Carl Gustav Jung, La función trascendente / Nuestra vida civilizada exige una actividad de la consciencia concentrada y dirigida y, de este modo, corre el riesgo de una excesiva separación de lo inconsciente ...
Bajo el nombre de función transcendente no ha de entenderse nada misterioso ni, por así decir, metafísico, sino una función psicológica que, a su manera, puede ser comparada con la función matemática del mismo nombre que articula números imaginarios y reales. La «función transcendente» psicológica deriva de la unión de los contenidos conscientes e inconscientes.
Cualquiera que se dedique a la psicología analítica sabrá por experiencia que la consciencia y lo inconsciente rara vez coinciden en cuanto a contenido y tendencia. Esta falta de paralelismo no es, como demuestra la experiencia, fortuita ni casual, se basa en que lo inconsciente se comporta respecto a la consciencia de manera compensatoria o complementaria. Esto mismo puede formularse también al revés y decir que la consciencia se comporta de manera complementaria respecto a lo inconsciente. Esta relación se debe a que: 1.°) los contenidos de lo inconsciente poseen un valor de umbral, de tal manera que todos los elementos demasiado débiles se quedan en lo inconsciente; 2.°) la consciencia, en virtud de sus funciones direccionales, ejerce una inhibición sobre cualquier material incompatible (que Freud denominó censura), por lo que este material incompatible queda a merced de lo inconsciente; 3.°) la consciencia constituye el proceso de adaptación momentánea, mientras que lo inconsciente abarca todo el material olvidado del pasado individual, así como todas las huellas de las funciones estructurales dejadas por el espíritu humano en general; y 4.°) lo inconsciente abarca todas las combinaciones de las fantasías que todavía no se han vuelto supraliminales y que, con el paso del tiempo, dadas las circunstancias adecuadas, saldrán a la luz de la consciencia.
Del conjunto de estos factores se desprende por sí sola la actitud complementaria de lo inconsciente respecto a la consciencia.
La direccionalidad y carácter concreto de los contenidos de la consciencia son propiedades muy tardíamente adquiridas en la historia de la filogénesis, de las que, por ejemplo, el hombre primitivo actual carece en gran medida. Asimismo, estás muy quebrantadas en el neurótico, que se diferencia de una persona normal en que su umbral de consciencia es más desplazable o, dicho en otros términos, su pared divisoria entre la consciencia y lo inconsciente es más permeable. El psicótico, finalmente, se halla completamente bajo la influencia directa de lo inconsciente.
La direccionalidad y carácter concreto de la consciencia son una conquista importantísima que la humanidad ha obtenido a base de los mayores sacrificios y que le han prestado grandes servicios. Sin ello, sencillamente no existirían ni la ciencia ni la técnica ni la civilización, pues todas ellas requieren persistencia, regularidad, determinación y direccionalidad del proceso psí quico. Desde el funcionario de grado superior, pasando por el médico o el ingeniero, hasta el jornalero, estas propiedades son para todos un requisito indispensable. En general, la falta de valor social aumenta en la medida en que estas propiedades son derogadas por lo inconsciente. De todos modos, también hay excepciones en este sentido, como por ejemplo las dotes creativas. Quienes las poseen sacan provecho precisamente de la permeabilidad de su pared divisoria entre la consciencia y lo inconsciente. En cambio, para las organizaciones sociales, que requieren regularidad y fiabilidad, estas personas excepcionales no valen gran cosa.
Por esta razón, no sólo es comprensible, sino también imprescindible, que el proceso psíquico sea en cada caso lo más firme y determinado posible, pues así lo exigen las necesidades de la vida. La ventaja de estas propiedades va, sin embargo, unida a un gran inconveniente: el hecho de estar dirigidas implica la inhibición o exclusión de todos aquellos elementos psíquicos que, aparente o realmente, sean incompatibles, es decir, que puedan desviar de su sentido la dirección previamente trazada y encauzar el proceso hacia un objetivo no deseado. ¿Y en qué se reconoce que el material psíquico adicional es «incompatible»? Este reconocimiento se basa en un acto de juicio que establece la dirección del camino emprendido y deseado. Este juicio es unilateral, ya que escoge un solo camino a costa de todas las demás posibilidades. El juicio parte siempre de la experiencia, es decir, de lo que ya es conocido. Así pues, por regla general, nunca se basa en lo nuevo, que todavía es desconocido y que, en determinadas circunstancias, podría enriquecer substancialmente el proceso dirigido. Y es natural que no pueda basarse en lo nuevo, por cuanto que los contenidos inconscientes no pueden alcanzar la consciencia.
Por medio de estos actos de juicio, el proceso dirigido se vuelve necesariamente unilateral, aun en el caso de que el juicio racional sea general y aparentemente sin prejuicios. Al fin y al cabo, incluso la racionalidad del juicio puede ser un prejuicio, puesto que es racional aquello que nos parece razonable. En consecuencia, lo que no nos parece razonable es excluido precisamente por su carácter irracional, el cual, aunque realmente puede ser irracional, también puede que sólo nos lo parezca sin serlo.
La unilateralidad es una propiedad inevitable, por necesaria, del proceso dirigido, ya que toda dirección es unilateral. La unilateralidad es una ventaja y a la vez un inconveniente. Aun en el caso de que no parezca haber ningún inconveniente externamente reconocible, sin embargo hay siempre una contraposi ción igualmente pronunciada en lo inconsciente, a no ser que se trate directamente del caso ideal de una completa coincidencia de todos los componentes psíquicos en una misma dirección, un caso cuya posibilidad teórica es indiscutible pero que rara vez se da en la práctica. La contraposición en lo inconsciente es inofensiva mientras no presente valores energéticos superiores. Pero si a consecuencia de una excesiva unilateralidad aumenta la tensión entre los opuestos, la contratendencia irrumpe en la consciencia, y lo hace, por lo general, precisamente en el momento en que más importancia tendría la puesta en práctica del proceso dirigido. Eso le pasa, por ejemplo, al orador que se equivoca al hablar precisamente cuando más le importa no decir ninguna tontería. Ese momento es crítico porque acusa la máxima tensión energética, la cual, estando lo inconsciente ya cargado, salta y desencadena el contenido inconsciente.
Nuestra vida civilizada exige una actividad de la consciencia concentrada y dirigida y, de este modo, corre el riesgo de una excesiva separación de lo inconsciente. Porque cuanto más capaz sea uno de distanciarse de lo inconsciente mediante un funcionamiento dirigido, antes podrá formarse una contraposición análogamente intensa que, si consigue abrirse camino, puede traer consecuencias desagradables.
Comentarios
Publicar un comentario