Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos / Proceden los arquetipos como parábolas sintéticas y su significado sólo es parcialmente accesible, permaneciendo secreta su identidad más profunda, porque, naturalmente, es anterior al mismo hombre y se proyecta más allá de él ...


En la ecuación macrocosmo-microcosmo se implica la posibilidad de explicar el primero por el segundo, o inversamente. El «ritmo común» de Schneider pertenece más bien, acaso, a la tendencia de explicar el hombre por el mundo; el «arquetipo» de Jung propende a explicar el mundo por el hombre. Lógico es que acontezca así, cuando no parte de formas, ni de figuras o seres objetivos, sino de imágenes contenidas en el alma humana, en las honduras hirvientes del inconsciente. El arquetipo es, en primer lugar, una epifanía, es decir, la aparición de lo latente a través del arcano: visión, sueño, fantasía, mito. Todas estas emanaciones del espíritu no son, para Jung, sustitutivos de cosas vivas, modelos petrificados, sino frutos de la vida interior en perpetuo fluir desde las profundidades, en un proceso análogo al de la creación en su gradual desenvolvimiento. Si la creación determina el surgimiento de seres y de objetos, la energía de la psique se manifiesta por medio de la imagen, entidad limítrofe entre lo informal y lo conceptual, entre lo tenebroso y lo luminoso. Jung utiliza la palabra «arquetipo» para referirse a aquellos símbolos universales que revelan la máxima constancia y eficacia, la mayor virtualidad respecto a la evolución anímica, que conduce de lo inferior a lo superior. Así lo concreta en
Energetik der Seele, al decir: «La máquina psicológica, que transforma la energía, es el símbolo». Pero también parece determinar en otro sentido el término de «arquetipo» escindiéndolo del símbolo en cuanto conexión óntica, y refiriéndolo estrictamente a la estructura de la psique. Para aclarar esto con los propios conceptos del autor, vamos a transcribir algunos párrafos de varias obras en las que alude a ello diciendo: «Los arquetipos son elementos estructurales numinosos de la psique y poseen cierta autonomía y energía específica, en virtud de la cual pueden atraerse los contenidos de la conciencia que les convengan». Luego añade: «No se trata de representaciones heredadas, sino de cierta predisposición innata a la formación de representaciones paralelas, que denominé “inconsciente colectivo”. Llamé arquetipos a esas estructuras y corresponden al concepto biológico de “pautas de comportamiento”». Los arquetipos «no representan algo externo, ajeno al alma-aunque, desde luego, sólo las formas del mundo circundante proporcionan las formas (figuras) en que se nos manifiestan-, sino que, independientemente de sus formas exteriores, trasuntan más bien la vida y la esencia de un alma no individual». Es decir, hay un reino intermedio entre la unidad del alma individual y su soledad y la multiplicidad del universo; hay un reino intermedio entre la res cogitans y la res extensa de Descartes, y ese reino es la representación del mundo en el alma y del alma en el mundo, es decir, el «lugar» de lo simbólico, que «funciona» en las vías preparadas de los arquetipos, que «son presencias eternas, siendo el problema dilucidar si la conciencia las percibe o no». En su Essai de psychologie analytique, Jung vuelve a definir la esencia de los arquetipos diciendo que «son sistemas disponibles de imágenes y emociones a la vez (es decir, ritmos). Son heredados con la estructura cerebral, más aún, son de ella el aspecto psíquico. Constituyen, de una parte, el más poderoso prejuicio instintivo y, de otra parte, son los auxiliares más eficaces que pueda imaginarse de las adaptaciones instintivas». Señala Jung que la noción de tales «imágenes-guía» de origen ancestral aparece ya en Freud, quien las denominó «fantasías primitivas». Jolan Jacobi, en su obra sobre la psicología de Jung, dice que éste tomó la expresión de san Agustín, quien la usa en un sentido muy próximo a lo que Platón entendiera por «idea», es decir, realidad primordial de la que surgen, como ecos y desdoblamientos, las realidades existenciales. Proceden los arquetipos como parábolas sintéticas y su significado sólo es parcialmente accesible, permaneciendo secreta su identidad más profunda, porque, naturalmente, es anterior al mismo hombre y se proyecta más allá de él. Jolan Jacobi identifica prácticamente los símbolos con los arquetipos, aludiendo como pertenecientes al dominio de éstos el «viaje nocturno por el mar», la «ballena dragón», las figuras del príncipe, del niño, del mago o de la doncella desconocida.

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