Frances A. Yates, El arte de la memoria / Es necesario para la reminiscencia adoptar un punto de partida a partir del cual se inicie el proceso de la reminiscencia. Por esta razón se puede ver que algunos llegan a la reminiscencia a partir de los lugares en los que se dijo, se hizo o se pensó algo, en lo que se emplea el lugar como si fuese el que se punto de partida de la reminiscencia; porque entrar en el lugar es como tener un punto de partida para todas aquellas cosas que se suscitaron en él ...
Aquí está la inevitable referencia a la memoria artificial de Tulio de la Retórica Segunda. Y estas frases, curiosamente pasadas por alto por los tomistas modernos pese a ser muy famosas y siempre citadas en la vieja tradición de la memoria, deparan la justificación tomista para el empleo de imágenes en la memoria artificial. Es una concesión a la debilidad humana, a la naturaleza del alma, que con facilidad acoge y recuerda las cosas groseras y sensibles pero no puede recordar las cosas sutiles y espirituales» sin imágenes. Por tanto, hemos de hacer lo que Tulio enseña y vincular tales «cosas» a imágenes, si queremos recordarlas.
En la última parte de su comentario, el Aquínate discute los dos principales puntos de la teoría aristotélica de la reminiscencia: su dependencia de la asociación y del orden. Repite las tres leyes aristotélicas de la asociación, dando ejemplos, y subraya la importancia del orden. Cita los teoremas matemáticos de Aristóteles, fáciles de recordar por su orden; cita también a Aristóteles respecto a la necesidad de encontrar un punto de partida memorístico a partir del cual la reminiscencia proceda asociativamente hasta encontrar lo que busca. Y en este punto, donde Aristóteles se refiere a los Tóпо de la mnemónica griega, el Aquínate saca a colación los loci de Tulio:
«Es necesario para la reminiscencia adoptar un punto de partida a partir del cual se inicie el proceso de la reminiscencia. Por esta razón se puede ver que algunos llegan a la reminiscencia a partir de los lugares en los que se dijo, se hizo o se pensó algo, en lo que se emplea el lugar como si fuese el que se punto de partida de la reminiscencia; porque entrar en el lugar es como tener un punto de partida para todas aquellas cosas que se suscitaron en él. De ahí que Tulio enseñe en su Retórica que para recordar fácilmente se ha de imaginar un cierto orden de lugares en los que, con cierto orden, se distribuyan las imágenes [phantasmata] de todas aquellas cosas que queremos recordar».
Se les da, pues, así una fundamentación racional, con la teoría aristotélica de la reminiscencia basada en el orden y la asociación, a у los lugares de la memoria artificial. El Aquínate continúa de esta manera la albertiana aleación de Tulio con Aristóteles, pero de un modo más explícito y cuidadosamente pensado. Y somos libres de imaginar los lugares y las imágenes de la memoria artificial como si de algún modo fuesen el aderezo de una mente y una memoria dirigidas hacia el mundo inteligible.
Pero el Aquínate no hace la forzosa distinción entre la memoria de la parte sensitiva y la reminiscencia (con la inclusión de la memoria artificial como arte de la reminiscencia) de la parte intelectual del alma en que Alberto tanto había insistido. La reminiscencia es ciertamente peculiar del hombre, en tanto que también los animales tienen memoria, y a su manera metódica de proceder desde un punto de partida se la puede asimilar al método lógico del silogismo, y syllogizare est actus rationis. Sin embargo, el hecho de que quienes intenten recordar golpeen sus cabezas y agiten sus cuerpos (Aristóteles lo había mencionado) muestra que el acto es en parte corporal. Su carácter superior y parcialmente racional se debe, no a que se halle en modo alguno en la parte sensitiva, sino a la superioridad que respecto a los animales tiene en el hombre la parte sensitiva, ya que la racionalidad humana se sirve de ella.
Esta advertencia significa que el Aquínate no cae en la trampa en la que Alberto estaba a punto de caer cuando consideraba con terror supersticioso la memoria artificial. Nada hay en Tomás de Aquino que se pueda comparar con la albertiana transformación de una imagen de la memoria en misteriosa visión nocturna. Y aun cuando aluda también a la memoria y a la melancolía, no hace referencia a la melancolía de los Problemata, ni supone que este «inspirado» tipo de melancolía forme parte de la reminiscencia.
En la sección segunda de la segunda parte -la Secunda Secundae- de la Summa, el Aquínate trata de las cuatro virtudes cardinales. Co mo ya Alberto había hecho, adopta sus definiciones y denomina ciones de estas virtudes del De inventione, al que se llama siempre «Retórica de Tulio». Citemos a este propósito a E. K. Rand: «<Él [el Aquínate] comienza con las definiciones ciceronianas de las virtudes y las estudia en el mismo orden... Sus títulos son los mismos, "Prudencia" (no Sapiencia), "Justicia", "Fortaleza", "Templanza"». Al igual que Alberto, el Aquínate se sirve de muchas otras fuentes para las virtudes, pero el De inventione suministra el encuadre básico.
Al discutir las partes de la prudencia", menciona las primeras tres partes que da Tulio; a continuación las seis partes que Macrobio le asigna; después otra parte que menciona Aristóteles pero no sus otras fuentes. Adopta como base las seis partes de Macrobio; agrega a éstas la memoria que como parte de la prudencia da Tulio; y la solertia, mencionada por Aristóteles. Al punto sostiene que la prudencia tiene ocho partes, a saber, memoria, ratio, intellectus, docilitas, solertia [destreza], providentia, circumspectio, cautio. De éstas, Tulio dio solamente como parte la memoria, pero las ocho pueden que dar subsumidas en sus memoria, intelligentia, providentia.
Comienza con la memoria la discusión de las partes. Ha de resolver en primer término si la memoria es una parte de la prudencia. Los argumentos en contra son:
(1) La memoria se halla en la parte sensitiva del alma, dice el Filósofo. La prudencia, en la parte racional. Luego la memoria no es parte de la prudencia.
(2) La prudencia es adquirida con el ejercicio y la experiencia; la memoria la tenemos por naturaleza. Luego la memoria no es parte de la prudencia.
(3) La memoria es de lo pasado; la prudencia, de lo futuro. Luego la memoria no es parte de la prudencia.
SIN EMBARGO HAY CONTRA ESTO QUE TULIO PONE LA MEMORIA ENTRE LAS PARTES DE LA PRUDENCIA.
A fin de concordar con Tulio, se da respuesta a las tres objeciones anteriores:
(1) La prudencia aplica un conocimiento universal a los particulares, derivan de los sentidos. Por tanto, mucho de lo que pertenece a la parte sensitiva pertenece a la prudencia, y ésta incluye la memoria.
(2) Así como la prudencia es una aptitud natural que se incrementa con el ejercicio, asimismo pasa con la memoria. «Pues Tulio (y otra autoridad) dice en su Retórica que a la memoria no la perfecciona sólo la naturaleza, sino que también tiene mucho de arte e industria.»
(3) La prudencia se sirve de la experiencia del pasado para la provisión del futuro. Luego la memoria es parte de la prudencia.
El Aquínate sigue en parte a Alberto, pero con diferencias; como habríamos de esperar, no hace descansar el emplazamiento de la memoria dentro de la prudencia, en la distinción entre memoria y reminiscencia. Por otro lado, afirma aún más claramente que Alberto que es la memoria artificial -la memoria ejercitada y perfeccionada por el arte- la que proporciona una de las pruebas para hacer que la memoria forme parte de la prudencia. Las palabras que aquí cita son una paráfrasis del Ad Herennium, y se las presenta co mo derivando de Tullius (et alius auctor). La «otra autoridad» alude probablemente a Aristóteles, cuyos consejos sobre la memoria Tomás de Aquino asimiló a los dados por Tulio en las reglas de la memoria según la formulación del Aquínate.
Es en su réplica al punto segundo donde el Aquínate expone sus propios cuatro preceptos para la memoria, que son como siguen:
«Tulio [y otro autor] dice en su Retórica que a la memoria no la perfecciona sólo la naturaleza, sino que también tiene mucho de arte e industria: y hay cuatro [puntos] de los que se puede sacar provecho para recordar bien.
(1) El primero es que se deben asumir similitudes convenientes de las cosas que se quiere recordar; éstas no han de ser demasiado familiares, ya que nos maravillan más las cosas poco familiares y éstas vinculan más fuerte y vehementemente al alma; de ahí que recordemos mejor cosas vistas en la infancia. Así, es necesario inventar similitudes e imágenes, ya que las intenciones simples y espirituales se escapan con facilidad del alma a no ser que estén como vinculadas a similitudes corporales, pues la cognición humana es más vigorosa respecto a los sensibles. De ahí que el [poder] memorativo se aloje en la [parte] sensitiva del alma.
(2) En segundo lugar es necesario que se ubiquen en un orden meditado aquellas [cosas] que se quiere recordar, de suerte que partiendo de un punto se pueda fácilmente proceder al siguiente. De ahí que el Filósofo diga en el libro De memoria: «Se puede ver que algunos hombres recuerdan a partir de lugares. La causa de ello está en que de ese modo pasan rápidamente de un "escalón" al siguiente».
(3) En tercer lugar, es necesario que se demore solícitamente y penetre con afecto en las cosas que quiere recordar; ya que lo que está vigorosamente impreso en el alma se escapa menos fácilmente de ella. De ahí que Tulio diga en la Retórica que «la solicitud conserva completas las figuras de los simulacros».
(4) En cuarto lugar, es necesario que meditemos frecuentemente en lo que queremos recordar. De ahí que el Filósofo diga en el libro De memoria que «la meditación preserva la memoria» porque, según dice, «la costumbre es como la naturaleza. De ahí que recordemos fácilmente aquellas cosas que pensamos a menudo, procediendo de una a otra como si se tratase de un orden natural».»
Reflexionemos atentamente sobre los cuatro preceptos de Tomás de Aquino sobre la memoria. Siguen a grandes rasgos los dos fundamentos de la memoria artificial, lugares e imágenes.
Acogen en primer lugar las imágenes. Su primera regla es un eco de la elección de imágenes percusivas y desacostumbradas del Ad Herennium por ser las que más probablemente se adhieren a la memoria. Pero las imágenes de la memoria artificial se han convertido en «<similitudes corporales» por medio de las cuales se impide que las «intenciones simples y espirituales» se escapen del alma. Y una vez más expone aquí la razón de servirse de «similitudes corporales», que ya dio en el comentario a Aristóteles, a saber, que la cognición humana es más vigorosa respecto a las sensibilia, y, por consiguiente, el alma recuerda mejor «las cosas sutiles y espirituales» con formas corporales.
Toma la segunda regla, sobre el orden, de Aristóteles. Sabemos por su comentario a Aristóteles que asociaba el pasaje del «punto de partida», citado aquí, a los lugares de Tulio. Por tanto, su segunda regla es una regla de «lugar» a la que llega a través del orden de Aristóteles.
Muy curiosa es su tercera regla, pues se basa en la citación incorrecta de una de las reglas de lugares del Ad Herennium, la que afirma que los lugares se han de escoger en regiones desérticas, «por que la muchedumbre y la aglomerada circulación de la gente confunde y debilita la impresión de las imágenes, en tanto que la so ledad conserva con integridad sus perfiles [solitudo conservat integras simulacrorum figuras]». El Aquínate lo cita como sollicitudo conservat integras simulacrorum figuras, convirtiendo la «soledad» en «solicitud», cambiando en «solicitud» la regla de la memoria que aconse ja barrios solitarios, en los que hacer el esfuerzo de memorizar ordenadamente lugares, para evitar distracciones en el esfuerzo mnemónico. Se puede decir que el resultado es idéntico, por cuanto el objeto de la soledad era ser solícitos en la memorización. Pero yo no creo que el resultado sea el mismo, puesto que la «solicitud» del Aquínate implica «penetrar con afecto» en las cosas que se han de recordar, introduciendo, pues, una atmósfera de devoción que estaba enteramente ausente en las reglas de la memoria clásica.
La errónea traducción y comprensión que hizo el Aquínate de la regla de lugares es con todo lo más interesante, dado que en Alber to se producía una similar incomprensión de las reglas de lugares cuando convirtió el «ni demasiado oscuro ni demasiado claro» y la «soledad» en una especie de místico retiro.
La cuarta regla, sobre meditación y repetición frecuentes, pro cede del De memoria de Aristóteles, consejo este que se da también en el Ad Herennium.
Resumiendo, parece que las reglas de Tomás se basan en los lugares y las imágenes de la memoria artificial, pero que éstos han sido transformados. Las imágenes que por su cualidad memorativa escogía el orador romano se han transformado gracias a la piedad medieval en «similitudes corporales» de «intenciones sutiles y espirituales». Las reglas de lugares han sido también, acaso, mal entendidas. Parece que ni Alberto ni Tomás se percataron por completo del carácter mnemotécnico de las reglas de lugares, escogidas por su disimilaridad, con iluminación clara, en barrios tranquilos, todo ello con los ojos puestos en auxiliar la memorización.
Asimismo interpretan las reglas de lugares confiriéndoles un sentido devocional. Y, particularmente por lo que atañe a Tomás, se tiene la impresión de que lo más importante para él sea el orden. Tal vez sus similitudes corporales se dispusiesen en un orden regular, «natural»>, y no según la estudiada irregularidad de las reglas, cuya significación -en el caso solitudo-sollicitudo- se ha transformado en medio de una intensa devoción.
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