Miguel Morey, El hombre como argumento / La apariencia es para mí lo viviente y eficiente mismo que en su burla de sí mismo va al extremo de darme a entender que no hay más que apariencia y fuego fatuo y danza de fantasmas ...
Si con Kant, eso que era el hombre debía de resolverse en la encrucijada de las tres grandes Ideas reguladoras (Mundo, Alma, Dios), tras la reducción antropológica de Feuerbach ese lugar será ocupado por tres dominios positivos (trabajo, vida, lenguaje), en función de semitrascendentales —condición de posibilidad, como veíamos, del surgimiento de las ciencias humanas. La pregunta por el ser del hombre no podrá dirigirse ya a esos ámbitos de sentido que son las Ideas sino que, al parecer, deberá apuntar ahora hacia la determinación de la verdad positiva de lo humano, en tanto que forma específica de vida, dotada de lenguaje, y cuya existencia concreta es el trabajo. La reducción antropológica parece llevamos obligadamente a la posición de un discurso positivo acerca del ser del hombre —a la reducción de este ser del hombre a su verdad positiva. El que Feuerbach no cumpla este tránsito no empece para que siente decididamente su posibilidad.
El pensamiento de Marx, Nietzsche y Freud, tópicamente considerado como fundacional de nuestra modernidad, puede también ser emparejado desde este punto de vista, según esta dirección —puede ser colocado como emblema de este desplazamiento. La reflexión de Marx, desde sus tempranas críticas a la falta de radicalidad de Feuerbach, conduce directamente a colocar el lugar del esclarecimiento antropológico en el concepto de «trabajo» —como Freud, y también desde sus primeras investigaciones como neurólogo, nos lleva al concepto de «deseo». En ambos casos, es como si se nos dijera: «Mundo» es una Idea cuya realidad, cuya verdad, es el trabajo —«Alma» es una Idea cuya realidad, cuya verdad, es el deseo. En ambos casos, el giro antropológico abierto por Feuerbach parece empujarnos a reducir esas Ideas que encofraban el sentido de lo humano a la verdad positiva de un dominio de funcionamiento.
Y también Nietzsche, el filólogo-filósofo, nos dice que creemos en Dios porque creemos en la Gramática —que la verdad o la realidad de la Idea de Dios (y en sentido kantiano, en tanto que condición de todos los objetos del pensamiento) es el lenguaje. Pero la deriva de su pensamiento le va a llevar, como es bien sabido, a otro lugar —no será el suyo un empeño por (re)fundar el sentido de lo humano en un ámbito positivo, sea este el Mundo del Trabajo o el Alma del Deseo. Y es que el giro positivista nietzscheano es sólo tentación errática o contra-argumento —no es la suya una tarea en favor de la reducción de todo sentido a la verdad positiva de la que éste es función, sino, y al contrario, una invitación a producir sentido, a crear valores: a legislar.
Allí donde Marx o Freud prometen al hombre una des-alienación, llámese Cura o Revolución, basada en la apropiación por el ser humano de las leyes de su funcionamiento, y tutelada por una operación muy parecida a la de poner a las verdades positivas como Ideas reguladoras (Trabajo, Deseo), Nietzsche opera directamente sobre la producción de sentido —promete una promesa: e^e algo incierto denominado el Superhombre. Dejemos de lado los graves malentendidos a los que va a dar lugar una operación tan arriesgada, y retengamos tan sólo el envite al que responde. Los riesgos de llevar la reducción antropológica hasta sus últimas consecuencias, en la dirección que abren Marx o Freud, son la desagregación de lo humano: el disciplinarismo laboral, el sonambulismo psicoanalítico. La amenaza de la Muerte de Dios es precisamente la Muerte del hombre. En consecuencia, se trataría de querer esta Muerte del hombre en la promesa de una Idea más elevada, y no aceptar su disolución como una cosa más junto a todas las demás cosas —la conocida diferencia que Nietzsche establece entre «lo noble» y «lo vil» se juega justamente en esta arista. Por supuesto que el riesgo de esta operación nos la convierte en inaceptable, pero es importante asomarse al envite desde el que se decide correr este riesgo.
En el aforismo 54 de La gaya ciencia, Nietzsche escribe: «¡Cuán maravillosa y nueva, a la vez que pavorosa e irónica, se me aparece la actitud en que mi conocimiento me coloca frente a la existencia toda! He descubierto para mí que continúa inventando, amando, odiando y sacando conclusiones en mí la antigua humanidad y animalidad, y aún todo el período arcaico y pasado de todo Ser sensible; me he despertado de repente de este sueño, mas sólo para tener conciencia de que sueño y debo seguir soñando para no hundirme, así como el sonámbulo debe seguir soñando para no precipitarse abajo a la calle. ¡Qué es ahora para mí la "apariencia"! Ciertamente no la antítesis de algún Ser, ¡qué se yo enunciar acerca de Ser alguno como no sean las propiedades de su apariencia! ¡Ciertamente no una máscara muerta que se puede poner, y también se podrá quitar, a una X! La apariencia es para mí lo viviente y eficiente mismo que en su burla de sí mismo va al extremo de darme a entender que no hay más que apariencia y fuego fatuo y danza de fantasmas; que entre tantos soñadores también yo, el "cognoscente", ejecuto mi danza; que el cognoscente es un medio de dar largas al baile terreno y, por ende, figura entre los organizadores de la fiesta de la existencia; y que la sublime consecuencia y trabazón de todos los conocimientos tal vez es, y será, el medio supremo de mantener la práctica general del sueño y asegurar el entendimiento de todos los soñadores y, así, la duración del sueño».
Ese funámbulo sonámbulo que despierta, de repente, en medio de su paseo se parece mucho al hombre de la Muerte de Dios, al hombre de la reducción antropológica feuerbachiana —pero a diferencia del optimismo positivo (socrático, diría Nietzsche) de Freud o Marx, este hombre de Nietzsche sabe que, para mantenerse en pie, debe continuar soñando: que debe continuar produciendo sentido y creando valores por más que todos ellos sean reducibles, que puedan ser tildados de falaces. Como Marx o Freud, también Nietzsche afirma que los hombres se mienten a sí mismos, que la conciencia es obligadamente mendaz —pero añadiendo que es necesario que nos mintamos a nosotros mismos. Evidentemente, el problema es saber si es posible seguir soñando en estas condiciones, y qué sueños pueden tenerse desde la obligación de soñar para conservar la vida —si no serán todos ellos pesadillas. Pero lo que importa aquí es el modo como Nietzsche denosta la promesa de una salvación por el saber e intuye los peligros de desagregación de ese hombre occidental acuñado primigeniamente en la Grecia Trágica. Lo que importa es el modo como Nietzsche anuncia la desaparición del hombre, en el caso que la Muerte de Dios signifique la muerte de todo mito —el que a la voluntad de saber qué guía la aventura moderna de los discursos antropológicos, Nietzsche le opone la forma de un pensamiento trágico: la sospecha de que, tal vez, el hombre no sea tanto eso que está por conocer cuanto algo que hay que (volver a) pensar.
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