Michel Foucault, El gobierno de sí y de los otros / El decir veraz del otro, como elemento esencial del gobierno que él ejerce sobre nosotros, es una de las condiciones fundamentales para que podamos entablar la relación adecuada con nosotros mismos que nos dará la virtud y la felicidad ...
Entonces, el primer ámbito, el primer dossier que querría abrir, es el que conocimos el año pasado, a propósito de la dirección de conciencia y de las prácticas de sí en la Antigüedad de los siglos I y II de nuestra era. Y como recordarán, habíamos dado con una noción bastante interesante, que es la noción de parrhesía [...]. Una de las significaciones originarias de la palabra griega parrhesía es "decirlo todo", pero en realidad se la traduce mucho más a menudo como "hablar franco", libertad de palabra, etc. Esta noción de parrhesía, que era importante en las prácticas de la dirección de conciencia, era, supongo que lo recuerdan, una noción rica, ambigua, difícil en cuanto designaba en particular una virtud, una cualidad (hay gente que tiene la parrhesía y otra que no la tiene); también es un deber (es preciso, sobre todo en una serie de casos y situaciones, dar muestras concretas de parrhesía) y, para terminar, es una técnica, un procedimiento: hay personas que saben valerse de la parrhesía y otras que no saben hacerlo. Esta virtud, este deber, esta técnica, debe caracterizar entre otras cosas y ante todo a un hombre que está a cargo de algo: ¿de qué? Pues bien, de dirigir a los otros, y en especial de dirigirlos en su esfuerzo, en su tentativa de constituir una relación consigo mismos que sea una relación adecuada. En otras palabras, la parrhesía es una virtud, un deber y una técnica que debemos encontrar en quien dirige la conciencia de los otros y los ayuda a constituir su relación consigo mismos. Como recordarán, el año pasado vimos que en la Antigüedad, desde la época clásica hasta la Antigüedad tardía, y particularmente en los dos primeros siglos de nuestra era, se produjo el desarrollo de cierto cultivo de sí que en ese momento tomó tales dimensiones que se podía hablar de una verdadera edad de oro de dicho proceder. Y en ese cultivo de sí, en esa relación consigo, vimos desarrollarse toda una técnica y todo un arte que se aprendían y se ejercían. Vimos que ese arte de sí mismo necesitaba una relación con el otro. Para decirlo de otro modo: uno no puede ocuparse de sí mismo, cuidar de sí mismo, sin tener relación con otro. Y el papel de ese otro consiste precisamente en decir la verdad, decir toda la verdad o, en todo caso, decir toda la verdad que sea necesaria y hacerlo en cierta forma que es justamente la parrhesía, traducida, insistamos, como hablar franco.
Acaso se acuerden más particularmente, en esta temática más general, de cierto texto en el cual nos demoramos un poco: el Tratado de las pasiones de Galeno, un texto que es muy interesante, y en el cual vimos en primer lugar la vieja, la antigua, la tradicional temática o, mejor, la doble temática del cuidado de sí y el conocimiento de sí: obligación de todo individuo de cuidar de sí mismo, inmediatamente ligada, como su condición, al conocimiento de sí. No podemos ocuparnos de nosotros mismos sin conocernos. Lo cual nos puso sobre la pista de una cosa interesante que era que el famoso principio, tan fundamental para nosotros, del gnothi seautón (el conocimiento de sí), se apoya y resulta ser un elemento de lo que es en esencia el principio más general, a saber: cuidar de sí mismo. En ese texto de Galeno encontramos también la idea de que cuando uno se ocupa de sí mismo, sólo puede hacerlo de una manera continua y permanente. El hombre debe ocuparse de sí mismo no, como en el Alcibtades de Platón, en el momento en que el adolescente va a entrar a la vida pública y a hacerse cargo de la ciudad, sino a lo largo de toda su existencia, desde la juventud hasta la consumación de la vejez. En ese mismo texto de Galeno vimos pues que el cuidado de sí, que debe desarrollarse y ejercerse laboriosa, continuamente a lo largo de la vida, no puede prescindir del trabajo del juicio de los otros. Quienes quieren prescindir del juicio de los otros en la opinión que se forman de sí mismos, dice Galeno, caen con frecuencia. Frase que, en un contexto muy distinto, será retomada tan a menudo en la espiritualidad cristiana: quienes prescinden de la dirección de los otros caen como hojas en otoño, dirá esa espiritualidad. Y bien, Galeno decía ya: cuando se prescinde del juicio de los otros para formarse una opinión de sí mismo, es habitual caerse. En cambio, señala, rara vez se equivocan quienes se ponen en manos de otros en lo que se refiere a la comprobación de su propio valor.
Sobre la base de ese principio, Galeno decía pues que era menester dirigirse a alguien, desde luego, para ayudarse en la constitución de la opinión que uno tenía de sí mismo y en el establecimiento de una relación adecuada consigo. Necesidad de dirigirse a algún otro. ¿Y quién debía ser ese otro? Éste es uno de los elementos sorpresivos del texto: es que, como recordarán, Galeno no presentaba a ese alguien a quien se debía recurrir como un técnico, ya fuera un técnico de la medicina del cuerpo o de la medicina de las almas, un médico o un filósofo. No, según el texto galénico se trataba de dirigirse a un hombre, con tal de que tuviera la edad suficiente y una reputación lo bastante buena y, además, estuviera dotado de cierta cualidad. Y esa cualidad era la parrhesía, el hablar franco. Un hombre de edad, un hombre de buena reputación y un hombre de parrhesía: tales eran los tres criterios, necesarios y suficientes, para constituir y caracterizar a quien se necesita a fin de tener una relación consigo. Tenemos por tanto, si se quiere, toda una estructura, todo un paquete de conceptos y temas importantes: cuidado de sí, conocimiento de sí, arte y ejercicio de sí mismo, relación con el otro, gobierno por el otro y decir veraz, obligación de decir la verdad de parte de ese otro. Como ven, en el caso de la parrhesía estamos sin duda ante una noción situada en la encrucijada de la obligación de decir la verdad, los procedimientos y técnicas de la gubernamentalidad y la constitución de la relación consigo. El decir veraz del otro, como elemento esencial del gobierno que él ejerce sobre nosotros, es una de las condiciones fundamentales para que podamos entablar la relación adecuada con nosotros mismos que nos dará la virtud y la felicidad.
Comentarios
Publicar un comentario