Carl Gustav Jung, El libro rojo / He aprendido que, además del espíritu de este tiempo, aun está en obra otro espíritu, a saber, aquel que domina la profundidad de todo lo presente. El espíritu de este tiempo sólo quiere oír acerca de la utilidad y el valor ...


Si hablo en el espíritu de este tiempo, entonces debo decir: nada ni nadie puede justificar lo que tengo que anunciaros. Buscar una justificación me resulta superfluo pues no tengo opción, sino que debo anunciarlo. He aprendido que, además del espíritu de este tiempo, aun está en obra otro espíritu, a saber, aquel que domina la profundidad de todo lo presente. El espíritu de este tiempo sólo quiere oír acerca de la utilidad y el valor. También yo pensaba así, y lo humano en mí todavía piensa así. Sin embargo, aquel otro espíritu me obliga a hablar más allá de la justificación, la utilidad y el sentido. Lleno de orgullo humano y encandilado por el desmedido espíritu de este tiempo, intenté largamente alejar de mí a aquel otro espíritu. Pero no reparé en que el espíritu de la profundidad posee, desde antaño y en todo el futuro, más poder que el espíritu de este tiempo que cambia con las generaciones. El espíritu de la profundidad ha sometido todo el orgullo y toda la altanería del juicio. Me quitó la fe en la ciencia, me robó la alegría del explicar y el clasificar, y dejó que se extinguiera en mí la entrega a los ideales de este tiempo. Me forzó a bajar hacia las cosas últimas y más simples. 
El espíritu de la profundidad tomó mi entendimiento y todos mis conocimientos, y los puso al servicio de lo inexplicable y de lo contrario al sentido. Me robó el habla y la escritura para todo lo que no estuviera al servicio de esto, es decir, de la fusión mutua de sentido y contrasentido, que da por resultado el suprasentido. 
Mas el suprasentido es la vía, el camino y el puente hacia lo venidero. Éste es el Dios venidero. No es el Dios venidero en sí mismo, sino su imagen, la cual aparece en el suprasentido. Dios es una imagen y quienes lo adoran deben adorarlo en la imagen del suprasentido. 
El suprasentido no es ni un sentido ni un contrasentido, es imagen y fuerza en uno, magnificencia y fuerza juntas. 
El suprasentido es comienzo y meta. Es el puente de paso al otro lado y la realización. 
Los otros dioses murieron en su temporalidad, no obstante, el suprasentido no muere, se convierte en sentido, luego en contrasentido y, a partir del fuego y la sangre del choque entre ambos, el suprasentido se eleva rejuvenecido a lo nuevo. 
La imagen de Dios tiene una sombra. El suprasentido es real y arroja una sombra. Pues, ¿qué podría ser real y corpóreo, y no tener una sombra? 
La sombra es el sinsentido. Es impotente y no tiene consistencia por sí misma. Pero el sinsentido es el hermano inseparable e inmortal del suprasentido. 
Como las plantas, así crecen también los hombres, unos en la luz, otros en la sombra. Son muchos los que necesitan la sombra y no la luz. 
La imagen de Dios arroja una sombra que es precisamente tan grande como ella misma. 
El suprasentido es grande y pequeño, es extenso como el espacio del cielo estrellado y angosto como la célula del cuerpo viviente. 
El espíritu de este tiempo en mí quería reconocer la grandeza y la extensión del suprasentido, mas no su pequeñez. Sin embargo, el espíritu de la profundidad venció esa altanería, y tuve que tragarme lo pequeño como una medicina de la inmortalidad. Esto ciertamente quemó mis entrañas, pues no era honroso ni heroico, era incluso irrisorio y repugnante. Sin embargo, la pinza del espíritu de la profundidad me sostuvo, y tuve que tomar la más amarga de todas las bebidas. 
El espíritu de este tiempo me tentó con la idea de que todo esto pertenecía a lo sombrío de la imagen de Dios. Ello sería un engaño pernicioso, pues la sombra es el sinsentido. Lo pequeño, lo estrecho, lo cotidiano, no es, sin embargo, ningún sinsentido, sino una de las dos esencias de la divinidad. Me resistía a reconocer que lo cotidiano perteneciera a la imagen de la divinidad. Le escapaba a este pensamiento, ocultándome tras los astros más altos y fríos. No obstante, el espíritu de la profundidad me alcanzó y forzó la amarga bebida entre mis labios. 
El espíritu de este tiempo me susurró: “Este suprasentido, esta imagen de Dios, esta fusión mutua entre lo caliente y lo frío, ese eres tú y sólo tú”. Mas el espíritu de la profundidad me dijo: “Tú eres una imagen del mundo infinito, todos los misterios últimos del nacer y el perecer habitan en ti. Si no poseyeras todo esto, ¿cómo podrías conocer?”. 
En virtud de mi debilidad humana, el espíritu de la profundidad me dio esta palabra. También esta palabra es superflua, pues no hablo desde ella, sino porque tengo que hacerlo. Hablo porque si no lo hago, el espíritu me roba la alegría y la vida. Soy el siervo que trae la palabra, y no sabe qué es lo que lleva en su mano. Le quemaría su mano si no la pusiera allí donde su amo le ha ordenado que la coloque.
El espíritu de este tiempo me habló y dijo: “¿Cuál podría ser la necesidad que te forzara a decir todo esto?”. Esta tentación era grave. Quería reflexionar acerca de cuál necesidad interna o externa me pudiera compeler a ello y, como no encontré ninguna necesidad comprensible, estuve a punto de inventar una. Con ello, sin embargo, el espíritu de este tiempo casi hubiera conseguido que yo, en lugar de hablar, continuara reflexionando sobre las razones y las explicaciones. Mas el espíritu de la profundidad me habló y dijo: “Comprender una cosa es puente y posibilidad del retorno a la vía. Explicar una cosa es, sin embargo, capricho y hasta incluso un asesinato. ¿Has contado los asesinos entre los eruditos?”. 
Mas el espíritu de este tiempo se me presentó y puso ante mí grandes libros que contenían todo mi saber; sus páginas eran de mineral y un pizarrín de acero había grabado en ellas palabras inexorables, él señaló aquellas pala bras inexorables, y me habló y dijo: “Lo que tú dices, eso es la locura”. 
Es cierto, es cierto, lo que digo es la magnitud y la embriaguez y la fealdad de la locura. Mas el espíritu de la profundidad se me presentó y me dijo: “Lo que tú dices, es. La magnitud es, la embriaguez es, la cotidianeidad -indigna, enferma, necia-, es; ella corre por todas las calles, habita en todas las casas y gobierna el día de toda la humanidad. También las estrellas eternas son cotidianas. La cotidianeidad es la gran ama y la esencia de la divinidad. Uno se ríe de ella, también la risa es. ¿Crees tú, hombre de este tiempo, que el reír sea menor que el adorar? ¿Dónde está tu mesura, presuntuoso? La suma de la vida en el reír y el adorar es la que decide, no tu juicio”. 
Debo también pronunciar lo irrisorio. ¡Vosotros, hombres venideros! Re conoceréis el suprasentido en el hecho de que es risa y adoración, una risa sangrienta y una adoración sangrienta; la sangre del sacrificio une los polos. Quien sabe esto, ríe y adora en un mismo aliento. 
Luego, sin embargo, se presentó lo humano mío ante mí y dijo: “¡Qué soledad, qué frialdad del abandono pones sobre mí cuando dices esto! Considera el aniquilamiento de lo que es, y los torrentes de sangre del tremendo sacrificio que exige la profundidad”. 
Mas el espíritu de la profundidad dijo: “Nadie puede ni debe evitar el sacrificio. El sacrificio no es destrucción. El sacrificio es la piedra fundamental de lo venidero. ¿Acaso vosotros no habéis tenido monasterios? ¿No han ido incontables millares al desierto? Debéis llevar monasterios en vosotros mismos. El desierto está en vosotros. El desierto os llama y os trae de vuelta, y si estuvierais forjados con acero al mundo de este tiempo, el llamado del desierto rompería todas las cadenas. Verdaderamente, os preparo para la soledad”. Luego mi humanidad calló. Algo le sucedió a mi espiritualidad que podría llamar gracia. Mi lengua es imperfecta. Hablo en imágenes, no porque quiera lucirme con palabras sino por la incapacidad de encontrar aquellas palabras. Pues no puedo pronunciar las palabras de la profundidad de otra manera. La gracia que me acaeció me dio fe, esperanza y osadía suficientes para no continuar oponiéndome al espíritu de la profundidad, sino decir sus palabras. No obstante, antes de haber podido animarme a hacerlo realmente, necesité una señal visible que hubiera de mostrarme que el espíritu de la profundidad en mí es al mismo tiempo el amo de la profundidad del acaecer del mundo.

Comentarios

  1. Fascinante, Josep María. Este libro de Jung, el más enigmático suyo, está lleno de alusiones (elípticas en biuena medida, como no podría ser de otra forma) al "nada es solamente lo que es" de María Zambrano. En fin, que el cerebro es nuestro juguete más valioso: qué bien se lo pasa uno adentrándose en estos enigmas, como si te metieras a explorar territorios maravillosos.

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