Edgar Wind, Los misterios paganos del Renacimiento / Lo que tiene el hombre de más divino e inmortal es inaccesible a la percepción... Y también en el temperamento del cuerpo físico, mientras que la flema y la sangre son familiares a los sentidos y tangibles, lo que más contribuye a la vida, es decir el espíritu, es lo menos aparente ...
La doctrina de que Pan está oculto en Proteo, de que la mutabilidad es la puerta secreta a través de la cual lo universal invade lo particular, merece un cierto crédito por un peculiar logro filosófico: proporcionó una convincente justificación mística de un sensible estado de ánimo. «Está escrito», dijo N. de Cusa, «que Dios se oculta a los ojos de todos los sabios». Pero puesto que el Uno último es invisible, Sus manifestaciones visibles tienen que ser múltiples. El pluralismo poético es el corolario necesario del radicalismo místico del Uno. Para los platónicos renacentistas, como para el mismo Platón, un uso variado y generoso de metáforas era esencial para la adecuada veneración del inefable dios. «Todos esos nombres», escribió N. de Cusa refiriéndose a los numerosos nombres dados a la divinidad por los paganos, «no son más que el despliegue de un nombre inefable y, puesto que el nombre que realmente pertenece a Dios es infinito, éste abarca innumerables nombres derivados de perfecciones determinadas. Por lo tanto, el despliegue del nombre divino es múltiple, y siempre capaz de aumentar, y cada nombre está relacionado con el auténtico e inefable, así como lo finito está relacionado con lo infinito».
Aunque esté expresado en la terminología de la Docta ignorantia, este argumento repite un punto de vista corriente entre los antiguos neoplatónicos: «Yo he sido iniciado en muchos misterios sagrados en Grecia», decía Apuleyo, «aprendí adoración sobre adoración, innumerables ritos y diversas ceremonias en mi celo por la virtud y mi deber hacia los dioses». La misma alabanza fue hecha por Marino sobre Proclo, y de Juliano por Líbano; y antes que ellos, Filón extendió el mismo principio a una revelación hebrea múltiple: «Si te encuentras con cualquier iniciado, presiónale estrechamente y únete a él hasta que te inicie en algún nuevo misterio. Únete a él hasta que lo conozcas perfectamente. Porque yo mismo he sido iniciado por Moisés, el amado de Dios, en los más Grandes Misterios. Y sin embargo cuando vi al profeta Jeremías y supe que no sólo era un iniciado, sino un gran hierofante, no abandoné su compañía».
Se ha acusado a estos filósofos de ser ilógicos en su deseo de «ser iniciados en la mayor cantidad de misterios posible», porque «lógicamente, según la teoría de que los diversos nombres divinos pertenecen a una unidad, un solo misterio debiera ser suficiente». Pero, lógicamente, los neoplatónicos adoptaron la premisa contraria; es decir, que la revelación múltiple es la contrapartida necesaria al «Uno más allá del Ser». Con cierta razón argumentaron que creer en una revelación única del Uno sería contrario a las enseñanzas de Platón. El Symposium puso en guardia contra la veneración de la Belleza trascendente en una forma única; y en el Parménides (y también en la Séptima Carta) Platón luchó contra el peligro de confundir el Uno con una de sus formas, mediante la introducción del método de la dianoia, la experimentación de todas las posibles alternativas de afirmar y negar el Uno en lo Múltiple. El pathos de la postura platónica fue expresado con notable vigor por Máximo de Tiro al concluir su defensa de los ídolos con una invocación al Dios oculto:
El Mismo Dios, padre y hacedor de todos nosotros, es más antiguo que el Sol o el Cielo, más grande que el tiempo y la eternidad y que todo el surgimiento del ser, innombrable por cualquier legislador, inalterable por cualquier voz, invisible a toda mirada. Pero nosotros, siendo incapaces de aprehender su esencia, nos ayudamos con sonidos, nombres y representaciones hechas de oro, marfil y plata, con plantas y ríos, cumbres de montunas y torrentes ansiando Su conocimiento, y ante nuestra debilidad, calificamos todo lo que hay de bello en este mundo según Su naturaleza, al igual que hacen los amantes terrenales. Para éstos la más maravillosa visión será la de las facciones del amado, pero en nombre del recuerdo, será feliz a la vista de una lira, de una espada, de una silla y, tal vez, de un desprendimiento de tierras y de todo aquello que despierte el recuerdo del amado. ¿Por qué habría de examinar más y enjuiciar las imágenes? Dejemos que el hombre sepa qué es lo divino, dejémosle; eso es todo. Si un griego es movido al recuerdo de Dios por el arte de Fidias, un egipcio por la adoración de animales y otro hombre por un río y otro por el fuego, no siento ira ante sus divergencias; sólo dejémosles conocer, dejémosles amar, dejémosles recordar.
El De pace seu concordantia fidei de N. de Cusa está en gran parte lleno de un razonamiento similar. Argumentaba que, aunque sea indispensable para una mente finita, no hay imagen o ritual finitos que sean adecuados para representar lo infinito. Pero el reconocimiento de que «entre lo finito y lo infinito no hay medio» no debiera sólo poner humildad en el creyente, sino proporcionarle una clave para la paz religiosa; porque al mismo tiempo que todas las religiones coinciden en reconocer el infinito, sólo surgen diferencias en cuanto surge lo finito. Una religio in rituum varietate. Las perfecciones finitas de cada rito, que son la causa de su colisión con otros ritos, esconden e implican una perfección infinita, de la cual son símbolos limitados. «Los signos varían, pero no lo significado».
Meditando acerca del «rostro de Dios» (De visione Dei) N. de Cusa se maravillaba, sin dolor, de los muchos rostros diferentes que le atribuían a Dios sus adoradores. «Si el león tuviera que atribuirte un rostro, imaginaría el rostro de un león; si fuese un buey, el de un buey; el águila, el de un águila. ¡Oh Dios, qué maravilloso es tu rostro que los jóvenes sólo lo pueden concebir juvenil, los hombres sólo varonil y los ancianos venerable!... ¡Oh rostro maravilloso, cuya belleza son incapaces de admirar aquellos que llegan a verla! El rostro de todos los rostros está velado en todos los rostros y sólo es visto en un enigma. No se encuentra desvelado hasta que uno ha penetrado, más allá de todas las visiones, en un estado de profundo silencio en el que no queda nada para imaginar o conocer un rostro. Porque en tanto que no se alcanza esa oscuridad, esa nube, esa negrura, es decir, esa ignorancia en que aquél que busca tu rostro entra cuando trasciende todo conocimiento y entendimiento, hasta entonces, tu rostro sólo puede alcanzarse velado. Esa misma oscuridad, sin embargo, demuestra que es en esa trascendencia de todos los velos donde se encuentra presente el rostro... Y cuanto más densamente se siente la oscuridad, más verdadero y cercano es el acercamiento —en virtud de esa oscuridad— a la invisible luz».
La unión de contrarios en el «Dios velado», cuya cegadora luz es impenetrable oscuridad, es repetida por las múltiples «visiones de Dios» en grados más imperfectos y menores. Por lo tanto, N. de Cusa no tenía objeción contra el politeísmo o contra las visiones polimórficas de la deidad. Al igual que Proclo las consideraba estadios preliminares de la iniciación. «Aquellos que son introducidos en los misterios» escribía Proclo, «al principio se encuentran con dioses multiformes y plurivalentes, pero una vez que se adentran y son enteramente iniciados... participan de la auténtica Deidad». En De ludo globi N. de Cusa comparó esa ley de regresión (desde imágenes exteriores múltiples hacia Una interior) con una ley de la naturaleza planteada por Aristóteles. «Las fuerzas elementales», según Aristóteles, «poseen la más pequeña extensión en el poder más grande... La fuerza inherente en una chispa es la de todo el fuego... Una pequeña simiente posee la fuerza de muchos granos... El corazón de lo aparente está en lo oculto, lo exterior depende de lo interior. La piel y la corteza están ahí debido a los músculos y a la médula, y éstos, están ahí gracias a la fuerza invisible que se esconde en ellos».
Erasmo repitió este argumento en los Adagia bajo el título Sileni Alcibiades: «Así pues, lo más importante siempre es lo más conspicuo. Un árbol sorprende a la mirada con flores y follaje y muestra la potencia de su tronco: pero la savia, de la cual extraen aquéllos su fortaleza, qué pequeña es y qué escondida está... El oro y las gemas han sido escondidos por la Naturaleza en las profundidades de la tierra... Lo que tiene el hombre de más divino e inmortal es inaccesible a la percepción... Y también en el temperamento del cuerpo físico, mientras que la flema y la sangre son familiares a los sentidos y tangibles, lo que más contribuye a la vida, es decir el espíritu, es lo menos aparente. Y en el Universo, las cosas más grandes son invisibles, como las llamadas substancias separadas. Y lo más supremo entre ellas aún está más lejos... Dios, ininteligible e inaprehensible, porque Él es la fuente única de todo».
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