Pierre Hadot, Ejercicios espirituales y filosofIa antigua / Así pues, es cierto que quienes, en el sentido exacto de la expresión, se tienen por filósofos se ejercitan para morir ...
Como indica el Sócrates del Fedón: «Así pues, es cierto que quienes, en el sentido exacto de la expresión, se tienen por filósofos se ejercitan para morir, y que la idea de estar muertos no resulta para ellos, o en todo caso menos que para cualquier otro en el mundo, motivo de espanto (Platón, Fedón, 67e)». La muerte, que supone aquí la cuestión, implica la separación espiritual del alma y el cuerpo: «Separar el alma lo más posible del cuerpo y acostumbrarla a concentrarse y a recogerse en sí misma, retirándose de todas las partes del cuerpo, y viviendo en lo posible tanto en el presente como después sola y en sí misma, desligada del cuerpo como de una atadura (Platón, Fedón, 67c)». Tal es el ejercicio espiritual platónico. Pero es necesario comprenderlo bien, y en especial no separarlo de la muerte filosófica de Sócrates, cuya presencia se respira en todo el Fedón. Esa separación de alma y cuerpo que constituye aquí la cuestión, sea cual sea su prehistoria, no tiene absolutamente nada que ver con ningún estado de trance o catalepsia en el cual el cuerpo perdería la consciencia, y en virtud del cual el alma accedería a un estado de videncia sobrenatural. Todos los desarrollos del Fedón anteriores y posteriores a este pasaje demuestran bien a las claras que el principal asunto es que el alma quede liberada, despojada de las pasiones ligadas a los sentidos corporales, con el fin de independizarse del pensamiento. De hecho cabe representarse mejor este ejercicio espiritual si se entiende como esfuerzo para liberarse del punto de vista parcial y pasional, ligado al cuerpo y a los sentidos, y para elevarse hasta el punto de vista universal y normativo del pensamiento, para someterse a las exigencias del Logos y a la ley del Bien. Ejercitarse para la muerte supone, pues, tanto como ejercitarse para la muerte de la individualidad, de las pasiones, con tal de contemplar las cosas desde la perspectiva de la universalidad y la objetividad. Evidentemente tal ejercicio conlleva una concentración del pensamiento sobre sí mismo, un gran esfuerzo de meditación, un diálogo interior. Platón alude a ello en la República, de nuevo a propósito de la tiranía de las pasiones individuales. Esta tiranía del deseo se revela, según nos explica, en especial durante el sueño: «La parte bestial de nuestro ser... no titubea en intentar acostarse en su imaginación con su madre, así como con cualquier hombre, dios o fiera, o en cometer el crimen que sea, o en no abstener se de ningún alimento; en una palabra, no carece en absoluto de locura ni desvergüenza (Platón, República, 571c)». Para liberarse de semejante tiranía debe recurrirse a cierto ejercicio espiritual, del mismo tipo que aquel otro que fuera descrito en el Fedón: «Entregarse al sueño tras despertar la parte racional del alma y haberla nutrido con bellos discursos y consideraciones, cuando ha llegado a meditar sobre sí mismo sin permitir que los apetitos se hallen en necesidad o en hartazgo, [...] cuando del mismo modo sosiega a la parte impetuosa; [...] tras tranquilizar a estas dos partes del alma, y estimulada la tercera, en la cual reside la sabiduría, es entonces cuando mejor puede alcanzarse la verdad (Platón, República, 571d-572a)».
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