoli, gran intérprete chiíta de Ibn 'Arabi, como el de las imágenes intelectivas», imágenes metafísicas (amthila 'aqliya). Y ésta es la clave que nos permite acceder a la metafísica de la Imago Templi ...


Un gran escritor israelí de nuestros días, Elie Wiesel, ha puesto como epígrafe de
Le Serment de Kolvillàg, uno de sus libros más conmovedores, esta cita del Talmud: «Si los pueblos y las naciones hubieran sabido el daño que se hacían a sí mismos destruyendo el templo de Jerusalén, habrían llorado más que los hijos de Israel». Estaba todavía meditando las resonancias lejanas de estas líneas cuando en una obra reciente encontraba este otro epígrafe, debido al historiador Ignaz von Döllinger: «Si se me preguntase por los dies nefastus de la historia del mundo, me vendría a la mente el 13 de octubre de 1307» (día de la detención masiva de Templarios franceses por orden de Felipe el Hermoso). Y algunas páginas más adelante, en la misma obra, se recuerda «una leyenda que tiene por marco el circo de Gavarnie, en los Pirineos, donde reposan en una capilla seis caballeros del Temple. Todos los años, en el aniversario del último gran maestre de la Orden, el 18 de marzo, se ve aparecer a un caballero del Temple llevando, en lugar de su mortaja, la célebre capa blanca con la cruz roja paté. Está en actitud de combate y con la lanza dispuesta. Se dirige a paso lento hacia el centro de la capilla y lanza una llamada desgarradora, cuyo eco resuena en el circo de las montañas: "¿Quién defenderá el santo Templo?. ¿Quién liberará la tumba de Cristo?". Al oír esta llamada, los seis Templarios enterrados cobran vida de nuevo y se levantan para responder por tres veces: "Nadie! ¡Nadie! ¡Nadie! El templo está destruido"».
El lamento de los sabios talmudistas y el clamor fúnebre que vibra en un circo de los Pirineos se hacen eco mutuamente, pues sitúan en el corazón de la historia del mundo la misma catástrofe: la destrucción del templo, del mismo templo. Sin embargo, se observa también en el curso de los siglos, oponiéndose a esta desesperanza, la tenacidad de un desafío permanente, la recurrencia de la imagen triunfal de la reconstrucción del templo, el advenimiento del nuevo templo que se amplifica hasta las dimensiones de una restauración cósmica. Las dos imágenes, destrucción y reconstrucción del templo, son inseparables una de otra. Se ali- mentan en la misma fuente para configurar una visión del mundo que en las dos dimensiones, horizontal y vertical, está dominada por la imagen del templo, Imago Templi, y que hace indisociables el destino de la ciudad-templo y el destino de la comunidad-templo en la persona de los caballeros Templarios.
Si utilizo el término Imago Templi es a fin de tematizar y estabilizar en una expresión latina ne varietur, que escapa a las vicisitudes de las traducciones, una intención precisa. Debo decir entonces cómo esta Imago Templi se ha impuesto finalmente a un investigador de la gnosis islámica como es mi caso, no desviándome de ella sino, al contrario, haciéndome penetrar hacia el núcleo de lo que constituye el objeto de mi estudio. Explicarlo será, al mismo tiempo, esbozar las fases de nuestra exposición.
A diferencia de nuestros modernos filósofos de la historia, nuestros teósofos visionarios han tenido siempre a alguien, un mensajero personal, que viene a instruirles y que se convierte en su guía. ¿De dónde procede ese guía? En el célebre relato de Hayy ibn Yaqzân, redactado por Avicena, a la demanda del visionario que le pregunta de dónde viene, el mensajero, el ángel, responde: «Vengo del TEMPLO», exactamente de Bayt al-Maqdis, término que es el equivalente árabe literal del hebreo Bêt ha-miqdash: la «casa sacrosanta», ciertamente, pero tengase en cuenta que el símbolo de la morada para designar el templo es, como se sabe, de uso corriente. El término árabe designa a Jerusalén, pero en la respuesta dada en Avicena no se trata de la Jerusalén de este mundo; se trata del templo celestial al que Jerusalén representa. Encontramos la misma respuesta en los relatos visionarios de Sohravardi. A menudo incluso, para más precisión, se intercambian ahí las expresiones Na- Kojâ-âbâd, el «país del no-dónde», Rûḥ-âbâd, el «país del Espíritu». A partir de aquí, se plantea la pregunta: ¿en qué límite tiene lugar el encuentro del visionario con el ángel «que viene del templo»? Y por consiguiente, también, ¿en qué limite aflora para el visionario esa imagen del templo para que reciba la revelación del ángel que pertenece al templo?
Nuestros teósofos místicos se han explicado con toda claridad en este punto, y no hacen más que manifestar un profundo acuerdo con todos los visionarios del «nuevo Templo». Se trata de un mundo que determina una experiencia espiritual fundamental, cuyo secreto se nos escapa à inicialmente a los occidentales porque ese mundo se ha convertido para nosotros, desde hace varios siglos, en un continente perdido. Se trata de ese mundo situado en posición intermedia entre lo inteligible puro y la percepción sensible, mundo para el que he propuesto la designación de imaginal ('âlam al-mithâl, mundus imaginalis), para evitar toda confusión con lo que se llama corrientemente lo imaginario.
Entendámonos bien. Nuestros teósofos visionarios, los ishrâqiyûn de Sohravardi, no están menos advertidos que nosotros de los peligros de lo imaginario. Recordaré en pocas palabras la metafísica de la imaginación de Sohravardi. La imaginación ofrece un doble aspecto, cum- ple una doble función: hay por una parte una imaginación pasiva o representativa (khayâl) que es sencillamente el tesoro que recoge todas las imágenes percibidas por el sensorium, que es a su vez el espejo en el que convergen todas las percepciones de los sentidos externos. Por otra parte, hay una imaginación activa (motakhayyila). Ésta se encuentra situada entre dos fuegos: puede sufrir dócilmente los mandatos de la facultad estimativa (wahmiya), y el animal rationale juzga entonces las cosas de una manera que se relaciona con la de los animales. Puede caer y cae de hecho en todos los delirios y elaboraciones monstruosas de lo imaginario, y opone negaciones obstinadas a los juicios del intelecto. Pero, por el contrario, la imaginación activa puede ponerse exclusivamente al servicio del intelecto, en cuanto a su función que es común a filósofos y profetas (el intellectus sanctus). Toma entonces el nombre de cogitativa o meditativa (mofakkira: señalemos que ése es otro nombre de la imaginación activa, de la imaginadora).
Todo el esfuerzo consistirá en purificar y liberar la vía interior para que lo intelectivo percibido en el nivel de lo imaginal se refleje en el espejo del sensorium y se traduzca en una percepción visionaria. Me parece que estamos aquí bastante lejos ya de los límites que se impone la psicología. Y esta distancia nos importa tanto más cuanto que la visión del ángel, y por tanto la Imago Templi, no emergen de la negatividad de un inconsciente, sino que descienden de un nivel de supraconciencia positivamente diferenciado. Este orden de percepción imaginativa es calificado por Haydar Amoli, gran intérprete chiíta de Ibn 'Arabi, como el de las imágenes intelectivas», imágenes metafísicas (amthila 'aqliya). Y ésta es la clave que nos permite acceder a la metafísica de la Imago Templi.

Comentarios