Pierre Hadot, Ejercicios espirituales y filosofía antigua / La filosofía antigua no aspira nunca a la construcción de ningún sistema abstracto, sino que se muestra como una llamada a la conversión en virtud de la cual el hombre regresa a su naturaleza original (episthrophé), arrancado violentamente de la perversión que rodea al común de los mortales gracias a una profunda alteración de la totalidad del ser (en esto consiste la metanoia) ...


Según su significado etimológico, conversión (del latín conversio) significa «giro», «cambio de dirección». El término serviría entonces para designar cualquier tipo de retorno o de transposición. De este modo la lógica se sirve de esta palabra para referirse a esa operación por la que son invertidos los términos de una proposición. El psicoanálisis la utiliza, por su parte, para designar la «transferencia de un conflicto psíquico y el intento de transferirlo a una serie de síntomas somáticos, motores o sensitivos» (Laplanche y Pontalis, Vocabulaire de la psychoanalyse). En el presente artículo estudiaremos la conversión en su acepción religiosa y filosófica; se trata en este caso de un cambio de concepción mental, que puede ir desde la simple modificación de una opinión hasta la transformación absoluta de la personalidad. La palabra latina conversio corresponde de hecho a dos términos griegos de diferente sentido, por una parte a epistrophe, que significa «cambio de orientación» y que implica la idea de un retorno (retorno al origen, retorno a uno mismo), y por otra a metanoia, que significa «cambio de pensamiento», «arrepentimiento», sugiriendo la idea de mutación y renacimiento. Se produce por lo tanto dentro del concepto de conversión cierta oposición interna entre la idea de «vuelta al origen» y la de «renacimiento». Tal polaridad fidelidad-ruptura ha marcado fuertemente la consciencia occidental desde la aparición del cristianismo. 
Por más que la representación que suele hacerse del fenómeno de conversión resulte bastante tópica, éste no ha dejado de experimentar cierta evolución histórica, pudiéndose manifestar bajo un importante número de formas distintas. Será necesario, así pues, estudiarlo desde múltiples perspectivas: psicofisiológica, sociológica, histórica, teológica, filosófica. En todos estos planos el fenómeno de la conversión refleja la irreductible ambigüedad de la realidad humana. Por una parte, ofrece un testimonio de la libertad del ser humano, capaz de transformarse por entero gracias a la reinterpretación de su pasado y futuro; por otra, revela que tal transformación de la realidad humana es resultado de la invasión de fuerzas exteriores al yo, ya se trate de la gracia divina o de una norma psicosocial. Puede decirse que la idea de conversión supone uno de los conceptos constituyentes de la consciencia occidental: en efecto, cabe representarse la historia de Occidente como un intento siempre renovado de perfeccionamiento de las técnicas de «conversión», es decir, de las técnicas destinadas a transformar la realidad humana, ya sea aproximándola a su esencia originaria (conversión-retorno) o modificándola de manera radical (conversión-mutación). 
I. Formas históricas de la conversión 
La Antigüedad precristiana 
En la Antigüedad el fenómeno de la conversión aparecía no tanto en el ámbito de lo religioso como en los órdenes político y filosófico. Y es que todas las religiones antiguas (salvo el budismo) son religiones del equilibrio, para servirnos de la expresión de Van der Leeuw: los ritos aseguran una especie de intercambio de prestaciones entre Dios y los hombres. La experiencia interior que correspondería a tales ritos, al constituir en cierto modo su reverso psicológico, no juega un papel fundamental. Tales religiones no reivindican para sí, pues, la totalidad de la vida interior de sus adep tos, mostrándose altamente tolerantes en la medida en que pueden integrar muchos ritos y cultos de procedencia distinta. En ocasiones se producen determinados fenómenos de contagio o propaganda, como sucedió durante la expansión de los cultos dionisíacos o, al fi nal de la Antigüedad, de los cultos mistéricos. Estos movimientos religiosos darían lugar a experiencias extáticas en las cuales el dios tomaba posesión del iniciado. De cualquier manera, incluso en tales casos extremos, no se produce una «conversión» absoluta y exclusiva. Tan sólo, quizá, la iluminación budista reviste este carácter de cambio en profundidad capaz de afectar por entero al individuo. Por eso las inscripciones referidas al rey indio Asoka (268 a. C.) resultan tan interesantes. En ellas puede verse al rey aludir a su propia conversión al budismo, pero también a la transformación moral que se ha operado en todos los órdenes tras su iluminación. 
Sería sobre todo en el terreno político en el que los hombres de la antigua Grecia experimentarían la conversión. La práctica democrática de la discusión judicial y política les descubrió la posibilidad de «cambiar el alma» del adversario mediante el hábil manejo del lenguaje, mediante el uso de mecanismos de persuasión. Las técnicas de la retórica, arte de la persuasión, se van constituyendo y codificando poco a poco. Se les revela así la fuerza política de las ideas, el valor de la «ideología», para utilizar una expresión moderna. La guerra del Peloponeso supone un buen ejemplo de tal forma de proselitismo político. 
Más radical todavía pero menos extendida es la conversión filosófica. Por lo demás, en sus orígenes se encuentra estrechamente ligada a la conversión política. Pues la filosofía platónica supone antes que nada una teoría de la conversión política: a fin de cambiar la ciudad es necesario transformar a los individuos, pero sólo el filósofo está realmente en disposición de lograrlo porque él mismo es ya, en cierta manera, un «convertido». Puede observarse cómo aparece aquí por vez primera una reflexión acerca del concepto de conversión (República, 518c). El filósofo es un converso, puesto que ha sido capaz de apartar su mirada desde las sombras del mundo sensible y de dirigirla hacia esa luz que emana de la idea del Bien. Y toda educación implica una forma de conversión. Las almas disponen de la posibilidad de contemplar esa luz del Bien. Pero su mirada está mal orientada, por lo que la tarea educativa consistirá en dirigir la mirada hacia la buena dirección. Entonces se producirá una absoluta transformación del alma. Si los filósofos se hacen con el gobierno de la ciudad, ésta será «convertida» a la idea del bien. Después de Platón, las escuelas estoica, epicúrea y neoplatónica tratarán no tanto de convertir la ciudad como a los individuos. La filosofía deviene entonces, en esencia, en acto de conversión. Habrá que entenderla pues como un acontecimiento provocado en el espíritu del oyente en virtud de la palabra del filósofo. Implica así una ruptura absoluta con la forma habitual de vida: cambio de vestimenta y amenudo de régimen alimenticio, a veces acompañado de la renuncia a la participación en asuntos políticos, constituyendo una total transformación de la vida moral mediante la práctica asidua de numerosos ejercicios espirituales. De este modo el filósofo accede a la tranquilidad espiritual y a la libertad interior, en una palabra, a la beatitud. Desde esta perspectiva la enseñanza filosófica tiende a adoptar forma de predicación, en la cual los recursos de la retórica o de la lógica son puestos al servicio de la conversión del alma. La filosofía antigua no aspira nunca a la construcción de ningún sistema abstracto, sino que se muestra como una llamada a la conversión en virtud de la cual el hombre regresa a su naturaleza original (episthrophé), arrancado violentamente de la perversión que rodea al común de los mortales gracias a una profunda alteración de la totalidad del ser (en esto consiste la metanoia).

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