Séneca, Sobre la felicidad / En cambio, tú jamás te has dignado volver la mirada para ver lo que pasaba dentro de ti mismo, ni escuchaste siquiera ...


Porque realmente es cierto que toda su duración no es vida, sino tiempo. Por todas partes estamos rodeados de vicios que nos atacan y que no nos dejan levantarnos, ni volver nuestros ojos hacia la contemplación de la verdad: antes bien nos mantienen hundidos y clavados en las pasiones: Jamás se les permite recurrir a sí mismo, si es que por casualidad les llega algún descanso: siguen fluctuando, como sucede en lo profundo del mar, en donde continúa el movimiento, aun después de haber cesado los vientos; así pues, tampoco a ellos les llega la calma, obligándoles a separarse de sus pasiones. Piensas tú que solamente hablo yo de aquellos cuyos defectos están a la vista de todo el mundo: pon tus ojos en esos a cuya felicidad se recurre; ellos mismos se ahogan en sus propios bienes. ¿A cuántos no les son pesadas sus riquezas? ¿Se pueden contar siquiera aquellos a quienes les costó su sangre esa misma elocuencia con la que trataban de dar a conocer su inteligencia en un esfuerzo continuado? ¿No son muchísimos los que sufren angustias en medio de sus constantes placeres? ¿A cuántos no ha dejado un instante de libertad aquella multitud de clientes que los agobia? Recorre, finalmente, todas las clases sociales, desde la más baja, hasta la más elevada: uno cita a juicio, el otro se presenta, éste peligra, ése defiende y aquél sentencia. Nadie se preocupa de sí mismo: cada uno se va acabando, ocupándose de los: otros. Pregunta sobre aquellos cuyos nombres son más conocidos: observarás que se distinguen por estas cualidades: «Éste es admirador de aquél, aquél es admirador del otro, nadie de sí mismo.» Además, la indignación de algunos es de lo más ridícula: se quejan del desprecio que les hacen los superiores, porque no los encuentran desocupados, ni dispuestos a recibirlos cuando ellos quieren. ¿Se atreverá nadie a quejarse de la soberbia de los demás, cuando él mismo no se halla libre jamás para preocuparse de sí mismo? Aquel superior tuyo, sin embargo, sea el que fuere, admito que te recibiera con cara de pocos amigos, pero se dignó mirarte alguna vez; aquél dejó libres sus oídos para escuchar tus palabras; aquél te admitió a su lado; en cambio, tú jamás te has dignado volver la mirada para ver lo que pasaba dentro de ti mismo, ni escuchaste siquiera.

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