Giorgio Colli, El nacimiento de la filosofía / Si la investigación sobre los orígenes de la sabiduría conduce a Apolo, y si la manifestación del dios en esa esfera se produce mediante la «manía», en ese caso habrá que considerar la locura intrínseca a la sabiduría griega, desde su primera aparición en el fenómeno de la adivinación ...


Si la investigación sobre los orígenes de la sabiduría conduce a Apolo, y si la manifestación del dios en esa esfera se produce mediante la «manía», en ese caso habrá que considerar la locura intrínseca a la sabiduría griega, desde su primera aparición en el fenómeno de la adivinación. Y, en efecto, precisamente un sabio, Heráclito, es quien anuncia esa conexión : «La Sibila con boca insensata dice, a través del dios, cosas sin risa, ni ornamento, ni ungüento». Aquí se acentúa el alejamiento con respecto a la perspectiva de Nietzsche: no sólo son la exaltación, la embriaguez, signos de Apolo, antes incluso que de Dionisos, sino que, además, las características de la expresión apolínea, «sin risa, ni ornamento, ni ungüento», parecen completamente antitéticas a las postuladas por Nietzsche. Para éste, la visión apolínea del mundo se basa en el sueño, en una imagen ilusoria, en el velo multicolor del arte que oculta el horrendo abismo de la vida. En el Apolo de Nietzsche hay un matiz decorativo, es decir, alegría, ornamento, perfume, la antítesis precisamente de lo que Heráclito atribuye a la expresión del dios. 
Y, sin embargo, es cierto que Apolo es también el dios del arte. Lo que no advirtió Nietzsche fue la duplicidad de la naturaleza de Apolo, sugerida por las características ya recordadas de violencia diferida, de dios que hiere desde lejos. Así como el mito de Dionisos despedazado por los Titanes es una alusión al alejamiento de la naturaleza, a la heterogeneidad metafísica entre el mundo de la multiplicidad y de la individuación, que es el mundo del dolor y de la insuficiencia, y el mundo de la unidad divina, así también la duplicidad intrínseca a la naturaleza de Apolo atestigua paralelamente, y en una representación más envolvente, una fractura metafísica entre el mundo de los hombres y el de los dioses. La palabra es el conducto : viene de la exaltación y de la locura, se manifiesta en la audibilidad, en una condición sensible. De ahí la palabra va proyectada a este nuestro mundo ilusorio, con lo que aporta a esa esfera heterogénea la acción múltiple de Apolo, por un lado como palabra profética, con la carga de hostilidad de una dura predicción, de un conocimiento del escabroso futuro, y, por otro lado, como manifestación y transfiguración jovial, que se impone a las imágenes terrestres y las entrelaza en la magia del arte. Esa proyección de la palabra de Apolo sobre nuestro mundo la representa el mito griego con dos símbolos, con dos atributos del dios: el arco, que designa su acción hostil, y la lira, que designa su acción benévola. 
La sabiduría griega es una exégesis de la acción hostil de Apolo. Y los sabios comentan la fractura metafísica en que se basa el mito griego: nuestro mundo es la apariencia de un mundo oculto, del mundo en que viven los dioses. Heráclito no nombra a Apolo, pero utiliza sus atributos, el arco y la lira, para interpretar la naturaleza de las cosas. «Del arco el nombre es la vida, la obra la muerte». En griego el nombre «arco» tiene el mismo sonido que el nombre «vida». La vida se interpreta como violencia, corno instrumento de destrucción: el arco de Apolo produce la muerte. Y en otro fragmento Heráclito une la acción hostil del dios a su acción benévola: «Armonía en contraste como el del arco y la lira». Resulta difícil eludir la suposición de que Heráclito, al citar esos dos atributos, hubiera querido aludir a Apolo. Tanto más cuanto que el concepto de armonía, evocado por Heráclito, recuerda a la intuición unificadora, casi un jeroglífico común, en que se basa esa manifestación antitética de Apolo, o sea, la configuración material del arco y la lira: en la época en que surgió el mito dichos instrumentos se fabricaban de acuerdo con una línea curva análoga, y con la misma materia, los cuernos de un chivo, unidos con inclinaciones diferentes. Por consiguiente, las obras del arco y de la lira, la muerte y la belleza, proceden de un mismo dios. expresan una idéntica naturaleza divina, simbolizada por un jeroglífico idéntico, y sólo en la perspectiva deformada, ilusoria. de nuestro mundo de la apariencia, se presentan como fragmentaciones contradictorias. 
Como confirmación de la perspectiva antes delineada con respecto al origen de la sabiduría a partir de la exaltación apolínea y con respecto a la conexión entre locura adivinatoria y palabra profética, es decir, a un vínculo que presupone y expresa una heterogeneidad metafísica fundamental, ahora vamos a citar un pasaje del Timeo de Platón: «Existe una señal suficiente de que el dios ha dado la adivinación a la insensatez humana: efectivamente, nadie que sea dueño de sus pensamientos consigue una adivinación inspirada por el dios y verdadera. Al contrario, es necesario que la fuerza de su inteligencia esté paralizada por el sueño o por la enfermedad, o bien que la haya desviado por estar poseído por un dios. Pero al hombre cuerdo corresponde recordar las cosas dichas en el sueño o en la vigilia de la naturaleza adivinadora y entusiástica, reflexionar sobre ellas, discernir con el razonamiento todas las visiones entonces contempladas, ver de dónde reciben esas cosas un significado y a quién indican un mal o un bien, futuro o pasado o presente. En cambio, a quien está exaltado y persiste en ese estado no le corresponde juzgar las apariciones y las palabras por él dichas: sólo dichas. Antes bien, ésta es una buena y antigua máxima: sólo a quien es cuerdo le conviene hacer y decir lo que le concierne, y conocerse a sí mismo. De esto se deriva la ley de erigir al género de los profetas en intérpretes de las adivinaciones inspiradas por el dios. Algunos llaman a esos profetas adivinos. con lo que desconocen totalmente que son intérpretes de las palabras pronunciadas mediante enigmas y de esas imágenes, pero no son adivinos en absoluto. Lo más exacto es llamarlos profetas, es decir, intérpretes de lo que se ha adivinado». Así, pues, Platón establece una distinción esencial entre el hombre exaltado, delirante, llamado «adivino», y el «profeta», o sea, el intérprete que juzga, reflexiona, razona. resuelve los enigmas. da un sentido a las visiones del adivino. Este pasaje no sirve sólo de confirmación, sino que, además, enriquece la perspectiva trazada. en la medida en que precisa la acción hostil de Apolo, que va ligada en cierto modo al impulso interpretativo y. por tanto, a la esfera de la abstracción y de la razón. El arco y las flechas del dios se vuelven contra el mundo humano a través del tejido de las palabras y de los pensamientos. La señal del paso de la esfera divina a la humana es la oscuridad de la respuesta, es decir, el punto en que la palabra, al manifestarse como enigmática, revela su procedencia de un mundo desconocido. Esa ambigüedad es una alusión a la fractura metafísica, manifiesta la heterogeneidad entre la sabiduría divina y su expresión en palabras. 
Pero la sabiduría humana debe recorrer con todas sus consecuencias el camino de la palabra, del discurso, del «logos». Sigamos una vez más el rastro que nos ofrece un antiguo sabio griego, esta vez Empédocles. «En sus miembros no está provisto de una cabeza semejante a la del hombre, ni de su dorso parten dos brazos, no tiene pies ni rodillas veloces ni genitales vellosos, sino que sólo un corazón sagrado e inefable se movió entonces, que con veloces pensamientos se lanza a través del mundo entero tirando flechas». Las fuentes nos dicen que con esas palabras Empédocles designa a Apolo, aunque no nombre al dios, como tampoco lo nombra Heráclito. Este fragmento apoya algunas sugerencias interpretativas ofrecidas más arriba. Apolo es interioridad inexpresable y oculta, «corazón sagrado e inefable», es decir, la divinidad en su distanciamiento metafísico, y al mismo tiempo es actividad dominadora y terrible en el mundo humano, como atestigua el final del fragmento. Además, Empédocles identifica de modo explícito las flechas de Apolo con los pensamientos. con lo que confirma el comentario anterior al pasaje del Timeo platónico, que indicaba en el impulso de la razón un aspecto fundamental de la acción apolínea. 
Volvamos al fenómeno de la adivinación y a su importancia central en el ámbito de la civilización griega. ¿Nos proporciona ese hecho otra ilustración en relación con un juicio de conjunto sobre la vida por parte de la antigua sabiduría griega? Si comparamos esa importancia de la adivinación con la furiosa pasión política de los griegos, que se traduce en una serie ininterrumpida de luchas sangrientas, sentimos una perplejidad inevitable. Normalmente. el impulso a la acción se debilita en quien está convencido de que el porvenir es previsible: en cambio, en Grecia encontramos, paradójicamente. la coexistencia de una fe total en la adivinación con una ceguera completa, en la esfera política, con respecto a las consecuencias de la acción, o incluso con un furor desenfrenado a la hora de afrontar empresas desesperadas. o contra las predicciones del dios. Y, sin embargo, podemos superar nuestra perplejidad, cuando consideramos que esa enorme importancia del fenómeno de Ia adivinación no acompaña por fuerza a una visión general del dominio único y absoluto de la necesidad en el mundo. El concepto de destino, enormemente influyente entre los griegos, les quitó muy poco el gusto por la acción, hasta el punto de que un impulso desatinado de autodestructividad hizo que la historia griega fuera brevísima en comparación con las inmensas fuerzas latentes en aquel pueblo. 
En realidad, la adivinación del futuro no entraña un dominio exclusivo de la necesidad. El hecho de que alguien vea antes lo que ocurrirá dentro de un minuto o de mil años no tiene nada que ver con la concatenación de hechos o de objetos que producirá dicho futuro. Necesidad indica cierto modo de pensar dicha concatenación, pero previsibilidad no significa necesidad. Un futuro es previsible no porque exista una conexión continua de hechos entre el presente y el porvenír ni porque de algún modo misterioso alguien esté en condiciones de ver por adelantado dicha conexión de necesidad: es previsible porque es el reflejo, la expresión, la manifestación de una realidad divina, que desde siempre, o mejor independientemente de cualquier época, lleva en sí el germen de ese elemento para nosotros futuro. Por eso, ese acontecimiento futuro puede no ser consecuencia de una concatenación necesaria y ser igualmente previsible; puede ser el resultado del azar y Ia necesidad mezclados y enlazados, como parecen pensar algunos sabios griegos, por ejemplo Heráclito. Esa mezcla concuerda con la naturaleza de Apolo y con su duplicidad. La esfera de la locura, que le corresponde, no es la esfera de la necesidad, sino más que nada del arbitrio. Análoga indicación proporciona la ambigüedad de sus manifestaciones: la alternativa de una acción hostil y una acción benévola sugiere el juego más que la necesidad. E incluso su palabra, la respuesta del oráculo, sube desde la oscuridad de la tierra, se manifiesta en la exaltación de la Sibila, en su desvarío inconexo, pero. ¿qué sale de ese magma interior, de esa posesión inefable? No palabras confusas, no alusiones desordenadas. sino preceptos como ·«nada en exceso» o «conócete a ti mismo». El dios indica al hombre que la esfera divina es ilimitada, insondable. caprichosa, insensata, carente de necesidad, arrogante, pero su manifestación en la esfera humana suena como una norma imperiosa de moderación, de control, de límite, de racionalidad, de necesidad.

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