Fiedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra / Amo a aquel cuya alma desborda hasta el punto de olvidarse de sí mismo y de que toda cosa sea en él ...
Al llegar Zaratustra a la ciudad vecina, lindante con el bosque, advirtió en la plaza a una gran multitud que se había reunido para ver actuar a un volatinero. Y Zaratustra habló al pueblo y le dijo:
—Yo os muestro al superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Qué habéis hecho vosotros para superarlo? Hasta hoy, todos los seres han creado algo por encima de ellos, y ¿queréis ser vosotros el reflujo de esta ola enorme prefiriendo retornar a la animalidad antes que superar al hombre? ¿Qué es el mono para el hombre? Un motivo de risa o una vergüenza dolorosa. Es esto mismo, lo que debe ser el hombre para el superhombre: un motivo de risa o una vergüenza dolorosa. Habéis trazado el camino que va desde el gusano hasta el hombre y queda en vosotros mucho de lombriz de tierra. Antes fuisteis monos y aún ahora tiene el hombre más de mono que un mono. El más sabio de entre vosotros no es más que una cosa disparatada; un híbrido, producto de una planta y un fantasma. Sin embargo, ¿os he hablado yo de transformaros en fantasma o en planta? ¡Helo aquí! ¡Yo os muestro al superhombre! El superhombre es el sentido de la tierra. Que vuestra voluntad diga: «Sea el superhombre el sentido de la tierra.» ¡Yo os exhorto, hermanos míos, a que permanezcáis fieles a la tierra y a que no deis crédito a los que os hablen de esperanzas ultraterrenas! Éstos, lo sepan o no, son envenenadores. Son los denigradores de la vida, los moribundos y envenenados, de los que la tierra está hastiada: ¡que se marchen, pues! En otro tiempo la blasfemia hacia Dios era la mayor de las blasfemias; pero Dios ha muerto y con él, sus blasfemadores. ¡Lo que hay ahora de más terrible es blasfemar de la tierra y apreciar en más las entrañas de lo impenetrable que el sentido de la tierra! El alma miraba antes con desdén al cuerpo y nada había superior a este desdén. Quería ella que él fuese enteco, repugnante y famélico. ¡De esa manera pretendía evadirse de él y de la tierra! Y esta alma era, también, enteca, repugnante y famélica, y en la crueldad hallaba su voluptuosidad! Hermanos míos, decidme vosotros mismos: ¿qué anuncia vuestro cuerpo de vuestra alma? ¿No es acaso vuestra alma pobreza, inmundicia y vil descontento? Río impuro es el hombre, en verdad. Necesario es llegar a ser océano para poder recibir una corriente impura sin mancharse. He aquí este océano: es el superhombre que yo os muestro. En él podéis desa guar vuestro gran desprecio. Es la hora del gran desprecio. ¿Puede ocurriros algo más sublime? Es la hora en que se torna en hastío vuestra propia felicidad, como vuestra razón y vuestra virtud. La ho ra en que decís: «¡Qué importa mi razón! ¿Está ávida de ciencia como el león lo está de alimento? Es pobreza, inmundicia y compasivo descontento de uno mismo.» La hora en que decís: «¡Qué importa mi felicidad! Es pobreza, inmundicia y compasivo descontento de uno mismo. Pero ¡mi felicidad debería legitimar la existencia!» La hora en que decís: «¡Qué importa mi virtud! ¡Hasta ahora no me ha hecho delirar! ¡Qué fatigado estoy de mi bien y de mi mal! Todo esto es pobreza, inmundicia y compasivo descontento de uno mismo.» La hora en que decís: «¡Qué importa mi justicia! No veo que sea yo carbón ardiente. ¡Mas el justo es carbón ardiente!» La hora en que decís: «¡Qué importa mi piedad! ¿No es la piedad la cruz en donde clavan al que ama a los hombres? Mi piedad no es una crucifixión.» ¿Habéis hablado ya de este modo? ¿Habéis gritado ya de este modo? ¡Ay! ¡Todavía no os he oído gritar así! Contra el cielo grita vuestra satisfacción, no vuestros pecados. Contra el cielo grita vuestra avaricia, aun dentro de vuestros pecados. ¿Dónde está el relámpago que os besará con su len gua de luz? ¿Dónde está la locura que sería preciso inocularos? He aquí, yo os muestro al superhombre: ¡él es este relámpago; él es esta locura!
Así habló Zaratustra a la multitud. Y cuando quedó en silencio, uno entre el gentío exclamó: —Ya hemos oído hablar bastante del volatinero Ahora queremos verlo.
Y todo el pueblo se rió de Zaratustra, mientras" el volatinero iniciaba su actuación.
Asombrado miraba Zaratustra al pueblo. Luego le habló así:
—El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre; una cuerda tendida sobre el abismo. Es peligroso pasar al otro lado, peligroso permanecer en el camino, peligroso mirar hacia atrás; peligroso pararse y peligroso temblar. La grandeza del hombre está en ser un puente y no un fin; lo que hay en él digno de ser amado es el ser un tránsito y un crepúsculo. Amo a los que viven únicamente para desaparecer, porque pasan al más allá. Amo a los grandes despreciadores, porque son los que aman mejor; son flechas del deseo dirigidas hacia la otra orilla. Amo a los que no buscan tras de las estrellas una razón para perecer o para ofrecerse en holocausto; a los que se sacrifican a la tierra para que un día la tierra pertenezca al superhombre. Amo al que vive para conocer y que quiere conocer, a fin de que un día viva el superhombre, porque es así como él desea su propio renunciamiento. Amo al que ama su virtud; porque la virtud es una voluntad de renunciamiento y una flecha de deseo. Amo a quien no reserva para sí ninguna partícula de su espíritu, sino que quiere ser, todo él, el espíritu de su virtud; porque es así como, en espíritu, cruzará el puente. Amo a quien de su virtud hace su inclinación natural y su destino; porque de este modo querrá, a causa de su virtud, seguir viviendo y no subsistir. Amo a quien no quiere poseer demasiadas virtudes. Hay más virtud en una que en dos virtudes; es un nudo donde se sujeta al destino. Amo a quien derrocha su alma, al que no quiera aceptar ni agradecimiento ni restitución alguna, porque da siempre y no quiere guardarse. Amo a quien se avergüenza de ver caer los dados en su favor y que entonces pregunta: «¿Soy, acaso, un jugador de ventaja?», porque quiere perecer. Amo a quien arroja palabras de oro al encuentro de sus obras y que tiene siempre más de lo que promete porque quiere su renunciamiento. Amo a quien justifica a los del porvenir y que rescata a los del pasado, porque quiere que los de hoy le hagan perecer. Amo a quien corrige a su dios porque ama a si dios: porque quiere que la cólera de su dios le haga perecer. Amo a quien posee alma profunda aún en el tormento; a quien una pequeña aventura puede hacer perecer, porque así cruzará el presente sin vacilaciones. Amo a aquel cuya alma desborda hasta el punto de olvidarse de sí mismo y de que toda cosa sea en él; pues así toda cosa se transformará en su renunciamiento. Amo a quien es libre de corazón y de espíritu; así su cabeza sólo servirá de entrañas para su corazón, pero su corazón le arrastrará al renunciamiento. Amo a todos los que son cual pesadas gotas que caen una a una de la sombría nube suspendida sobre los hombres: ellas anuncian al relámpago que se acerca y desaparecen como visionarios. He aquí: yo soy un visionario del rayo, una pesada gota que cae de la nube; pero este rayo se llama superhombre.
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