Carl Gustav Jung, El libro rojo / Quien posee el mundo, mas no su imagen, posee sólo la mitad del mundo, pues su alma es pobre y despojada. La riqueza del alma se compone de imágenes ...


“Alma mía, ¿dónde estás? ¿Me oyes? Yo te hablo, yo te llamo, ¿estás allí? He regresado, estoy nuevamente aquí, he sacudido de mis pies el polvo de todas las comarcas, y vine hacia ti, estoy contigo, tras largos años de largo andar he vuelto a ti. He de contarte todo lo que he visto, vivido, bebido en mí. ¿O no quieres escuchar nada de todo aquello lleno de ruido de la vida y del mundo? Algo, sin embargo, tienes que saber: una cosa he aprendido, y es que hay que vivir esta vida. Esta vida es el camino, el camino largamente buscado hacia lo inasible, que nosotros llamamos divino. No hay ningún otro camino. Todos los demás caminos son senderos errantes. Yo encontré el camino recto, él me llevó hacia ti, hacia mi alma. Regreso con temple y purificado. ¿Me conoces todavía? ¡Cuánto se prolongó esta separación! Todo se ha vuelto tan distinto. ¿Y cómo te encontré? ¡Qué maravilloso fue mi viaje! ¿Con qué palabras he de describirte los entreverados senderos por los cuales una buena estrella me guió hacia ti? Dame tu mano, mi alma casi olvidada. Cuán cálida la alegría de volver te a ver, a ti, alma largamente negada. La vida me ha llevado nuevamente hacia ti. Queremos agradecerle a la vida que he vivido, agradecerle todas las horas alegres y todas las horas tristes, agradecerle la alegría y el dolor. Alma mía, contigo ha de continuar mi viaje. Contigo quiero andar y ascender a mi soledad.
El espíritu de la profundidad me obligó a decir esto, y al mismo tiempo a vivirlo en contra de mí mismo, pues yo no lo esperaba. En aquel entonces yo aún estaba completamente atrapado en el espíritu de este tiempo y pensaba distinto acerca del alma humana. Pensaba y hablaba mucho del alma, sabía muchas palabras eruditas sobre ella, la juzgué e hice de ella un objeto de la ciencia. No consideraba que mi alma no pudiera ser el objeto de mi juicio y mi saber; -que antes bien mi juicio y mi saber son objeto de mi alma. Es por ello que el espíritu de la profundidad me obligó a hablarle a mi alma, a llamarla como a un ser viviente y existente en sí mismo. Tuve que darme cuenta que había perdido mi alma. 
De esto aprendemos qué es lo que piensa el espíritu de la profundidad acerca del alma: la contempla como un ser viviente, existente en sí mismo, y con eso contradice al espíritu de este tiempo, para el cual el alma es una cosa dependiente del hombre, que se puede juzgar y clasificar, y cuyo alcance podemos comprender. Tuve que reconocer que aquello que yo antes había
llamado mi alma no había sido para nada mi alma, sino una construcción doctrinaria muerta. Por eso tuve que hablarle a mi alma como a algo lejano y desconocido, que no tiene consistencia a través de mí, sino a través de la cual yo tengo consistencia. 
Por tanto, aquel cuyo deseo se aleja de las cosas externas es quien llega al lugar del alma. Si no encuentra el alma, lo apresará el horror del vacío y el miedo lo arreará blandiendo el látigo en una ambición desesperada y un ciego deseo por las cosas vacías de este mundo. Se vuelve loco por su deseo interminable y se extravía de su alma, para no encontrarla nunca más. Él correrá detrás de todas las cosas, las acaparará a todas ellas, y sin embargo no encontrará su alma, pues sólo la encontraría en sí mismo. Bien yacía su alma en las cosas y en los hombres, pero el ciego captura las cosas y los hombres, mas no su alma en las cosas y en los hombres. No sabe nada acerca de su alma. ¿Cómo podría diferenciarla de los hombres y de las cosas? Bien podría encontrarla en el deseo mismo, mas no en los objetos de su deseo. Si poseyera su deseo, mas no su deseo a él, entonces habría puesto una mano sobre su alma, pues su deseo es imagen y expresión de su alma.
Si poseemos la imagen de una cosa, entonces poseemos la mitad de la cosa. La imagen del mundo es la mitad del mundo. Quien posee el mundo, mas no su imagen, posee sólo la mitad del mundo, pues su alma es pobre y despojada. La riqueza del alma se compone de imágenes. Quien posee la imagen del mundo, posee la mitad del mundo, aún si lo humano suyo es pobre y despojado. El hambre, sin embargo, convierte al alma en bestia que devora lo malsano y se envenena con ello. Amigos míos, es sabio alimentar el alma, de lo contrario estaréis criando dragones y diablos en vuestro corazón.

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