Carl Gustav Jung, El libro Rojo / Pues cuando tu fuerza creadora se vuelva hacia el lugar del alma, verás cómo tu alma se pone verde y cómo su campo produce un fruto maravilloso ...


Mi alma me conduce al desierto, al desierto de mi propio sí-mismo. No pensaba que mi sí-mismo era un desierto, un árido, caluroso desierto, polvoriento y sin bebida. El viaje conduce hacia la esperanza a través de la arena ardiente, a vado lento, sin meta visible. Cuán horripilante es este páramo. Me parece que este camino lleva tan lejos de los hombres. Yo ando mi camino paso a paso, y no sé cuánto va a durar mi viaje. 
¿Por qué mi sí-mismo es un desierto? ¿He vivido demasiado fuera de mí, en los hombres y en las cosas? ¿Por qué rehuí de mi sí-mismo? ¿No me apreciaba? Sin embargo, he evitado el lugar de mi alma. Fui mis pensamientos, después de haber dejado de ser las cosas y los otros hombres. No obstante, yo no era mi sí-mismo, confrontado a mis pensamientos. También he de ascender por sobre mis pensamientos hacia mi propio sí-mismo. Hacia allí va mi viaje, y por eso conduce lejos de los hombres y de las cosas, hacia la soledad. ¿Es la soledad estar consigo mismo? Sólo hay soledad cuando el sí-mismo es un desierto. ¿He de hacer del desierto un jardín? ¿He de poblar una tierra desolada? ¿He de abrir el airoso jardín mágico del desierto? ¿Qué me conduce al desierto, y qué he de hacer allí? ¿Hay una ilusión engañosa que ya no puedo confiar a mi pensar? Verdadera sólo es la vida, y sólo la vida me conduce al desierto, ciertamente no mi pensar que quisiera volver a los pensamientos, a los hombres, a las cosas, pues está inquietantemente extraño en el desierto. Alma mía, ¿qué he de hacer aquí? Mas mi alma me habló y dijo: “Espera”. Escucho la sórdida palabra. Al desierto corresponde el tormento.
Debido a que le di a mi alma todo lo que podía darle, llegué al lugar del alma y encontré que este lugar era un desierto ardiente, desolado y estéril. Ninguna cultura del espíritu es suficiente para hacer de tu alma un jardín. Yo había cuidado mi espíritu, el espíritu de este tiempo en mí, mas no aquel espíritu de la profundidad que se vuelve hacia las cosas del alma, hacia el mundo del alma. El alma tiene su propio mundo peculiar. Allí ingresa sólo el sí-mismo, o el hombre que se ha vuelto por completo su sí-mismo, el que, por lo tanto, no está ni en las cosas, ni en los hombres, ni en sus pensamientos. Por el apartamiento de mi deseo de las cosas y los hombres, he apartado mi sí-mismo de las cosas y los hombres, pero precisamente por eso me convertí en una presa segura de mis pensamientos; en efecto, me convertí por entero en mis pensamientos. 
También tuve que separarme de mis pensamientos por el hecho de que aparté mi deseo de ellos. E inmediatamente noté que mi sí-mismo se convertía en un desierto, donde únicamente ardía el sol del deseo no satisfecho. Estaba abrumado por la infinita esterilidad de este desierto. Por más que allí hubiese podido prosperar algo, faltaba por cierto la fuerza creadora del deseo. Donde quiera que esté la fuerza creadora del deseo, allí brota del suelo la simiente que le es propia. Mas no olvides esperar. ¿Acaso no viste, cuando tu fuerza creadora se volvió al mundo, cómo las cosas muertas se movían debajo y a través de ella, cómo ellas crecían y prosperaban, y cómo tus pensamientos fluían en ríos caudalosos? Pues cuando tu fuerza creadora se vuelva hacia el lugar del alma, verás cómo tu alma se pone verde y cómo su campo produce un fruto maravilloso. 
Ninguno podrá ahorrarse la espera y la mayoría no podrá soportar este tormento, sino que volverá a lanzarse con codicia sobre las cosas, los hombres y los pensamientos, convirtiéndose a partir de ahí en su esclavo. Pues entonces habrá quedado claramente demostrado que este hombre es incapaz de persistir más allá de las cosas, los hombres y los pensamientos, y por eso ellos se vuelven sus amos, y él se vuelve su bufón, pues no puede ser sin ellos, no hasta tanto su alma no se haya convertido en un campo fecundo. También aquel cuya alma es un jardín necesita las cosas, los hombres y los pensamientos, pero él es su amigo, y no su esclavo y bufón. 
Todo lo futuro estaba ya en la imagen: para encontrar su alma, los antiguos iban al desierto. Esto es una imagen. Los antiguos vivían sus símbolos, pues el mundo aún no se les había vuelto real. Por eso iban a la soledad del desierto, para enseñarnos que el lugar del alma es el desierto solitario. Allí encontraban la plenitud de las visiones, los frutos del desierto, las flores del alma maravillosamente extrañas. Reflexionad esforzadamente sobre las imágenes que nos han legado los antiguos. Ellas indican el camino de lo venidero. Mira hacia atrás, hacia el colapso de los imperios, hacia el crecimiento y la muerte, hacia los desiertos y los monasterios; ellos son las imágenes de lo venidero. Todo ha sido presagiado. Mas, ¿quién sabe interpretarlo?
Si dices que el lugar del alma no existe, entonces no existe. Sin embargo, si dices que existe, entonces existe. Nota lo que los antiguos dijeron en la imagen: la palabra es acto de creación. Los antiguos dijeron: al principio fue la palabra. Contempla esto y reflexiona sobre ello. 
Las palabras que oscilan entre el sinsentido y el suprasentido son las más antiguas y verdaderas.

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